CAFÉ, COPA Y FÚTBOL | RAMÓN LANGA

“Mi ídolo fue Iribar; yo jugaba de portero y me fijaba en él”

A pesar de su larga carrera en el teatro y en el cine, a Ramón Langa se le reconoce casi más por su voz que por su rostro. Es la voz que dobla a Bruce Willis en el cine. Se deshace por Iribar, su ídolo de siempre.

“Mi ídolo fue Iribar; yo jugaba de portero y me fijaba en él”
Javier Gandul
Actualizado a

¿Aparte de la voz, en qué cree que se parece a Bruce Willis?

—Es que yo no me parezco a Bruce Willis ni en la voz. Pero bueno, supongo que me parezco a él en que me encanta el cine y soy un buen vividor.

—¿Qué tiene que decirles a aquellos que critican con tanta furia el doblaje de las películas?

—No me meto con nadie porque todo el mundo tiene derecho a tener su opinión. El doblaje de películas en España es una tradición y siempre ha habido excelentes actores de doblaje. Al que no le gusten las películas dobladas puede optar por verlas en versión original, como hago yo constantemente. Siempre intento ver una película en versión original.

— ‘Pregúntame por qué bebo’ es uno de sus grandes éxitos teatrales. ¿Tiene algo que ver con la fama de bebedores que arrastran los actores de doblaje?

—Es verdad que tenemos esa fama bien lograda a pulso. Piensa que en todos los estudios de doblaje había un bar porque se doblaba desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche y pasabas muchos ratos sin hacer nada y te ibas al bar y te bebías un whisky o dos. Hombre, bebías de manera que pudieras seguir doblando, claro. Alguna vez podía ocurrir que algún actor de doblaje estaba demasiado perjudicado y había que dejar su sesión para el próximo día, pero no era lo habitual. Se bebía mucho, sí, pero cómo sonaba esa gente, y se fumaba muchísimo también.

—¿A qué equipo le canta los goles?

—A mi Athletic, lógicamente. Y siempre le cantaré al gran Chopo Iribar, siempre fue mi ídolo. Yo jugaba de portero y era muy bueno. Me fijaba mucho en el Chopo. Ahora ya no soy tan forofo del fútbol. Además, cuando veo un partido del Athletic suelo ser gafe, porque me pongo nervioso y creo que les estoy fastidiando.

—¿Cómo eligió ese puesto tan singular y solitario como el de portero?

—Es un puesto jodido, sí, pleno de responsabilidad y donde más se nota cualquier fallo. Creo que ese puesto te llega la mayoría de las veces porque eres malo regateando, con el balón en los pies. Y, además, soy muy vago para correr y esas cosas. De todas formas, quizá también tenga que ver con mi habitual carácter solitario.

—¿Por eso dejó el fútbol por el esquí?

—Es posible, me gustan este tipo de deportes individuales en los que si cometes algún error no perjudicas a nadie, sólo a ti mismo. Esquío siempre que puedo y, en invierno, suelo subir todos los días un rato a Valdesquí, en la sierra de Madrid. También hago equitación, tuve una larga carrera como luchador de artes marciales y también tuve momentos brillantes en la esgrima.

—¿Nunca dobló a Chuck Norris?

—Ja, ja, ja, no, a quien doblé una vez fue a un personaje de una película de Van Damme, que lo matan y luego es debidamente vengado.

—¿Con ese chorro de voz se liga más?

—¡Qué va! A veces haces tanto ruido que espantas al personal.

—¿Ser mitad bilbaíno y mitad madrileño marca un carácter?

—¡Uff! imagínate, menuda mezcla, podría ser insoportable. Además nací en Chamberí, para rizar el rizo. Mis padres eran de Bilbao y pasamos allí muchos veranos. Tengo aires de ría y del río (el Manzanares).

—Primero hizo sus pinitos como actor de teatro antes de meterse en el doblaje.

—Sí, por supuesto, yo empecé haciendo teatro junto a Juan Echanove. Hacíamos giras con obras de teatro clásico, no cobrábamos un duro pero tampoco nos costaban nada los cursos. Luego hice un par de películas con una aparición breve hasta que un día descubrí el doblaje y me metí en ello. Entré en la escuela de doblaje de Salvador Arias, empecé a trabajar y me fue tan bien que me olvidé del cine y del teatro. Y al cabo de casi 20 años me entraron muchas ganas de volver a los escenarios y dejé el doblaje.

—Bueno, no dobla a nadie menos a uno.

—Pues sí, al único actor que doblo es a Bruce Willis. Cuando estrena una película me llaman a mí y lo doblo tan contento, pero a nadie más.

—¿Eso de que el mundo del doblaje es un círculo cerrado, una mafia de unas pocas familias, es una leyenda urbana?

—Totalmente. En este país se extiende un rumor y todo el mundo lo da por auténtico, sólo por el hecho de haberlo escuchado. Si eso fuera así yo, y mucha gente, nunca hubiéramos entrado en el doblaje. Yo cuando entré no conocía a nadie, hice unas pruebas y les gusté y así fui creciendo. Eso teniendo en cuenta que antes el doblaje se cuidaba mucho y tenías que ser muy bueno para mantenerte. Las voces eran muchas y muy buenas, no todo el mundo era admitido. Había que sonar bien e interpretar mejor. Ahora ya cuelan más cosas.

—¿Quiere decir que hemos ido a peor también en esto?

—Yo pongo una serie de televisión en casa, cierro los ojos y al poco rato ya no sé qué personaje es el que estoy escuchando porque todos hablan prácticamente igual, con matices idénticos. Antes, cerrabas los ojos y por la voz sabías quien era, no sé, por ejemplo, el periodista, el chófer, el asesino… Ahora todos suenan igual.

—¿Y en el cine español también le suenan igual todos los actores actuales?

—Pues sí, la inmensa mayoría, y no tengo ningún problema en decirlo. Yo veo a un tío que hace una película, y hace otra distinta y otra y otra, y siempre hace lo mismo, con los mismos registros. Un actor bueno español, o de otro lugar, se distingue porque se trabaja el personaje que interpreta y a cada uno le da el toque que merece. Ahora veo a actores, y no voy a decir quienes son, que trabajan igual en todas las pelis. Ponen la carita y dicen la misma frase sea un demonio, un ángel o un príncipe azul. Te da la sensación de estar viendo siempre la misma película, y eso lo dicen también algunos afamados productores. No hay una verdadera escuela de interpretación y eso no ocurría antes.

—Así que el nivel de interpretación está por los suelos.

—Totalmente. Yo he hecho un sinfín de papeles, comedia, drama, clásico, no sé, y me he currado el personaje hasta el final. No veo que los actores de ahora se lo trabajen tanto.

—Otra de las críticas a los actuales actores españoles es que vocalizan regular, que casi no se les entiende, vamos.

—Eso es verdad, sí. El otro día vi una película española preciosa, Palmeras en la nieve. Tiene una producción excelente, la luz, el montaje, todo, salvo la interpretación de alguno de los actores. No entiendo lo que dicen y eso me fastidia porque el director tiene que dirigir a los actores. Por muy estrella que sea un actor tiene que dejarse dirigir por el director. Viendo esa película llegó un momento que puse los subtítulos porque no entendía lo que decían. Y no se trata de tener mejor o peor voz, se trata de poner a cada frase la intención que requiere, y decirlo con verdad. La voz no sale de la laringe, sale de la tripa.

—¿Cómo le ha afectado a su trabajo este sombrío periodo de crisis que arrastramos?

—Muchísimo. Y yo a esto no lo llamo crisis, lo llamo estafa, pero bueno. He pasado unos desiertos terribles, yo llevo cuatro años sin hacer una película de cine, y tiempo atrás hacía una detrás de otra. Y luego se paga la mitad de la mitad de lo que se cobraba. A mí me han ofrecido por una película lo mismo que cobré hace treinta años cuando debuté en el cine, y es terrible. A veces cedes, pero ya está bien porque estamos sentando un precedente fatal.

—¿A qué gran personaje universal de la escena le hubiera gustado doblar?

—Pues vaya compromiso, pero lo tengo claro, me hubiera gustado doblar a Robert de Niro, y que no se moleste el gran Ricardo Solans, el actor español que le dobla. Me encanta Robert de Niro, es un tío que dice las cosas como sin decirlas, con un temple superior.

—¿Le interesan los espectáculos deportivos por televisión?

—No veo la televisión casi nunca. Y a mí los deportes me interesan como deportes, pero no como el fenómeno en que se han convertido. Ni siquiera me engancha un buen partido de fútbol por la tele.

—Le llamarán raro.

—Pues sí, supongo que soy una rara avis. A veces me pregunto por qué la gente nada más llegar a casa enciende la tele aunque no se ponga a verla. Es posible que les haga compañía, pero a mí no se me ocurre encender el aparato. Y me pasa desde siempre.

—¿En los grandes duelos, tipo Madrid-Barça, a quién anima?

—Pues mira, entre el Madrid y el Barça sinceramente me da un poquito lo mismo porque es muy fácil ser de cualquiera de esos dos equipos. Que gane el mejor, como suele decirse. Eso sí, si tengo la oportunidad de ver un partido de esos y resulta que es un partidazo yo seré el primero en disfrutar. Aunque prefiero escuchar un partido por la radio, me encantan esos locutores narrando las jugadas con un nervio que te engancha.

—¿Y entre Madrid y Atlético?

—Voy con el Atleti, pero por razones emocionales, más que nada porque no tengo nada contra ningún equipo. Sobre todo, lo que nunca haría es discutir por el fútbol. He visto a gente darse de hostias por culpa del fútbol y me han parecido peor que orangutanes. Si se ponen así por un partido, ¿qué harán cuando se metan con su madre? Eso de matarse por el fútbol no me cabe en la cabeza.

Noticias relacionadas

—El fútbol les cambia la sangre y la mente a muchas personas.

—El aficionado al fútbol suele ser el menos deportivo de todos los aficionados al deporte. En esgrima uno reconoce cuando le ha tocado su rival; en tenis, igual; en rugby tienen su tercer tiempo, se felicitan tras el partido y se van a tomar cervezas. Los aficionados al fútbol suelen acabar mal, esas imágenes de la Eurocopa peleándose a muerte en la calle son terribles. Los mismos futbolistas suelen ser tramposos, hay poca caballerosidad dentro del campo. Hay cosas mucho más importantes en la vida, aunque algunos piensen lo contrario.

Te recomendamos en LaLiga EA Sports

Productos recomendados