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"Burlábamos al Soviet para ver al Real Madrid"

El Cónsul Honorario españolen Georgia es el socio 69.331 del Madrid. A los ocho años (tiene 43) comenzó su pasión blanca. En el final del dominio soviético inició sus contactos con el mundo occidental a través del fútbol y del Madrid...

"Burlábamos al Soviet para ver al Real Madrid"
Joaquín Maroto
Redacción de AS
Actualizado a

¿Cómo se apañaban, aún bajo el yugo soviético, para ver la Copa de Europa?

En la antigua Unión Soviética no se podía ver por televisión más fútbol que el nacional. Había grandes equipos, como los Dinamos de Moscú, Kiev y Tbilisi, pero sabíamos que más allá del telón soviético existían otros grandísimos clubes como el Liverpool, el Bayern y, sobre todo, el Madrid. Había pasión por sus jugadores, por Di Stéfano, Puskas, Gento, Amancio, Santillana... Eran como la Coca-Cola, una bendición prohibida. Y había que echarle imaginación para ver a esos equipos.

¿Y cómo lo hacían?

Cuando se acercaba un gran partido de las Copas de Europa, un grupo de aficionados al fútbol entre los que estaba mi padre, Anzor, organizaba caravanas clandestinas de doscientos o trescientos coches que, con latas de gasolina en los maleteros, íbamos hacia la frontera con Turquía. En esos coches, los viejos Lada o Volga, hacíamos los 150 kilómetros que separan la frontera de Georgia con Turquía. Allí, en el campo, en la montaña, algunos de los compatriotas ingenieros llevaban antenas parabólicas caseras con las que enganchaban la señal turca, que conectábamos a los televisores que habíamos llevado. Así veíamos al Madrid. Era como un gran botellón clandestino, al aire libre, en el que cientos de personas disfrutábamos de la fiesta antes de volver a casa, a ver otra vez los partidos de la URSS. Así era cómo burlábamos la censura del régimen, del Soviet.

Pero no sería fácil organizar una caravana así. ¿Cómo se ponían de acuerdo para el sitio, la hora...?

El día no ofrecía problemas: era el día que jugaba el Madrid. En Tbilisi había una gran oposición al yugo soviético porque éramos una república, un país tomado por ellos. Los disidentes, en su mayoría gente activa intelectualmente, con formación, entre los que estaba mi padre, se juntaban de noche en un parque de Tbilisi, el parque Kirov, y allí organizaban el viaje. Se hablaba de política, literatura, arte... de todas las cosas prohibidas. Y, por supuesto, de fútbol y de los equipos occidentales, que también estaban censurados por decadentes y capitalistas. El jefe de todo este grupo era un filósofo, amigo de mi padre, que ya murió. Se llamaba Kartlos Svanidze, y el resto del grupo de disidentes le llamaban El Caudillo, como a Franco en España, pero él era lo contrario. Era muy madridista también y falleció con una pena, no ver nunca jugar a su gran ídolo: Alfredo Di Stéfano.

¿Qué partido le dejó un recuerdo especial?

Sobre todo recuerdo la emoción con la que la caravana clandestina llegó a Turquía para ver la final de la Copa de la UEFA contra el Colonia, en la primavera de 1986. Yo tenía 15 años. Fue increíble. Ahí me hice del Madrid hasta lo más profundo de mi corazón. Recuerdo aquella goleada al Colonia, cómo mi padre y los madridistas de Georgia corrían por el campo celebrando cada gol de Hugo Sánchez, Gordillo, Santillana, Valdano... Fue un día que se me quedó grabado, tanto como el día de mi boda o el del nacimiento de cada uno de mis tres hijos.

Y en esas escapadas clandestinas, ¿qué comían, qué bebían, dónde iban al baño?

Era como una gran barbacoa. Aquí le llamamos supra. No teníamos lujos, grandes distracciones. Pero teníamos alegría, ganas de vivir, ilusión por el Madrid y buen vino. Bebíamos vino georgiano; la comida era a base de patata guisada y cerdo. E íbamos al baño al que se va en el campo: al árbol más cercano.

¿Y cómo iban vestidos, llevaban camisetas del Madrid?

En esa época no había quien tuviera una camiseta del Madrid. Era imposible conseguirla. Ni los hijos del KGB la tenían. Ni siquiera réplicas, como las que hacen ahora los chinos. Además, en la frontera con Turquía no era como ir en abril de picnic a los campos de Extremadura. Allí hacía mucho frío. Seis, ocho, diez bajo cero. Íbamos con ropas de abrigo, con chaquetas militares, del ejército soviético. Nos servían para abrigarnos y para disimular.

Pues enhorabuena. Me he emocionado con su historia.

Yo tengo los pelos de punta. Recuerdo a mi padre y a sus amigos...

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Y de aquí le viene su pasión por el Madrid. ¿Por eso ha montado la peña en Georgia?

El único socio del Madrid en mi país soy yo. Mi mujer, Nina, también lo es y mi hijo pequeño, Buna. Pero ellos viven a caballo entre Madrid y Tbilisi. Yo estoy más aquí que allí. El resto de los miembros de la peña, los otros 44, son madridistas confesos, pero no socios. El perfil de la gente de la peña es el mismo que tenían los que iban al parque Kirov: intelectuales, ingenieros, médicos... Pero ellos son hombres y mujeres con recursos que han hecho carrera en un país que ya es independiente.

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