Espiritualidad olímpica

En Pekín amanece a las cinco de la mañana. Y a las seis, en los parques de la ciudad ya hay cientos, si no miles, de personas haciendo gimnasia oriental. Todos los movimientos son muy suaves, muy armoniosos, bajo una música que suena celestial. Otros prefieren llevar a sus pájaros donde hay bosques más frondosos, cuelgan las jaulas de los árboles, se sientan y se ponen a escuchar cómo cantan. Bajo este paisaje, que bien pudiera ser el del Edén, se despierta la capital que celebrará los Juegos Olímpicos en 2008. Resulta un contraste tanta espiritualidad como se respira en la ciudad con el mercantilismo olímpico que se le avecina.
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Pero ambos conceptos son compatibles. Al César lo que es del César y a... Buda lo que es de Buda. La idea romántica del olimpismo, con las imágenes de los campeones en pleno esfuerzo o de las lágrimas sobre el podio, calan en cualquier población medianamente sensible. Es lo que importa. El éxito de una gran competición deportiva siempre está en función de la respuesta del público y de los éxitos que consiga el país organizador. Ambos están muy ligados. En este sentido, el gran negocio olímpico no viene al caso. Las cuentas quedan para que las echen las multinacionales y el Comité Olímpico Internacional.
Lo que China está echando por ahora es el resto para concienciar a sus ciudadanos de que dentro de siete años van a ser el país que más medallas gane en los Juegos. La televisión y los videomarcadores en las instalaciones donde se celebra la Universiada se encargan de anticipar el orgullo que se siente cuando uno de tus campeones recoge la medalla, suena el himno y se iza la bandera. Son mensajes que invitan a ver la actividad física con otra finalidad que no sólo sea la del propio bienestar, sino que se puede disfrutar de las victorias ajenas tanto como si fueran propias. Una manera como otra cualquiera de crear pasiones.