Cucurella: “Bordalás me mejoró, jugar en la Premier se lo debo a él”
El entrenador del Getafe suma 300 partidos en Primera. Repasamos su trayectoria y recogemos el testimonio de jugadores que estuvieron a sus órdenes.

El pasado domingo, el contador personal de José Bordalás Jiménez alcanzó una cifra mágica, reservada únicamente para los elegidos que logran sobrevivir a la trituradora de la élite: 300 partidos dirigidos en Primera.
En un fútbol moderno cada vez más obsesionado con el relato estético, las estadísticas asépticas y los proyectos de usar y tirar, la figura de José Bordalás se erige como un monumento a la resistencia. Llegar a la barrera de los tres centenares de encuentros en la máxima categoría no es fruto de la casualidad ni del márketing; es la consecuencia directa de tener un gen competitivo innegociable, un sello de autor reconocible a kilómetros de distancia y una capacidad de resurrección al alcance de muy pocos.
Bordalás no es un producto de laboratorio ni un exjugador estrella al que le regalaron las llaves de un transatlántico nada más colgar las botas. Cada uno de esos 300 partidos lleva impregnado el sudor, la tierra y las cicatrices de una carrera que tuvo que escalar, literalmente, desde el subsuelo del balompié nacional. Hoy, convertido en leyenda viva del Getafe y consolidado como uno de los estrategas más respetados del país, es el momento de mirar por el retrovisor y repasar la trayectoria de un entrenador de trincheras que se rebeló contra su propio destino.
Desde los campos de tierra de la Comunidad Valenciana hasta asaltar el Santiago Bernabéu, esta es la historia del hombre que domó el barro para acabar conquistando la élite.
Los inicios en el barro
Antes de pisar las alfombras rojas y los banquillos calefactados de la Primera División, los zapatos de José Bordalás acumularon barro durante más de una década. Su historia no es la del exjugador estrella al que le regalan un proyecto de élite tras colgar las botas; es la de un auténtico picapedrero del fútbol que, literalmente, ha tenido que ganarse el pan pasando por todas y cada una de las categorías del fútbol español.
Su aventura en los banquillos comenzó en 1993 en el equipo de su tierra, el Alicante CF. Allí inició un periplo ininterrumpido de 13 años de lucha en el subsuelo del balompié nacional. Fue una época de campos de tierra, presupuestos raquíticos y fútbol de supervivencia. En esos años de trincheras, Bordalás curtió su libreto pasando por plazas tan duras como el Benidorm o el Eldense, pero si hay una parada obligatoria en esta travesía desértica, esa es Novelda.
Fue allí donde el técnico empezó a demostrar que los milagros tácticos eran lo suyo. En la temporada 2002-2003, aquel modesto equipo alicantino firmó una de las páginas más épicas y surrealistas de la historia de la Copa del Rey: eliminar al mismísimo FC Barcelona de Louis van Gaal ganándole 3-2 en el estadio de La Magdalena. Bordalás, que formaba parte de aquel cuerpo técnico y que esa misma campaña acabaría asumiendo las riendas como primer entrenador para obrar la salvación del equipo, probó por primera vez el dulce e irrepetible sabor de derrocar a un gigante.
Ese instinto de supervivencia le valió por fin, en el año 2006, el ansiado billete al fútbol profesional. Tras 13 años picando piedra, el Hércules CF llamó a su puerta. La ironía del destino era mayúscula: el gran rival histórico del Alicante (el club donde se formó) le daba la oportunidad de debutar en Segunda División. Sin embargo, la inestabilidad institucional del club herculano hizo que su etapa en el José Rico Pérez durara apenas unos meses.
Tocaba dar un paso atrás para coger impulso, y Bordalás demostró que no se le caían los anillos por volver a la Segunda B. Se marchó al CD Alcoyano, equipo al que inyectó su inconfundible ADN competitivo, llevándolo en 2009 hasta la mismísima final por el ascenso a Segunda División. El destino, caprichoso, quiso que perdiera aquel ascenso frente a la AD Alcorcón por el golaveraje. Una cicatriz más para la colección.
Sin embargo, el fútbol profesional ya había tomado nota de aquel entrenador intenso y metódico. Meses después de aquel varapalo con el Alcoyano, el Elche CF —eterno rival del Hércules— apostó por él. Fue en el Martínez Valero, entre 2009 y 2012, donde Bordalás dejó de ser un interino para convertirse en un fijo indiscutible de la categoría. Dirigió 118 partidos, todos en Segunda División, consolidando a los ilicitanos como uno de los cocos del campeonato y rozando el ascenso a Primera, donde un joven Jorge Molina se cruzó en el camino por primera vez. “Pasé cinco años con él, uno en Elche y cuatro en Getafe, y eso marca. Creo que es injusto criticar tanto a Pepe que aprovecha como pocos sus recursos”.
Es injusto criticar tanto a Pepe que aprovecha como pocos sus recursos”.
Jorge Molina
Su prestigio en la categoría de plata era ya innegable, lo que propició su primer desembarco en la Comunidad de Madrid. El equipo que le había arrebatado el ascenso años atrás, la AD Alcorcón, le entregó las llaves del club. Su paso por Santo Domingo se dividió en dos etapas tan distintas como exitosas.
En la primera, de 46 partidos, Bordalás obró un milagro estadístico: con la séptima peor plantilla y uno de los presupuestos más bajos de la liga, metió al equipo alfarero entre los seis primeros, clasificándolo para el playoff de ascenso a Primera, donde finalmente caerían eliminados ante el Girona. Tras un breve paréntesis, regresó para una segunda etapa de 61 partidos que concluyó en junio de 2015. Dejó al equipo asentado en la media tabla, mirando siempre más de cerca a los puestos de promoción que al abismo del descenso.
Aquel mes de junio de 2015 marcó un punto de inflexión definitivo. Bordalás había demostrado ser el rey midas de la Segunda División, el hombre capaz de exprimir plantillas modestas hasta el extremo. Hizo las maletas y puso rumbo al norte. El Deportivo Alavés le esperaba con un proyecto ambicioso y un único objetivo en mente: asaltar, por fin, la Primera División.
El verano de 2015 marcó el momento en el que, por fin, a José Bordalás le entregaron los mandos de un transatlántico con un único destino aceptable: la Primera División. El Deportivo Alavés, un histórico del fútbol español que ansiaba recuperar su sitio en la élite tras años de penurias, confió en el técnico alicantino para liderar su ambicioso proyecto. Y Bordalás no defraudó; ejecutó el plan con una precisión milimétrica.
La gloria de Mendizorroza y el cruel despido
La temporada 2015-2016 fue sencillamente inolvidable para la parroquia albiazul. Mendizorroza se convirtió en una fortaleza inexpugnable y el Alavés adquirió rápidamente el sello inconfundible de su entrenador: un equipo de granito, incómodo hasta la desesperación para los rivales, solidario en el esfuerzo y letal a la contra. El resultado fue un curso casi perfecto que culminó con el equipo coronándose campeón de la Segunda División y logrando el tan ansiado ascenso directo a Primera. Tras diez años vagando por el desierto de Segunda y Segunda B, Vitoria volvía a ser de Primera. Bordalás era el héroe de la ciudad.
Sin embargo, el fútbol en los despachos a veces carece de memoria, de piedad y de romanticismo. Apenas unos días después de bañar la ciudad en champán y celebrar en la balconada de la Virgen Blanca, estalló la bomba. Para sorpresa y estupefacción de todo el fútbol español, la directiva del Alavés anunció la destitución de José Bordalás. El argumento del club fue que, a pesar de su brillante éxito, buscaban un “perfil diferente” con experiencia previa en la máxima categoría para afrontar el reto de la permanencia.
Le acababan de arrebatar el billete a Primera División que él mismo se había ganado en el césped. Fue un varapalo tremendo, un golpe al ego y a la justicia deportiva que habría hundido a cualquier otro entrenador. En su lugar, el club babazorro apostó por el argentino Mauricio Pellegrino. Y la historia obliga a ser justos: la arriesgada e impopular decisión de la directiva vasca acabó saliendo redonda. Pellegrino firmó una campaña histórica en la 2016-2017, salvando al Alavés de forma holgada (terminaron novenos) y llevando al equipo a la primera final de Copa del Rey de su historia frente al FC Barcelona.
Aquel acierto ajeno, sin embargo, no borró el dolor de Bordalás. Se había quedado compuesto, sin equipo y, lo que era peor, con la etiqueta de ser “muy bueno para ascender, pero insuficiente para la élite” sobrevolando su cabeza. Lo que nadie sabía es que esa dolorosa espina clavada en Vitoria iba a ser el combustible definitivo para la mayor obra de su carrera. El Getafe asomaba en el horizonte.
El milagro de Getafe
Apenas unos meses después del amargo revés en Vitoria, el destino le tenía preparada su gran obra maestra en el sur de Madrid. En septiembre de 2016, el Getafe CF vivía una auténtica pesadilla. Recién descendido a Segunda División, el equipo deambulaba sin alma, ocupaba la penúltima posición de la tabla y se asomaba con pánico al abismo de la Segunda B. Tras un inicio desastroso, el presidente Ángel Torres decidió destituir a Juan Eduardo Esnáider. Necesitaba un milagro, y recurrió al hombre de los milagros: José Bordalás.
El técnico alicantino cogió a un vestuario hundido, deprimido y en descenso, y obró una de las resurrecciones más espectaculares que se recuerdan en el fútbol español. En cuestión de semanas, el Getafe mutó. Dejó de ser un grupo frágil para convertirse en un escuadrón de pretorianos con la mandíbula apretada, como relataba Juan Cala, uno de sus pilares de aquel equipo: “Todos los futbolistas que han pasado por él lo recuerdan bien, le imitan. Nosotros arrancábamos todos los días con media hora de charla y alguna anécdota que no tenía nada que ver con lo deportivo. Él empezaba a vivir el partido desde el lunes, a cada jugador le impregna ese veneno para el partido del fin de semana para mantenerle en tensión”.
A cada jugador le impregna ese veneno para el partido, para mantenerle en tensión".
Juan Cala
Bordalás catapultó al equipo en la clasificación hasta meterlo en el playoff y, en una final de infarto ante el Tenerife en junio de 2017, certificó el regreso del conjunto azulón a la máxima categoría. Esta vez sí; nadie, bajo ningún concepto, le iba a arrebatar su merecido asiento en Primera División.
A partir de ahí, comenzó la verdadera leyenda de José Bordalás. Lejos de conformarse con amarrar sufridas permanencias, el alicantino construyó en el Coliseum un genuino “equipo de autor”. Su Getafe era inconfundible: un bloque granítico, solidario, de una intensidad asfixiante y letal al contragolpe. Un equipo que no pedía perdón por competir y que miraba a los ojos a cualquier transatlántico de LaLiga sin ningún tipo de complejo.
Se ganó un nombre en la élite por la puerta grande. En su esperadísimo debut en Primera, dejó al equipo octavo. Pero lo imposible llegó en su segunda campaña en la máxima categoría (2018-2019). Rompiendo todos los pronósticos y los techos de cristal del modesto club madrileño, el Getafe tuteó a los gigantes, rozó la clasificación para la Champions League hasta la última jornada y finalizó en una histórica quinta plaza.
Las puertas de la Europa League se abrían de par en par. El ‘EuroGeta’ cobraba vida y dejaba noches para la historia, como la antológica eliminación al todopoderoso Ajax de Ámsterdam, con jugadores como Cucurella, campeón de Europa con España que siempre habla maravillas del técnico alicantino. “Bordalás insistió mucho para que viniese a Getafe y me hizo mejorar mucho. La oportunidad de jugar en la Premier también fue gracias a su trabajo y a lo que aprendí con él. Siempre agradecido”.
Aquel entrenador de barro, al que años atrás se le había negado la Primera División por “falta de experiencia”, acababa de poner al Getafe en el mapa del gran fútbol europeo, consolidándose indiscutiblemente como uno de los mejores técnicos del país.
El volcán de Mestalla
Todo gran ciclo tiene su desgaste, y el del ‘EuroGeta’ no fue una excepción. El fútbol a puerta cerrada y la resaca física y emocional de la pandemia del COVID-19 pasaron factura a un equipo que vivía, en gran medida, del calor de su afición y de llevar los partidos al límite. En mayo de 2021, con la permanencia atada pero con la sensación de que la fórmula necesitaba un respiro, José Bordalás y el Getafe decidieron separar sus caminos de mutuo acuerdo. Era el fin de una era dorada, pero el mercado ya no le veía como un técnico de perfil bajo; ahora era un cotizado sargento de hierro.
Fue entonces cuando aceptó el banquillo más caliente y volcánico de todo el fútbol español: el del Valencia CF. El club de Mestalla atravesaba una gravísima crisis institucional, económica y social, envuelto en una guerra abierta entre la afición y la propiedad de Peter Lim (Meriton). El reto no era solo deportivo, era casi psicológico. Bordalás llegó a la capital del Turia con la misión de sostener un edificio en llamas.
Y, fiel a su estilo, no se arrugó. Entendió a la perfección la idiosincrasia de la plaza y le devolvió a Mestalla ese añorado ADN del Valencia “bronco y copero”. Con una plantilla mermada por las ventas y sin apenas refuerzos, Bordalás construyó un bloque aguerrido que conectó de inmediato con una grada sedienta de rebeldía. Su Valencia no regalaba un centímetro, competía en cada balón dividido y convirtió su estadio de nuevo en un feudo temible.
La cima de aquella extenuante temporada llegó en el torneo del KO. Bordalás guio al Valencia hasta la gran final de la Copa del Rey de 2022 en La Cartuja de Sevilla. Enfrente estaba el brillante Real Betis de Manuel Pellegrini. Fue una final épica, un choque de estilos trepidante que terminó con empate a uno tras una prórroga agónica. Sin embargo, el fútbol volvió a mostrarle su cara más amarga a Bordalás: la lotería de la tanda de penaltis dictó sentencia. El fallo del joven Yunus Musah le arrebató el que habría sido el primer gran título de su carrera.
Pese a rozar la gloria copera y haber mantenido a flote la nave en medio de la tormenta perfecta, la convulsa dirigencia del Valencia decidió prescindir de sus servicios al final de esa misma temporada para traer a Gennaro Gattuso. Una vez más, a Bordalás le enseñaban la puerta de salida cuando más había demostrado su valía. Se marchó de Mestalla sin hacer ruido, dejando tras de sí a una afición que reconoció su entrega y un equipo huérfano del gen competitivo que él había logrado inyectarles.
El regreso del Rey
Pero el destino, caprichoso y circular, siempre guarda un camino de vuelta a casa. Tras su salida del Valencia, Bordalás se tomó un respiro, pero en el sur de Madrid las cosas no funcionaban. El Getafe sin él parecía un equipo descafeinado, un batallón que había olvidado cómo ir a la guerra. En abril de 2023, la situación era crítica: el equipo azulón estaba hundido en puestos de descenso a falta de solo siete jornadas para el final. El presidente Ángel Torres, desesperado, descolgó el teléfono para llamar al único hombre capaz de obrar el milagro. Y Bordalás, incapaz de ver arder su antigua casa, acudió al rescate.
Lo que siguió fue una demostración agónica de supervivencia que culminó en la última jornada en Valladolid, logrando una salvación que en Getafe se celebró casi como un título. Bordalás decidió quedarse para estabilizar la nave y, en el proceso, se elevó a una categoría superior: dejó de ser un simple entrenador para convertirse en el mayor ídolo de la historia del club. Por encima de cualquier jugador, de cualquier directivo o de cualquier estrella fugaz, José Bordalás es, de largo, la persona más querida por la gente en Getafe. Es el escudo humano de la afición.
Y así llegamos a este mágico mes de marzo de 2026, el momento de la coronación definitiva. Bordalás acaba de alcanzar la mítica cifra de 300 partidos dirigidos en la Primera División española. Aquel técnico al que en 2016 le negaron el debut en la élite por “falta de experiencia”, es hoy un general curtido en tres centenares de batallas.
Para redondear el hito, el guion le tenía reservado un capítulo inmejorable: hace apenas unos días, su Getafe asaltó el mismísimo Santiago Bernabéu llevándose una victoria histórica por 0-1. Fue una clase magistral de pizarra, orden y fe; la enésima demostración de que, bajo su mando, no hay escenario imposible ni gigante invencible.
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Hoy, el Coliseum no es solo un estadio, es su reino absoluto. Mientras el fútbol moderno se pierde en debates estéticos y proyectos de usar y tirar, el Getafe se aferra a su líder indiscutible. En las calles, en las gradas y en los aledaños del estadio, el clamor es unánime y ensordecedor: todo el mundo exige que se quede. Porque en Getafe saben mejor que nadie que, mientras el ‘General de los 300′ siga de pie en el área técnica, el equipo jamás hincará la rodilla.
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