Espanyol-Levante: del rococó al arte del contraataque perico
Asensio como síntoma de que las cosas no funcionan en el Espanyol. El jugador no acaba de encontrar la ubicación ni la misión en el campo.


Fútbol en diferido. Como si fuese una película que se va repitiendo en bucle, o como las noticias y los anuncios que se proyectan en el metro, el Espanyol jugó anoche un partido ya visto: gol en contra en los primeros minutos, falta de un plan para remontar esta situación, improvisación constante, empate al contraataque y, finalmente, silbidos desde una grada de Cornellà-El Prat que se mantiene en ascuas. El equipo prosigue con su descafeinada aventura liguera hacia ninguna parte, sin encontrarle el pulso a la Liga y a su plantilla, coja atrás, voluntariosa en mediocampo y poco trascendental en ataque para el verdadero potencial que hay.
Del estilo rococó... Si el fútbol es el octavo arte, aunque en ocasiones sea tan abstracto que nadie comprende su belleza, el Espanyol hizo un giro importante durante el choque. Comenzó con un estilo más individualista, que podríamos calificar como rococó en homenaje a su protagonista. Roco está gris, como el equipo, y su dupla con Álvaro no acaba de asentarse. El chileno cometió un error clamoroso, fruto de una falta de tensión inaudita, repetida en varios encuentros. Los jugadores pierden atención por muchos motivos, ya sean aspectos personales, grupales o por no tener claras las ideas. ¿Cuál fue esta vez?
... al estilo clásico. El que sí lo tiene claro es el Espanyol cuando los partidos se abren. En ese punto sí se siente cómodo. Con espacios, a la carrera, sus jugadores responden al galope. Así nació un gol de manual, que comenzó con un gran robo de Diop, una excelente conducción y toma de decisión de Caicedo, un desmarque sensacional del correcaminos Víctor Sánchez y una definición de Gerard, ese hombre llamado a ser más de lo que está siendo.
Un síntoma. El propio Gerard sustituyó a un mareado Asensio al descanso. Mareado por el golpe que recibió de Feddal o quizás porque no sabía qué hacer sobre el terreno de juego. Lo primero, un aspecto fisiológico, no es preocupante, pero sí —y permítanme la broma— es lo segundo, porque es una realidad. Asensio como síntoma de que las cosas no funcionan en el Espanyol, de que un futbolista joven pero de talento no acaba de encontrar la ubicación ni la misión en el campo.
Los silbidos. Hastiado está el público de partidos como el de ayer y disconforme con algunas alineaciones. La gente siempre es soberana, tenga o no razón, así que tiene derecho a expresarse. Ayer los silbidos se los llevó Víctor Álvarez, titular en los 14 partidos que se llevan en la Liga, mientras para Burgui fue la ovación. La verticalidad del extremeño gusta más que el trabajo del canterano.
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Y las palabras. Las que tuvo Sergio al acabar el partido, más rotundo que otras veces, dejando entrever que ya había repetido mil veces algunos mensajes y no se reflejaban en el campo. En la comunicación hay receptores y emisores, y la palabras es mitad del que escucha y mitad de quien habla. La afición está ya en otras historias, como indica la pancarta que ilustra estas líneas.



