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Siempre nos quedará París

ZARAGOZA | VEINTE AÑOS DE LA RECOPA

Siempre nos quedará París

Siempre nos quedará París

Rafael Pintor

El Zaragoza, que lucha por salir de su peor crisis, celebra hoy el 20º aniversario de su mayor éxito, la Recopa. Seaman: “Nayim sabía lo que hacía cuando chutó".

Zaragoza

El 10 de mayo de 1995, a los 119 minutos y 40 segundos de partido, Nayim disparó desde medio campo contra la portería del Arsenal. Era la última jugada de la final de la Recopa. Era una locura. Pero la pelota completó una parábola imposible y fue gol. Hoy se cumplen veinte años de aquel tanto excepcional, quizá el más extraordinario de una final europea, que le dio al Real Zaragoza el título más grande de su historia.

Revisemos la jugada. Último minuto de la prórroga. Adams cabecea sin orden, la defensa del Arsenal está muy avanzada y la pelota viene a Nayim, que la afloja y la deja botar. Tras el primer bote mira al fondo, a la portería y ahí duda de si golpear, pero no se decide. Tras el segundo bote, la revienta. El violento impacto implica todo el costado derecho del pie. La pelota sale despedida. Pardeza inicia una carrera, Adams se contiene y lo deja en fuera de juego, Geli entra por la izquierda; la zaga inglesa se deja llevar y se aproxima para el saque de puerta. Poyet mira, Esnáider mira, Aguado mira, Cáceres mira… Seaman corre. Tres segundos más tarde el balón está dentro. David Seaman se tumba de medio lado, como si dormitara. La pelota regresa de la red, muy lentamente, y se queda parada sobre la línea. El gol tarda en hacerse creíble, pero al instante desata una pasión sin límites entre el Zaragoza y el zaragocismo. Sí, el Zaragoza era campeón, justísimo campeón de la Recopa, después de eliminar al Gloria Bistrita, al Tatran Presov, al Feyenoord y a los ingleses Chelsea y Arsenal.

El gol de Nayim contuvo todos los condicionantes para alimentar un mito, un mito que no deja de crecer con el paso de los años: oportunismo (últimos segundos de una prórroga), dramatismo (el esfuerzo inútil de Seaman y su desolación final), exactitud y máxima dificultad (el derechazo desde 49 metros surgió en el momento preciso y voló lo justo para caer en el hueco imposible entre la mano del portero y el larguero). Y todo ello en una final europea.

“Sabía que me metía en un lío cuando le vi chutar, porque me había adelantado un poco y Nayim sabía lo que hacía. Como portero, uno puede ser un héroe durante 119 minutos y de repente, ¡bum! Sé de lo que hablo. Me pasó cuando Nayim disparó desde tan lejos. De repente pasó lo que pasó. Una pesadilla. El último segundo, el último disparo de un partido… El recuerdo de ese gol me perseguirá toda mi vida”, se lamentó el portero del Arsenal a la conclusión de la final.

“Había miles de personas que empujaban conmigo ese balón”, declararía feliz pero sereno Mohamed Alí Amar, Nayim, en una frase que se hizo inmortal.

Un diario tituló: “Alá es grande”. Pardeza, capitán de aquel once legendario, admite que pensó en una posibilidad sobrenatural que escapaba a su ilustración. Cedrún, el hombre sencillo, sentencia: “Hubo algo divino”. Conforme el tiempo empuja hacia atrás las imágenes de aquella noche, crece el mito de París, casi a la misma velocidad que el Real Zaragoza, inmerso en la peor crisis de su historia, intenta levantarse de la demolición a la que le sometió durante ocho años un personaje innombrable.

Hacía 29 años que el Zaragoza no alcanzaba una final continental —la Copa de Ferias de 1966 que los Magníficos perdieron contra todo pronóstico frente al Barcelona—, y la expectación desbordó todas las previsiones. Veinte mil aragoneses se desplazaron a París, y otros treinta mil se concentraron en la plaza de toros y el pabellón Príncipe Felipe, donde se habían instalado dos pantallas gigantes, para propiciar un ambiente festivo en la ciudad. Más de 200.000 personas recibieron a los campeones un día después en la Plaza del Pilar. Aquella fue una celebración colosal, con el desaparecido Sergi ejerciendo como gran maestro de ceremonias. Inolvidable.

Cedrún, Belsué, Aguado, Cáceres, Solana, Aragón, Nayim, Poyet, Pardeza, Higuera y Esnáider. Aquel once, como todos los equipos campeones, se recitaba de memoria. Hoy, veinte años después, la memoria está muy presente. Al Zaragoza siempre le quedará París...

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