ATLETISMO | MUNDIAL DE EDMONTON 2001

Markov: "Esta medalla sólo pertenece a Australia"

En abril de 1997, más de cuatro años antes de lograr el mejor salto con pértiga en la historia de los Mundiales (6,05), Dmitri Markov, un bielorruso de Vitebsk, llegó a Perth (Australia) con su entrenador, el moscovita Alex Parnov, uno de los antiguos mentores de Sergei Bubka.

Alejandro Delmás
Importado de Hercules
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Markov (1,82 metros de estatura y 82 kilos de peso) tenía entonces 22 años y no sabía una palabra de inglés. Ahora casi tampoco. Se llevó a su mujer, Valentina. Dmitri llegó precedido y atraído por otro moscovita, Viktor Chystiakov (2,02 metros), quien, a su vez, tiraría de una impresionante vallista-gimnasta de San Petersburgo: su novia, Tatiana Grigorieva, hoy subcampeona olímpica de pértiga. "Tuve que dedicarme a la pértiga, porque era lo único que se hablaba cuando estábamos en grupo", recuerda Grigorieva (1,72 metros y 62 kilos y nuevo icono de Nike).

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Markov, Chystiakov y sus respectivas parejas encontraron un paraíso en Perth. Grigorieva había tardado tres meses en seguir a Dmitri y Viktor. "No había elección: o me iba con ellos, o me buscaba una nueva pareja y una nueva vida", diría después Tatiana. Hoy, los cuatro ex ciudadanos de la antigua URSS tienen pasaporte australiano. "Ha sido lo mejor para todos, para evitar problemas... y porque Australia se lo ha merecido", dijo ayer Markov, una vez proclamado campeón del mundo con ese sensacional vuelo hasta 6,05. "Mi pértiga no es muy buena pero en mis manos es la mejor de todas", se reía Markov después de que los americanos discutiesen sobre la medición de la altura en la que finalmente falló: 6,10 metros o 20 pies.

La llamada del dólar. Chystiakov, que echa demasiadas horas con Grigorieva y con su carrera de modelo como para hacer récords, acabó décimo (5,75). "Rusia nada tiene que ver con esta medalla. Esto es de Australia y de nadie más", insistió Markov, entre los aplausos de Parnov, que le forjó como pertiguista en una de las escuelas de jóvenes pioneros, en Moscú. La madre de Grigorieva decía que las medallas de su hija deberían haber sido de Rusia. Markov, Grigorieva, Chystiakov y Parnov lo tienen tan claro como lo hubiese tenido Stalin: la madre de todas las Rusias se llama dólar, aunque sea el australiano.

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