ATLÉTICO DE MADRID

El Atlético se bunkeriza en San Rafael con su cambio de hotel

Llevaba años alojándose en el Náyade; este curso lo ha hecho en el Tryp Segovia Sierra de Guadarrama, donde los jugadores apenas aparecen fuera.

El Hotel del Atlético.
ATLAS
Patricia Cazón
Redactora
Patricia Cazón Trapote nació en Zotes del Páramo, León, en 1980. Licenciada en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca y Master de El País trabajó en El Diario de León y El País Semanal antes de llegar a AS en 2004. Cronista del Atlético desde 2016, es autora de cuatro libros y tertuliana en El Golazo de Gol y Estudio Estadio.
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Los tres últimos días han sido de carreras en Los Ángeles de San Rafael. Todo comenzó el pasado jueves. La orden, clara: había que adecuar, limpiar y preparar el hotel de abajo, el Náyade, donde desde hace doce años se queda el Atleti para el stage, para recibir al primer equipo. Todo estaba listo. Habitaciones, comedores y zonas comunes que ningún jugador del Atleti este año pisará. Y es que, este julio, la urbanización esperaba al equipo rojiblanco con una sorpresa: la remodelación del Tryp Segovia Sierra de Guadarrama (antiguo Comendador) que, con una estrella más (cuatro) e instalaciones más modernas, ‘enamoró’ al Profe Ortega en la visita que el jueves hizo a San Rafael. El plan anterior se abortó. En ese momento el hotel del Atleti dejaba de ser el Náyade. El equipo volvía al Comendador. Desde la pretemporada con Ferrando (2004-05) no se alojaba allí. El domingo por la mañana se adecuó, limpió y preparó para recibir al Atleti, como horas antes se había hecho con el Náyade.

El Comendador es un búnker: sólo están ellos, nadie más puede pasar. Con piscina cubierta, spa y una clave de wifi que es un guiño ('nuncadejesdecreer'), los jugadores, que ocupan la segunda y tercera planta, no tienen que salir para nada, salvo para ir al gimnasio, ubicado a escasos quince metros, en una carpa donde el Profe Ortega ha levantado su sala de operaciones. “A mí me gustaba más antes”, se lamentaba un aficionado con su niño a media mañana. Antes o, lo que es lo mismo, el Náyade, donde habitaciones y comedor estaban en edificios diferentes, con la calle como único acceso. “Allí era fácil lograr que te firmaran un autógrafo cuando iban a desayunar, merendar o cenar”, seguía diciendo, alejándose del hotel. Volvió con su hijo a las 18:00. Hora a la que sabía, el equipo partiría al entrenamiento vespertino. Cuando salen del búnker rumbo al campo. Es la única ocasión ya en la que, durante el stage, se puede cazar una foto, un autógrafo.

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