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El Madrid de las mejores noches

Liga de Campeones | Real MAdrid 3 - M. City 2

El Madrid de las mejores noches

El Madrid de las mejores noches

El equipo de Mourinho se exhibió en un partido memorable. El City se adelantó dos veces, a pesar de su planteamiento mezquino. Cristiano sentenció.

¡Europa es la solución! El Madrid desunido, rezagado en la Liga y metido en confusión, revivió en una de esas noches europeas que se dan de tanto en tanto y que los aficionados atesoran en su recuerdo para siempre. Sin merecerlo, se vio por dos veces detrás en el marcador, asomado a una crisis gorda, y acabó ganando por 3-2 en una reacción vibrante, con todo su mejor talento sobre el campo y el público enfebrecido. Los que con el 1-2 se desesperaron y se marcharon arrastrados por el despecho y el pesimismo lo habrán lamentado. El final del partido fue un espectáculo hermoso e inolvidable.

Y eso que la noche empezó con susto en la alineación. Sólo dos cambios respecto a Sevilla, pero ¡qué cambios! Varane por Sergio y Essien por Özil. Trivotazo. Pero la actitud fue otra y el Madrid tuvo media hora buena, concentrado, enérgico, rematador, frenado por un gran Hart. Cuando paró, pudimos ver si el City tenía algo y apenas tenía nada: la desenvoltura de Silva, la fuerza de Touré y mucho miedo en los demás. Pero eso le bastó para llegar empatado al descanso e incluso para adelantarse en el 68', justo cuando acababa de marcharse Silva entre una ovación tan tremenda como significativa.

Entonces se desató el Madrid que todos queremos, el Madrid de los mejores días. Con calidad (Özil, Modric y Benzema sobre el campo) y una tremenda intensidad. Empató Marcelo, cayó el 1-2 en otra desafortunada jugada a balón parado y Benzema y finalmente Cristiano provocaron el delirio con sus goles. Cristiano celebró con entusiasmo (no era día para ñoñerías) y Mourinho casi como un poseso. Fue el merecido final feliz de una noche atormentada, tan distinta de la de La Rosaleda, donde se vivió un estreno glorioso con un Isco descomunal. La Champions es realmente algo incomparable.

De vez en cuando, y sin que se convierta en costumbre, se hace justicia. De pronto, alguien endereza lo que parecía tan retorcido como las tripas del infierno. Los protagonistas son humanos y el esfuerzo es terrenal, pero la inspiración es mágica. En este caso procede de los viejos fantasmas del fútbol, esos que abarrotan el Bernabéu y aclaman los buenos controles y la resistencia a la derrota. Esa fuerza empujó a los futbolistas del Real Madrid hasta en tres ocasiones, para empatar primero y para vencer después, en el minuto final, donde se coronan las grandes remontadas y las mejores historias.

Quien no se alegre por el Madrid debería hacerlo por los niños del mundo, que anoche estuvieron a punto de acostarse con una lección equivocada. De haber vencido el Manchester City, los malos habrían salido victoriosos, Gotham estaría dominada por las fuerzas del mal y apenas quedaría esperanza para las bondadosas viejecitas. De haber vencido el City, nos hubiéramos encontrado con pelmazos defensores de su sistema ramplón, y hasta es posible que su engendro fuera imitado a partir de ahora. Nos ahorraremos tal cosa.

Anoche, el fútbol premió al Madrid y a su insistencia, al Bernabéu y a sus fantasmas. El empate logrado por Benzema ya había hecho perdonar todos los pecados ligueros y, aunque la rehabilitación estaba conseguida, el equipo de blanco todavía dio un paso más. Y como al fútbol le gustan los remates con revolera, la ambición se personificó en el jugador más ambicioso de cuantos existen: Cristiano Ronaldo.

Poco antes se había tropezado con el portero inglés y su gesto había estallado de impotencia ante las cámaras. En la última ocasión no falló. Ejecutó el enésimo recorte de la noche y disparó con toda la rabia que le cabe, mucha a tenor de sus espaldas. Kompany agachó la cabeza para no perderla y Hart se tragó la bola de cañón. Lo siguiente es un amasijo de futbolistas felices donde no asomaba Cristiano, abrazado, besado, aplastado, pellizcado y cacheteado. Todo el amor que pedía le llegó de golpe. Toda la felicidad que añoraba le cayó como un yunque. Por hablar.

Fue un éxtasis, uno de esos que se reserva el Bernabéu para las noches europeas, cuando los fantasmas tienen euroabono. Fue un acto de justicia y un triunfo logrado con escasísima suerte, por no decir con grandes dosis de mala fortuna. Por eso supo a gloria. Y por tal motivo se puede decir que todo lo enfermo está curado, seguramente porque no estaba tan enfermo. El mal fútbol del Madrid no merece el castigo que arrastra en la Liga y su buen juego tampoco merecía el apuro que le creó ayer el Manchester City. Tal vez las deudas hayan quedado saldadas ayer. Hasta los goles con el pie se marcan con la cabeza.

Mochila.

Durante más de una hora el planteamiento del campeón de Inglaterra resultó de una mezquindad desesperante. La sensación, y viene de lejos, es que un avaro dirige al equipo más rico del orbe. Mancini ha logrado que la reunión de estrellas que forma su plantilla sea un grupo antipático y perezoso, como si el talento fuera una mochila llena de piedras. Es asombrosa la paciencia del jeque que le ha tocado en suerte, tres años de gastos para pisotear la hierba del Santiago Bernabéu.

Silva fue la excepción de ese equipo entre tinieblas, al menos durante la hora que permaneció en el campo. Sus pinceladas y su modo de esparcir perfume dotaron de alma al robot de Mancini. El canario se presentó con un taconazo que liberó a Tévez de los centrales por primera y única vez. Después le resultó más fácil encontrar espacios que compañeros. Su rendimiento fue tan notable y su estilo tan elegante que el estadio le despidió con una ovación que, en los últimos tiempos, sólo han escuchado futbolistas de la categoría de Del Piero. También se detectó algún suspiro de nostalgia entre los aplausos, como el que se dedica al ver pasar a las ex novias que nunca lo fueron. También suspiró Silva.

El inicio del partido fue una verdad cocinada vuelta y vuelta. Superioridad del Madrid y tacañería del rival. Como aperitivo, dos tiros lejanos de Cristiano, siempre desde la izquierda y con recortes hacia dentro. A pesar de lo repetitivo, el City no dejó de sorprenderse nunca, ni siquiera en el último minuto. Es claro que Maicon perdió los reflejos hace años y resulta evidente que Kompany no comparte la cadera de Shakira.

Cobarde.

A los ocho minutos, un contragolpe del Madrid dibujado en dos trazos sirvió de contestación al mínimo dominio visitante. Hart repelió el meteorito de Cristiano y el City tomó la determinación de no volver a aventurarse en el bosque. Replegarse, sin embargo, no le protegió del chaparrón. Incluso Arbeloa, afinadísimo, se sumaba a la fiesta. Bandas, agilidad en el movimiento del balón, Di María e interés. También Essien, que formó parte del trivote con magníficas notas en aseo y puntualidad. Hasta Khedira pareció otro al sentirse escoltado por la sombra pétrea del africano.

Llovían las ocasiones. Di María, fabuloso en los pases al hueco (ayer y siempre), rascaba la espalda de los centrales con pases a Higuaín, su cómplice habitual. Cristiano percutía y Marcelo abría el campo. Nadie desentonaba.

Sin embargo, a la media hora del encuentro, dos arrancadas de Touré Yayá emulando a Jonah Lomu (según inspiración tuitera) nos dejaron una pista que no quisimos seguir. Por ahí se podía liberar el City y por esa rendija se redimió (levemente) en la segunda parte. Touré Yayá fabricó el contragolpe que culminó el gol de Dzeko y dejó paralizado al estadio.

Marcelo acudió al rescate. Después de probar con varios zurdazos lo intentó con un derechazo prodigioso, más aún después de acariciar a un defensa. El caótico universo dio la impresión de recuperar el sentido, pero aún era demasiado pronto. Kolarov volvió a adelantar al City con un lanzamiento de falta que nadie tocó ni falta que hacía. Apuesto a que muchos madridistas de nuevo cuño apagaron el televisor entonces, deprimidos y desesperados. Los viejos, los que una noche cenaron Borussia y Anderlecht, continuaron mirando y Benzema les dio la razón. Cuando marcó Cristiano por fin parpadearon, tan exultantes y felices como los fantasmas que les abrazaban.