El adiós que no se merecía Johnson
Michael Johnson se ha retirado. Realmente ya lo había hecho el año pasado, cuando anunció que no correría en los Mundiales de Edmonton. Pero dejó pendientes unas cuantas carreras de exhibición para formalizar su retirada. El viernes corrió la última. En Japón. Fue un adiós semiclandestino. Entre que la temporada ha finalizado, que la reunión no era de las clásicas y que Estados Unidos está en pie de guerra, Johnson se nos ha ido en voz baja, casi sin enterarnos. No se lo merecía. Johnson ha sido uno de esos atletas que nunca será proclamado el mejor de todos los tiempos, pero siempre estará entre los candidatos.
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Cinco títulos olímpicos y nueve mundiales. Prácticamente invicto en la década de los 90 sobre las distancias de 200 y 400 metros. Y cuando había que echar una mano al relevo, ahí estaba él. No fue ningún superdotado; es más, viéndole correr con la cabeza hacia arriba, el cuello estirado, henchido el torso y con sus cortas patitas ultrarrevolucionadas para avanzar a velocidad de sprinter, nadie diría que pudiera ser el mejor del mundo. Pero lo era no porque hubiera nacido así, todo lo contrario, que nació paticorto y reñido con la técnica, sino porque se entrenaba más que ningún otro atleta bajo cualquier circunstancia.
Es famosa su anécdota cuando una colosal tormenta sorprendió a todos los atletas de su grupo entrenándose. Corrieron todos a guarecerse y el entrenador preguntó por Michael al no encontrarle. Le buscó con la vista y quedó perplejo al verle en la pista, ensayando salidas en los tacos. Corrió hacia él. "¿Estás loco?" "En absoluto", respondió. "Si en los próximos campeonatos llueve como ahora, quiero ser el único atleta que me haya entrenado bajo el diluvio". Esa era su personalidad. Ahora nos deja sus marcas estratosféricas y una de ellas, la conseguida en Sevilla, será inolvidable para él, porque en las vísperas engendró a su hijo.
