Naldo: "De niño ayudaba a mis padres vendiendo helados"
Naldo Gomes (Brasil, 1988) es uno de los jugadores más queridos del vestuario. Su historia empieza en una favela de Sao Paulo y prosigue en la Barcelona perica.


¿Cómo cree que pueden canalizar la energía del derbi en lo que les queda de temporada?
Tenemos que mantenernos así, como ante Barcelona. Jugamos con una gran intensidad y con el pensamiento de ir para adelante siempre. Sabemos que un derbi exige lo máximo, y hay que conservar ese espíritu. Todavía falta bastante de la segunda vuelta y tenemos opciones de estar más arriba.
Usted no estuvo muy acertado en las primeras dos jornadas, pasó dos meses sin jugar y ahora ha mejorado. ¿Cómo ha vivido este periodo?
Pienso que venía de Rusia, que es una cultura diferente, y llegaba a un campeonato más fuerte y me tocó participar sin apenas entrenamientos. No estuve bien, pero creo que con el tiempo y el trabajo aumenté el nivel y estoy adaptado. Nunca tuve dudas y nunca pensé que no podía ser el de antes. Ahora estoy demostrando otra cosa. Estoy contento con los partidos que he hecho. Sé el potencial que tengo y las condiciones que puedo ofrecer.
En el vestuario destacan que es un profesional. ¿Qué es lo que más cuida?
Mantener la regularidad en las comidas, sobre todo. Como de todo un poco, pero no me paso. También hago trabajo en el gimnasio al margen del que hacemos en los entrenamientos: ejercicios de estabilidad, fuerza, isométricos, pesas, elásticos... Intento mantener el cuerpo lo mejor posible.
¿Cómo era la vida en Sao Paulo, donde usted creció?
Crecí en el barrio de Sao Mateus de Sao Paulo, una zona de clase baja, muy pobre y humilde. Estaba en la periferia de la ciudad, en la zona de las favelas. Lo que recuerdo de mi infancia es jugar a todas horas a fútbol con los amigos en la calle y estar haciendo bromas. Mis padres tuvieron cuatro hijos, yo era el más pequeño. Mi madre trabajaba como empleada del hogar y mi padre manejaba una máquina para una fábrica de la zona, pero no le daba mucho dinero.
¿Le tocó a usted trabajar también?
Sí, vendía pasteles, helados, coca-cola y agua. Lo llevaba todo en una marmita. Era lo que allí se conoce como geladino. Salimos a la calle o íbamos a la playa para ofrecérselo a los turistas o a la gente que tenía más dinero. No fue fácil.
De estudiar, ni hablemos entonces.
Mis padres me dieron una lección de vida y siempre me impusieron el estudio antes que el fútbol. Me decían que primero estudiar y luego jugar, y si primero me iba a jugar, luego ya sabía lo que me tocaba. Siempre tuvimos este apego.
¿Y ahora cómo vive su familia?
El fútbol me ha dado todo. Ahora tienen una casa nueva en el barrio de San Bernardo. Sus condiciones de vida han mejorado mucho. El hecho de jugar en Europa, estar entre los mejores, salir de mi país… Todo eso son para mí sueños cumplidos, como poder tener un coche. Siempre quise hacer algo grande para mi familia. He podido darle una oportunidad también de conocer otro país. Eso es algo impensable si en Brasil no tienes una posición buena. Todo se lo tengo que agradecer al fútbol.
¿Cuándo decidió que quería ser futbolista?
Recuerdo la final del Mundial de 1994, en Estados Unidos. Yo tenía apenas seis años. Las imágenes que retengo son de la tanda de penaltis, con el error de Roberto Baggio y las paradas también de Taffarel. Fue algo de lo más emocionante y de allí me nació el sentimiento de querer ser un jugador de fútbol. Antes creo que los niños vivían más el fútbol que ahora, tenían mucha pasión, vibraban más… Fue fundamental esa experiencia. Luego, siempre quería tener un balón a todas horas, quería jugar con él. Llamaba a los amigos y montábamos partidos en la calle. Mi madre sabía siempre dónde me podía encontrar. Y tenía que cogerme por las orejas para llevarme a casa…
¿Cuál fue su primer sueldo como jugador semiprofesional y a qué edad?
Tenía 18 años y jugaba en cuarta división, la última de Brasil. Me pagaron 50 euros y se lo di a mis padres. Yo hasta los 14 años no jugué en un club de fútbol, lo hacía en la calle o en partidos organizados. La gran oportunidad me la dio el Ponte Preta, de la Serie A brasileña, cuando tenía ya 22 años. Jugué el campeonato paulista y me dio la alternativa, porque yo procedía de la última categoría. A partir de ahí empecé mi carrera.
¿Y por qué es tan complicado que se solucione la pobreza en un país tan rico como Brasil?
Creo que no hay opciones. Tiene mucha corrupción y aspectos que no favorecen a los pobres, como las leyes. El salario mínimo es escaso y la comida es cara, además hay muchas tasas. La gente gana poco dinero. Hay familias grandes que deben vivir en pocos metros cuadrados. Hay un grave problema con los políticos y la corrupción.
De Brasil llega a LaLiga para jugar en Granada y Getafe, pero luego prueba una aventura en Rusia. ¿Cómo vive un brasileño en una ciudad como Krasdonar?
Es muy diferente. La comida es distinta, pero el clima es lo más importante. Hace mucho más frío. Llegue a jugar a menos de 20 grados. Recuerdo que aquel partido utilicé guantes, un calzón, calentadores, incluso me rocíe los pies con un spray antes de ponerme las botas. Ganamos 2-1. Luego, era algo incómodo. Necesitaba un traductor todo el tiempo, y mi familia también cuando salía de casa. Pese a ello, tengo la virtud de que me adapto lo más rápido posible a las ciudades.
Con esa avidez, en Barcelona se adaptaría en dos días…
Los españoles son alegres, la temperatura es buena… Estoy muy contento de estar aquí y quiero continuar más tiempo. No pienso cambiar, ya me he convertido en un fanático del Espanyol y de su afición. La gente me apoya y me transmite muchas ganas. Tiene pasión por esta entidad. El vestuario es una familia. Todo el que llegue es bienvenido. Le ha pasado a Carlos Sánchez y pasó lo mismo conmigo. Te abren los brazos. Y eso en el fútbol es clave.



