Darío, el uruguayo

Julio Maldonado
Importado de Hercules
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Schubert Gambeta fue un uruguayo ganador, como casi todos. A mediados de los cincuenta llegaron a adorarle en Brasil, donde apuró sus últimos años de fútbol en el América de Minas Gerais. De él decían que se dejaba el alma hasta en el último amistoso, con una obsesión por superarse que le hizo inolvidable para los aficionados suramericanos. Lorenzo Fernández jugó la final del Suramericano de Lima en 1935. El rival, Argentina. Veterano como casi toda aquella selección celeste, y agotado en el tramo final del partido, parecía hundido. Un argentino le llamó viejo al oído, y le volvió a activar. Se revolvió y se comió el campo en los últimos minutos de un partido que Uruguay ganó 3-0. Otro jugador legendario.

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Obdulio Varela fue uno de los más grandes. En 1950 se echó a la espalda el Maracaná entero y le quitó el Mundial a Brasil. Se le llamó el negro jefe, y para muchos aquel día se inauguró oficialmente la garra charrúa. En realidad, los uruguayos llevaban muchos años demostrando su gran virtud futbolística.

Por eso, esta noche hay que tener cuidado con Darío Silva. Dejando sus condiciones como delantero aparte, como buen uruguayo jamás se arruga. "El uruguayo soy yo", pensará esta noche cuando salte al Santiago Bernabéu. Tratará de engordar un poco más la leyenda.

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