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“Todavía hoy nos sorprende el impacto que tuvo la pancarta”

ATLÉTICO

“Todavía hoy nos sorprende el impacto que tuvo la pancarta”

Como el gol de Luis, del estreno del Calderón quedó ésta. “Ya estamos en nuestra casa, nadie nos ha humillado...”. Alfonso, Antonio y Julio: 50 años después, AS los reúne.

Madrid

"Ya estamos en nuestra casa y nadie nos ha humillado. Mientras ellos van de pie, nosotros todos sentados”. Desde el primero de sus días, esa frase es historia del Vicente Calderón. Era 2 de octubre de 1966 cuando cuatro amigos la sacaban justo antes de que el balón echara a rodar en el Manzanares, nuevo estadio del Atleti, que se estrenaba (Calderón se llamaría a partir de 1972). Sólo uno ya no vive, Pedro.


Los demás, Alfonso Galerón, Antonio Castejón y Julio Rodríguez, cincuenta años después, se señalan en la tele donde han puesto un vídeo de aquel Atleti-Valencia. En cuanto asoma su pancarta la voz se les llena de nostalgia. “Mira, ese de la derecha soy yo”, dice Julio. Entonces era el mayor de los cuatro, 32 años que hoy son 83. Alfonso es el de la izquierda, 78 años que eran 28. Antonio, el del medio, 26 tenía, 76 tiene. Es quien habla. “El que tiene mejor memoria. Porque la mía...”, sonríe Julio. “Iba por el Real Madrid. El texto lo pensó mi hermano (Julián, periodista de ABC y Efe) y, como luego se vio, acertó, acertó de pleno”, explica Antonio.

Detrás estaba el traslado del Metropolitano al Calderón. “Se hizo mal: aquel campo se vendió y, cuando nos tocó irnos, éste no estaba”. El Atleti le pidió entonces al Madrid que le dejara jugar en Chamartín, mientras finalizaban las obras. “Y el Madrid dijo que sí, pero con una condición: sus socios entrarían gratis... Vicente Calderón, que era el presidente, por ahí no pasó y logró prorrogar un año más el Metropolitano”. Por eso, el primer día que pisaron su nueva casa para quedarse, el Manzanares, no pudieron evitar acordarse del Madrid. Y en esas letras mayúsculas lo escribieron, sobre una sábana de cuatro metros.

“La habíamos pintado la noche anterior en el pasillo de mi casa, en la calle Pilar de Zaragoza (Guindalera)”, sigue Antonio. Primero marcaron las letras y, después, con pintura negra y brocha, unos por arriba, otros por abajo, las fueron rellenando. Tardaron cuatro horas. De 10:00 a 02:00. Al día siguiente la llevaron en el metro.

“Nos montamos en Diego León y nos bajamos en Tirso de Molina, porque la línea 5 ni estaba”, cuentan a coro Alfonso y Antonio. De ahí al Calderón, dos kilómetros de calle, con ella enrollada bajo el brazo. “Julio esperó en el estadio, Pedro se agregó”, apunta Alfonso. “¿Introducirla? Ningún problema. No era como ahora. Entramos y ya”. Lo mismo para bajarla al césped y dar una vuelta de honor. “No era como ahora. Mira a ese: ¡lleva una bota de vino! Hoy sería impensable, entonces normal”. Sólo tuvieron que salir con ella, desplegarla y caminar. Al estadio aún le faltaba grada, anfiteatros, seguían construyéndose, pero orgullosos se sentían: todo asientos, nadie de pie.

Su amistad había nacido en el Metropolitano. Uno era pintor, otro gestor, el tercero mecánico, todos del Atleti. Hasta hoy. “Entonces nosotros sí queríamos cambiar. Irnos a un sitio más moderno y cómodo”. Aunque estuviera tan lejos de Reina Victoria. Ahora les costará dejar el Calderón. Se lleva mucho, todo.

El dolor por la Vojvodina, los tres goles de Luis al Cagliari, la Intercontinental, el doblete. Su pancarta hace ya tiempo que en una mudanza desapareció. “La llevamos a tu casa tras el partido y allí se quedó”, recuerda Alfonso, mirando a Antonio. Siete años después acabaría en un contenedor. “Aún hoy nos sorprende el impacto que tuvo”. ¿Y ahora para el Wanda sacarían otra? Ríen, niegan. “Escribirla todavía, pero bajarla... Ya estamos mayores, las rodillas, los achaques”, dice Julio pero sonríe como en la foto, cuando aún tenía solo 32 años y su equipo estrenaba estadio.

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