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El valor del talento

REAL MADRID 5 - MALLORCA 2

El valor del talento

El valor del talento

SUSANA VERA

REUTERS

El Madrid se reorganizó tras el descanso y arrolló al Mallorca con tres goles en seis minutos. El equipo de Manzano brilló en la primera mitad.

Quien llegó tarde al partido, vio lo mejor. Quien se haya tenido que conformar con el resumen televisivo no se ha perdido mucho. El Real Madrid-Mallorca fue una sucesión de oportunidades, primero constantes y luego frenéticas. De la esperanza del visitante pasamos al asedio madridista, que pasó en un pestañeo de la remontada a la goleada, del tedio a la felicidad. No hay nada que caduque tan pronto como una primera parte en el Bernabéu.

Pese a todo, haremos memoria. Es difícil que quien pisa Chamartín lo haga con mejor disposición y predisposición que el Mallorca. También es complicado encontrar a un Real Madrid parecido. Su fisonomía, de inicio, estaba marcada por algunas caras poco frecuentes, aunque ningún cambio resultó tan influyente como la presencia de Pepe en el mediocampo. Desde la consagración de Varane como defensa, Mourinho ha optado por reubicar al que un día fue su único central titularísimo. No es una novedad. Ya lo hizo cuando no encontraba antídoto a la superioridad del Barcelona en la medular. Viejos tiempos. Ahora el objetivo es probar una versión defensiva del equipo, manejar una alternativa al mediocampo convencional, respetar la eclosión de Varane.

El resultado es bastante confuso. Pepe incorpora una dosis de agresividad que debe resultar muy incómoda para el equipo contrario y además aporta una energía estimable para el equipo propio. Pepe es un buen futbolista, no hay quien lo dude. Sin embargo, niega la paz necesaria para desarrollar un juego reposado. En bastantes sentidos le ocurre lo mismo que a Coentrao, otro futbolista estimable cuando hay que tocar la corneta, pero poco recomendable para unos ejercicios espirituales.

El problema, en situaciones de normalidad, como la de anoche, es que Pepe marque la personalidad del equipo, o que se haga responsable del timón. Entonces algo es seguro: la singladura no será tranquila. Y ayer no lo fue.

No se habían cumplido tres minutos cuando Giovani disparó alto, pero no muy lejos del larguero. A los cinco, marcó el Mallorca. Giovani se deshizo de Arbeloa en la esquina de la banda izquierda y Nsue cabeceó casi desde la frontal del área. Un gol magnífico. Y sorprendente.

El tanto anunció las intenciones del Mallorca y demostró el enorme talento de Giovani, ese futbolista que llegó al Barcelona a los doce años, cuando todo es demasiado pronto. Ahora, con 23 primaveras, y después de pasar por el Tottenham, Ipswich, Galatasaray, Racing y Mallorca, Giovani ha alcanzado la madurez que sólo proporciona el tiempo, no los viajes.

El Madrid se sintió verdaderamente desconcertado. El partido estaba roto desde su comienzo, ya fuera por el gol, por el entusiasmo del visitante o por la acumulación de delanteros: está por ver que Morata e Higuaín puedan jugar juntos sin pisarse las chanclas.

El gol del empate puso coto a nuestros malintencionados pensamientos. Modric, hasta entonces insustancial, descubrió el desmarque de Pepe y el central asistió a Higuaín, que marcó a placer. No hay como intentar argumentar una crítica para que los astros la desmonten.

El Mallorca, sin embargo, no se arredró. El equipo de Manzano disfrutaba de ese partido loco, de idas y venidas, y más que nadie disfrutaba Giovani, que está en edad de correr y soñar. En esas, volvió a marcar su equipo. Gio botó el saque de esquina y Alfaro cabeceó en el segundo palo. El mundo feliz del Mallorca sólo contaba con un inconveniente: todavía faltaban 70 minutos de encuentro, 70 vidas en el Bernabéu.

El resultado adverso permitió a Mourinho uno de esos arrebatos que tanto le agradan, pues le permiten grabar su huella digital sobre el partido. Arbeloa y Morata fueron sustituidos por Özil y Benzema. Como otras veces, es complicado distinguir que fue más importante, si el efecto táctico de los cambios, el discurso del entrenador, el amor propio de los jugadores, o el cansancio del visitante. El caso es que, como en otras muchas ocasiones, el Madrid desarboló a su adversario y en ocho minutos dio la vuelta al marcador. El segundo gol lo marcó Cristiano para culminar el catálogo de cabezazos. Su remate lo tuvo todo: salto, suspensión, colocación y potencia. Cruzado y picado. Ni dos Aouates hubieran sacado esa peloa.

En pleno éxtasis madridista llegó el tercero. Coentrao acababa de fingir un penalti cuando Pina despejó el balón en busca de tranquilidad. No la halló. Modric atrapó esa pelota y lanzó un chutazo insospechado para su fisonomía de colibrí, probablemente el padre de todos los chutazos, quizá el abuelo.

Cuando Higuaín consiguió el cuarto sólo habían transcurrido once minutos de la segunda mitad. Para eso sirve tener a un tipo como Özil sobre el campo. O como Xabi, autor del pase del gol de Benzema. Para eso sirven los buenos, en líneas generales. También debió pensarlo el Mallorca, desarbolado de repente y sin hacer nada excesivamente mal.

Lo que siguió fue un vendaval de color blanco. Se repitieron las ocasiones, las incursiones, los respingos de la grada y los sobresaltos de Aouate. Para explicar la actitud del Real Madrid habrá quien sostenga la teoría de la distracción, pero también habrá piense que al Madrid le divierte dar ventaja al enemigo. Me sumo a ese segundo supuesto. Y no lo veo como algo premeditado, sino como el reto inconsciente que se plantea un niño prodigio para hacer la vida más entretenida. Hasta el Galatasaray, al menos.

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