Andrés Iniesta es el ídolo de los niños que viven en la favela
Las favelas se han desmilitarizado y ya no se ven armas como antes, cuando estaban dominadas por las mafias, la droga y los narcotraficantes.

Uno de los símbolos de Río de Janeiro son las favelas. Son asentamientos construidos sin planos, sin orden, con anarquía, en los que sobreviven la pobreza y la samba. No muchos jugadores brasileños internacionales son hijos de las favelas. Adriano, que ha tenido muchos problemas por su escasa formación, es uno de ellos. Iba para fenómeno y va camino de ser un juguete roto. La apuesta del Gobierno de Lula, expresidente de Brasil, y del mítico Zico han permitido que los niños no jueguen ya en los asentamientos y sí lo hagan en los polideportivos que Lula construyó y en las escuelas del Proyecto Zico, muy próximas a las favelas.
Los enviados especiales de AS fuimos a buscar fútbol callejero, fútbol de favela a la Rocinha, una de las más famosas de Río. Llegamos por la mañana y no había casi ningún niño por la calle, síntoma de que mayoritariamente están escolarizados. Obliga el Estado y obliga la Ley. Los niños en edad escolar que no acuden a los colegios son recogidos por la Policía, que les lleva a la escuela y castiga a los padres. Por la mañana no encontramos a ningún crío, pero por la tarde, al terminar el horario escolar, estaban jugando José Luis, Leonarfe, Rodrigo, Pedro Pablo, Gabriel y Luis Enrique en una canchita perteneciente al Proyecto Zico, una de las diez escuelas del mejor jugador del Flamengo de la historia, al que llamaban el Pelé blanco, ha abierto en distintas favelas para que los niños se formen jugando.
Cuando les pides que te nombren a tres jugadores de fútbol sueltan del tirón y en este orden: "Messi, Neymar y Cristiano Ronaldo". Al preguntarle por la Selección rápidamente nombran a Iniesta y apostillan "es competitivo y hábil". Citan a Xavi, Cesc y Xabi Alonso. "Todos juegan muy bien". Y José Luis saca otro nombre que está lesionado: "A mí me gusta Puyol, que es un gran zaguero". Y uno despistado cita a Ibrahimovic. "¿A quién os gustaría pareceros jugando", Rodrigo nombra a Iniesta y el resto asiente entusiasmado, como diciendo "queremos ser Iniesta".
Los niños juegan bien, destaca José Luis que lo hace con una chancla en una mano y hace remates acrobáticos. Todos sueñan con jugar con Brasil en Maracaná.
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Las favelas se han desmilitarizado y ya no se ven armas como antes, cuando estaban dominadas por las mafias, la droga y los narcotraficantes. La sensación de peligro, que reflejó la película Ciudad de Dios, no se palpa. Hay luz y agua, y un sistema de basuras rústico para hacer llegar los residuos al camión. Y en la Rocinha hay tiendas y hasta restaurantes de comida rápida.
Esta favela se encuentra al sur de Río. Durante muchos años tuvo el dudoso privilegio de ser la más grande de Brasil. Desde 1992 se la considera un barrio y tiene una población de unos 60.000 habitantes. Llama la atención el contraste de las casas anárquicas que se extienden hacia la ladera de la montaña y las casas de clase media alta de los barrios Gávea y Sao Conrado. Rodrigo, Pedro Pablo y Gabriel, los niños de la favela, ya no juegan con armas, juegan con el balón. Y saben leer y escribir. Adriano ha sido el último gran jugador de la favela, y puede que el último que termine como un juguete roto.



