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El jefe se llama Cristiano

REAL MADRID 4 - VALLADOLID 3

El jefe se llama Cristiano

El jefe se llama Cristiano

DANI POZO

AFP

Hizo dos de los tantos del Madrid, que retrasa el alirón del Barça. Goles de Kaká y Di María. Óscar abrió el marcador y Guerra logró empatar. Golazo de Sastre.

Asumido que la victoria del Madrid en casa es costumbre (15 triunfos y dos empates en Liga), lo más relevante se registró finalizado el encuentro. Probablemente inspirado por el brazalete de capitán, Pepe, todavía sobre el césped, censuró los comentarios de Mourinho sobre Casillas y reclamó más respeto para el portero. Se le recuerdan muchas entradas vigorosas, pero ninguna tan atrevida como esta. La revelación nos señala que por la grieta del vestuario cabe hasta Pepe y nos confirma que ni esa fractura impide ganar a buenos equipos como el Valladolid.

Regresemos al juego, no obstante. El gol pucelano a los siete minutos fue el anuncio de un partido reñido y generoso. No era fácil. Después de la extenuante Champions, había cierta inclinación a la modorra: poco público en las gradas y además mecido por la primavera. Para acentuar la sensación de somnolencia se distinguía a mucho japonés en el horizonte.

Pese a tan claros augurios, no hubo espacio para la siesta. El Valladolid no estaba de paseo, sino decidido a pelear los puntos. Y a pelearlos con balón, lo que añade mérito a su ambición. Son pocos los visitantes que, en sus movimientos de ataque, incorporan a tantos jugadores por delante de la pelota. Lo habitual es que los rivales ligueros del Madrid sufran vértigos y mareos al cruzar el centro del campo; lo normal es que los delanteros rompan a llorar al divisar a Pepe.

El primer gol nos demostró que el Valladolid tiene garras, además de juego. Después de varios minutos de tocar e indagar, Óscar castigó un pecaminoso pase horizontal de la defensa madridista. Su definición confirmó su cuajo de centrocampista llegador: estaba decidido a asistir, pero vio el gol más claro (12 en Liga).

El Madrid, gran conversador, contestó de inmediato: chilena fallida de Cristiano y remate alto de Di María. Sin embargo, el equipo carecía de ritmo. Sólo Modric, interesadísimo en el partido, hacía por acelerar los movimientos y alargar los pasillos. Lástima que demasiadas veces le falle la batería, porque es un futbolista apreciable. Liviano, pero apreciable.

El Valladolid dominó, controló y se sintió seguro. Fue justo en ese momento cuando empató el Madrid. Di María hizo la prospección en busca de petróleo y Marc Valiente puso la perforadora. La punta de su bota izquierda condenó a Jaime, que hasta entonces parecía iluminado por San Pedro (cancerbero celestial).

Todavía duraba el impacto cuando se adelantó el Madrid. El gol nació de la insistencia del destino. Di María, escorado a la derecha, tuvo tres oportunidades para centrar al área y a la tercera marcó Cristiano. Su cabezazo fue espléndido, lo que no es novedad. Aunque se airea poco, es mejor cabeceador que lanzador de faltas o tirador de lejos, siendo en cada suerte magnífico. Pero por arriba no tiene comparación. Tampoco admite competencia su fijador de pelo.

El asunto parecía finiquitado, pero el Valladolid alargó la emoción hasta límites insospechados. En la enésima apertura por la izquierda, Omar regaló el empate a Javi Guerra con un pase espléndido, de los que puede empujar cualquiera, delantero, defensa o japonés extraviado.

La mala noticia para Djukic es que el Madrid ya se había despertado de su letargo primaveral. El gong lo dio Cristiano con un lanzamiento que se estrelló en el palo y dejó la portería temblando varios minutos (quizá horas). Ni siquiera Kaká, de natural pacífico, fue ajeno al toque de corneta. El tercer gol fue suyo, uno de esos pellizcos que tiene registrados, esta vez con la pierna izquierda.

Cristiano logró el cuarto tanto con otro cabezazo de nueve puro, aunque reniegue del número y del puesto. Lo extraño ocurrió a continuación. Cuando tocaba recoger, el Valladolid se negó a hacerlo. Al contrario, se empeñó en anotar el tercero, como si le ofendiera la distancia en el marcador. Lo rozaron Ebert y Óscar, pero lo consiguió Sastre, con un balonazo de factura alemana, dicho sea sin molestar. La diferencia se ajustó entonces a los méritos de cada cual. El partido se cerraba como había comenzado: el Valladolid ponía el pan y el Madrid el relleno. Pepe, después, añadió el picante.