Septiembre ya es sinónimo de Vuelta

Juan Mora
Importado de Hercules
Actualizado a

Uno de los grandes aciertos del Tour es que se celebra en julio, cuando el mundo del deporte está prácticamente paralizado. De esta manera todo el protagonismo es suyo. Si los Mundiales de fútbol, la Eurocopa o los Juegos coincidieran con el Tour, la organización adelanta o retrasa la carrera una o dos semanas y asunto arreglado. La coincidencia de fechas con Mundiales de otros deportes es menor problema, porque nunca exceden de una semana. Así, todo el foco para el Tour. El éxito está garantizado. Con la Vuelta está pasando algo parecido. En septiembre sólo hay fútbol, por lo que la competencia con otros deportes no existe.

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Las ligas de baloncesto y de balonmano aún no han arrancado. La temporada de los deportes de motor está a punto de concluir, con muchos de los títulos ya decididos. El atletismo y la natación descansan después de un verano trepidante. El ciclismo nos llena todas las sobremesas del mes. Tal es así, que septiembre ya es sinónimo de Vuelta, como julio lo es de Tour. Cuando en 1995 la Vuelta pasó de celebrarse en mayo a septiembre se escucharon voces críticas que ya se han apagado. La Vuelta se ha hecho más grande con el cambio de fecha. Hay más interés, mayor seguimiento y nadie de los nuestros se la quiere perder.

¿Que Armstrong no participa? Pues en mayo, con el Tour en puertas, quizá tampoco. Y si lo hiciera sería al tran-tran, para prepararse. La Vuelta, en septiembre, resulta altamente competitiva y nos ofrece cada día, entre las tres y las cinco de la tarde, un buen espectáculo. Si ayer, que no tenía que haber pasado nada, hubo lucha, es fácil de imaginarse lo que pasará en días venideros. Hoy, la crono; mañana, final en alto; martes, miércoles y jueves, los Pirineos; el próximo domingo, la terrible ascensión a Aitana. Y luego, una semana más para resolver cuentas pendientes. Mejor que las películas del Oeste del verano.

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