La gesta diaria del Tarazona
El fútbol como forma de vida en una ciudad pequeña que resiste en Primera RFEF entre dificultades económicas y el respaldo incondicional de su gente.

En Tarazona no hace falta llevar bufanda para saber quién es del equipo. Basta con pasear por el pueblo. Allí, donde apenas viven algo más de 10.500 personas, el fútbol no es solo fútbol. Es cercanía, es rutina. Es encontrarte al lateral derecho en la panadería o cruzarte con el delantero al doblar la esquina.
“Es un club muy familiar, donde trabaja gente de aquí del pueblo, sin prácticamente ningún beneficio. Todo lo hacen por amor al escudo de Tarazona”, explica su capitán, David Cubillas.
El equipo forma parte del día a día, esa cercanía no es un discurso, es una realidad. “El que viene a verte al campo es el que tiene la panadería o el bar. Bajas a tomar un café y te lo encuentras, te saludan, te dan ánimos”, añade.
“Es como una familia de 10.800, y si son 17 más (los jugadores), pues 10.817”, cuenta Ismael Velilla, aficionado y canterano del club. Porque el Tarazona no se entiende sin su gente. Ni su gente sin el Tarazona.
Un club pequeño en el fútbol de las grandes ciudades
En un fútbol cada vez más grande, más global y más lejano, el Tarazona resiste como una anomalía preciosa. Es el club de la localidad más pequeña de toda la Primera RFEF. Una especie de aldea gala en mitad de un mapa dominado por escudos históricos y ciudades enormes.
Mientras otros llenan estadios de decenas de miles de personas, el Municipal apenas supera los 2.500 espectadores. Pero allí pasa algo.“Es un estadio que da miedo”, explica Ismael. “Es pequeño, es humilde… pero los pocos que estamos apretamos tanto que hay equipos que se asustan al venir”.
No impone por tamaño, impone por cercanía. Por ruido y por esa sensación de que todo el pueblo está ahí dentro. “Es un campo pequeñito, muy coqueto, con los asientos de colores, pero es el acontecimiento del pueblo”, describe David Cubillas. “Hay una chapa de metal y cada vez que hay un córner suena como si se fuera a caer”.
Ese sonido, esa presión, esa cercanía convierten al Municipal en algo más que un estadio. Durante meses fue un fortín. Hasta 164 días invicto en casa. Un dato que no se explica con presupuesto, sino con identidad.

De pelear en Tercera a mirar de tú a tú a gigantes
El camino hasta aquí no ha sido rápido ni fácil. Ha sido insistente. Durante años, el Tarazona llamó a la puerta del fútbol profesional sin que nadie le abriera. Playoff tras playoff. Golpes duros. Eliminaciones. Otra vez empezar.
Hasta que llegó 2020. Aquel ascenso a Segunda B, en plena pandemia, cambió todo. “Fue un día nacional para Tarazona”, recuerda Ismael. “Todo el mundo flipó”. El equipo siguió creciendo y en 2023 se plantó en Primera Federación, donde hoy compite —y resiste— contra clubes con estructuras, presupuestos y masas sociales muy superiores.
“Llevamos tres años en Primera Federación, que son históricos para la ciudad”, explica su capitán, David Cubillas. “Pero la categoría es muy exigente. Jugamos contra clubes como el Murcia, el Nàstic o la Ponferradina, que son transatlánticos comparados con nosotros”.
Aun así, el Tarazona sigue ahí: “Estamos donde tenemos que estar. Una ciudad como Tarazona tiene que competir por la salvación y estamos peleando por ello”.
El fútbol más cercano que queda
Si hay algo que define al Tarazona no es su categoría. Es su forma de vivirla. Aquí los jugadores no son estrellas inaccesibles. Son vecinos. Son conocidos. Son parte del día a día. “Los jugadores, aparte de jugadores, son amigos, son vecinos”, añade Ismael. “Es una de las formas más cercanas de vivir el fútbol”.
Esa conexión no se fabrica. No se compra. Se construye con el tiempo, con la convivencia, con la sensación de pertenecer a algo pequeño pero muy propio. Por eso, cuando el equipo gana, gana todo el pueblo. Y cuando pierde, también duele en conjunto.
Competir… mientras todo aprieta
Pero no todo es romántico en Tarazona. O no solo. El club vive una situación económica delicada que contrasta con su rendimiento deportivo. Meses sin cobrar, incertidumbre institucional y una necesidad urgente de transformación.
“A día de hoy, se nos adeudan salarios correspondientes a distintos meses de la presente temporada”, denunciaron los futbolistas y el cuerpo técnico en un comunicado difundido a través de la AFE. Una situación que “se viene prolongando en el tiempo sin que exista una solución clara” y que ya ha ido más allá del fútbol.
Dentro, la realidad se vive igual: “Es un momento complicado. Es verdad que llevamos tres meses sin cobrar y no tenemos ninguna solución clara ahora mismo”, reconoce Cubillas. “Un club como este depende de subvenciones y cuando no llegan en su momento es complicado”.
El delantero pone voz a un vestuario que intenta sostenerse en medio del ruido. “Los pagos siguen llegando: alquileres, comida, préstamos de coche… y tú llevas tres meses sin cobrar. Entonces intentamos abstraernos entre nosotros, ser una familia y ayudarnos en todo lo que podemos”.
La clave está en no romperse: “No era un comunicado en contra de la directiva, era para dar visibilidad a lo que estamos pasando. Sabemos que están trabajando para solucionarlo”. Y aun así, el equipo sigue: “Cuando salimos al campo son esas dos horas de desconexión, de no pensar en nada más y de competir”.
Un pueblo que sostiene
En Tarazona, el apoyo se nota más cuando todo aprieta. En medio de la delicada situación económica del club, la plantilla también encuentra fuera una red que sostiene. “Siempre nos han dado facilidades, siempre nos han ayudado… y eso se nota. El jugador está un poco más tranquilo dentro de la mala situación”, explica David Cubillas.
Desde la grada, Ismael Velilla lo resume de una forma parecida. “Es un sentimiento. Al final, como somos 10.800 habitantes, es como todo más cercano”. Y en esa cercanía, dice, también está una de las claves de que el equipo siga en pie: “Es una ilusión, es un orgullo el de que el equipo de tu pueblo esté tan arriba”.
Porque en Tarazona no solo se celebra lo extraordinario. También se acompaña en lo difícil. “Como podemos lo sacamos y peleamos como sea”, cuenta Ismael, que ve en esa pelea diaria una parte esencial de la identidad del club. Una manera de resistir que se parece bastante a la de su gente.
Seguir, pese a todo
Quizá ahí está la explicación. En un equipo que, pese a todo, sigue compitiendo. “Este pequeñito rincón va a seguir peleando y poniendo las cosas difíciles”, afirma Cubillas. “Con la fuerza del Municipal y de la gente vamos a intentar sacar los puntos que nos faltan”.
Ismael lo mira desde otro sitio, pero llega al mismo lugar. “Es raro que un pueblo esté tan arriba peleando contra equipos tan grandes”. Porque, al final, todo se reduce a eso: a no caer. “Somos una ciudad pequeña, pero a orgullo, humildad y competir no nos gana nadie”, resume Cubillas. Y mientras todo aprieta fuera, dentro hay una idea que no se negocia: seguir.
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