Un partido en Balaídos, un desierto en el Valencia
Es ahora cuando Prandelli merece tiempo, margen y reposo. El valencianismo sigue huérfano de referentes, el club de cultura futbolística y el cementerio repleto de efímeros salvadores.


Lo de Balaídos. El Valencia de Prandelli cayó en Balaídos jugando mejor que en El Molinón y por supuesto que en Riazor, donde respectivamente ganó y empató. El equipo ayer leyó e interpretó el encuentro con criterio e intensidad. Los futbolistas hicieron lo que Prandelli les había pedido y a lo que les había inducido durante la semana. Su apuesta por Fede y no por Munir era una llamada más al trabajo que a la creación. La cabra tira al monte y los italianos a la contención. Mientras que remendó como buenamente pudo con Montoya y Medrán las taras de corte y confección de la plantilla evidenciadas por las bajas de Gayà y Enzo. El Valencia puso tanto oficio como nula definición. De ahí la fustración, por ello la preocupación. El equipo campó mejor que el Celta a lo largo de 70 metros de césped. Pero la diferencia estuvo donde se decide el fútbol, en esos 16 metros de largo y 40 de ancho de cada área. Los blanquinegros fueron unas madres en la de Rubén Blanco y unos recién nacidos en el gol de Guidetti. El Valencia carece de un goleador de los de verdad y a este paso antes se acaba el Nuevo Estadio que se deja la portería a cero. Sin obviar que Berizzo cambió las tornas con la entrada de Díaz por Radoja y Prandelli no movió ficha hasta el 2-1.
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La doble lectura. Por lo dicho, por ese hacer las cosas relativamente bien contra el Celta, se entienden las palabras de incredulidad y decepción por el resultado de los Prandelli, Parejo, Mario Suárez y Mangala tras el encuentro. Pero a estas alturas se comprende y percibe más aún el desencanto de sus aficionados. Se comprobó en la Junta de Accionistas del viernes, en la que Layhoon Chan solo pudo que agachar la cabeza para recibir las collejas, y se refleja en esos míseros 10 puntos en el casillero cumplido ya un tercio de campeonato. Porque una cosa es un partido que se pierde quizás sin merecerlo como el de ayer y otra el desierto en el que habita el Valencia desde antes de su anterior visita a Balaídos, aquella en la que se ganó 1-5 y que no fue más que un espejismo. Desde entonces, nada que llevarse su gente a la boca y por lo que sentirse orgullosa de su equipo, hasta se tuvo que dar las gracias por salvar la categoría. Las urgencias son tales que los ‘efectos’ duran lo que a los niños de padres en huelga de deberes hacer sus quehaceres: nada. El ‘efecto’ del muro Garay-Mangala duró lo que tardó Rubén Castro en hacerle un gol y el de Prandelli (con 4 puntos de 12) ha pasado también a mejor vida. Por no hablar que al del ‘nou, 9’ ni tan siquiera se le ha dejado demostrar si lo suyo es efecto o gaseosa. El valencianismo sigue huérfano de referentes, el club de cultura futbolística y el cementerio repleto de efímeros y fustrados salvadores.
Tiempo a Prandelli. Ahora que se ha visto que Prandelli está más cerca del ‘catenaccio’ que del ‘tiki-taka’. Ahora que se ha comprobado que ni con esas este equipo puede dejar su portería a cero. Ahora que se ven las consecuencias de aquellos últimos días de mercado en los que volaron Mustafi y Alcácer y llegaron Mangala, Garay y Munir. Ahora que Meriton ya puede ir pensando cómo hacer frente a los pagos sin otro año en Europa... Es ahora cuando Prandelli merece más tiempo, margen y reposo. Porque es a día de hoy el único no culpable del proyecto y el único que tiene derecho a quedarse mirando las ramas de una derrota quizás inmerecida como la de ayer en Balaídos y obviar el desierto en el que habita este Valencia. Solo Prandelli está libre de ese pecado.



