Atlético de Madrid | El mejor partido del Atlético

Mónaco tuvo tres precedentes gloriosos

La afición rojiblanca disfrutó con el partidazo del Atlético en Mónaco ante el Chelsea. El gran encuentro de los de Simeone ha hecho que los hinchas se pregunten si es el mejor encuentro de la historia del club del Manzanares. Un sanedrín rojiblanco elige los más destacados.

Mónaco tuvo tres precedentes gloriosos
Juan Casáñez
Diario AS
Actualizado a

El Atlético dio una lección de fútbol el pasado viernes en la Supercopa de Europa ante el Chelsea. El equipo de Simeone realizó un gran encuentro desarbolando al campeón de Europa y goleándolo (1-4). Después de ese encuentro los hinchas colchoneros se preguntan si se vio el mejor encuentro del Atlético en toda la historia rojiblanca. Cuatro expertos colchoneros analizan en AS esta cuestión.

A los rojiblancos les viene a la cabeza tres encuentros más que quedaron para el recuerdo de los hinchas de la ribera del Manzanares. El primero es el de los seis goles que el Atleti le metió al Madrid en su campo (3-6) en la temporada 1950-51. El segundo se refiere a una noche inolvidable en la que el Atleti se proclamó campeón de la Recopa de Europa en 1962, en el partido de desempate. El tercero, la mítica remontada del Cagliari con los tres goles de Luis Aragonés.

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No sufrí. Ni por un instante. Ni una ráfaga de nervios ni una duda. Nada. Sólo la certeza de que el mejor iba a ganar y el mejor era el Atleti. De largo. Me limité a disfrutar e intentar cerrar la boca para que la cara de bobo no delatase mi asombro. Fue la primera vez en mi vida que sentí paz viendo una final del Atleti. "Así es la grandeza", pensé. No es emoción e incertidumbre, aunque acabe en victoria, es la imparable ejecución de tus planes, sin sobresaltos ni fuegos artificiales, sólo coger la pelota y avasallar al rival porque sí, porque quieres y porque puedes. Pobre Chelsea.

La primera parte acabó 0-3 y el resultado era corto. Si el Atleti hubiera llegado al descanso 0-5 o 0-6 a nadie le habría parecido exagerado. El plácido dominio posterior no quitó brillo; al contrario: resaltó la aplastante superioridad de un equipo que pudo permitirse disfrutar de un título europeo durante medio encuentro.

Aunque mal conservado, podríamos decir que aún soy joven. En mis 35 años he visto al Atleti grandes partidos: la final de Copa del 92, varios contra el Barça, la ida con el Valencia en la última Europa League Ninguno tan redondo ni en un escenario así ante un rival tan poderoso. Prudente, acudí a mi padre, que sí vivió los gloriosos 60 y 70: "¿Recuerdas algún partido mejor del Atleti?". Poco dado al elogio fácil, se resistió un rato: el Cagliari, el Bayern si llegamos a ganar Pero al final capituló: "No, mejor no lo he visto". Yo tampoco.

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Tenía trece años y presumía con mi carnet de socio atlético. El primer anfiteatro del fondo norte se convirtió en el teatro de mis sueños futbolísticos. Aquella noche del 5 de noviembre de 1.970 no la olvidaré nunca. Llegaba el coco del Cagliari, el campeón del Scudetto y del fútbol defensivo. Era el partido de vuelta de los octavos de final de la Copa de Europa. La máquina de Marcel Domingo nos tenía enamorados a todos aquellos que nos sumamos a la Operación Cuarenta Mil Abonados que había ideado Vicente Calderón. Había que remontar un 2-1. Aquella cita me enseñó para toda la vida lo que era el fútbol de contraataque y emergió la figura de un jugador inconmensurable. Luis Aragonés, con sus tres goles, dejó en la cuneta a los compañeros de Gigi Riva, que no pudo venir por estar lesionado. Adelardo, Alberto e Irureta y sus salidas explosivas, permitieron que Gárate, Ufarte y Luis nos hicieran llorar de alegría. Unas salidas explosivas que nos hicieron soñar despiertos. Nos convertimos en unos aspirantes al título hasta que se nos cruzó en semifinales aquel Ajax de Cruyff y en especial de un zurdo como Keizer que acabó con una andadura espléndida.

Fue el partido que se guarda para siempre en tu corazón. El Atlético se convirtió en el rey del contragolpe. Una manera de jugar que no he vuelto a disfrutar, pero que ha marcado el estilo colchonero para el resto de nuestros días. Ahora reconozco que soy de esos pesados que siempre tiro de mi memoria y saco pecho para presumir que fui testigo de un espectáculo único. La obra de don Marcel y Luis estuvo cerca de culminar con el cetro europeo de la mano de Juan Carlos Lorenzo y los tres puñales, pero el Bayern de aquel central de cuyo nombre no me quiero acordar nos dejó muy fríos. Pese a ellos, todavía le pido autógrafos a Luis por deleitarme con una noche inolvidable en la que el fútbol valiente y de ataque se impuso al catenaccio.

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Recuerdo de forma nítida aquel encuentro. Fue un partidazo. Arrollamos a la Fiorentina y nos llevamos la Recopa. Es cierto que no es lo mismo vivir un partido que verlo. Yo pude ver el del pasado viernes en Mónaco y éste tuve que jugarlo. Son sensaciones distintas, pero ambos fueron grandes encuentros. En Stuttgart jugamos muy fácilmente. Es cierto que desde el primer momento el marcador se nos puso de cara y, a partir de ahí, las cosas salieron rodadas. Pero no hay que olvidar que la Fiorentina era un conjunto muy fuerte. Yo creo que se sorprendieron cuando en el primer choque, éste fue el de desempate, les plantamos cara. Tenían un equipazo y les sorprendimos. Nosotros éramos unos luchadores natos, no dábamos un balón por perdido. Además, estábamos muy compenetrados. En el terreno de juego se notó como si en ese encuentro, en Stuttgart, ellos salieran medrosos, con algo de miedo debido al encuentro que nos había medido unos meses atrás.

Nosotros estuvimos fuertes, sobrios y disputamos un gran encuentro. Todos nos ofrecíamos al compañero y fue un ejemplo de fútbol. El de ahora es diferente, pero sí que me parece un choque parecido al que el equipo disputó en Mónaco. Ése día los individualismos se dejaron a un lado en pos del colectivo. Nadie destacó de forma extraordinaria sino que el equipo en su conjunto fue el que trazó un partidazo. Los once futbolistas que saltaron al terreno de juego lo hicieron de diez.

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Nunca se me olvidará el día en el que el Atlético le ganó 3-6 al Madrid en Chamartín. Nos salió un partido redondo, el mejor de los que recuerdo. No era fácil doblegar al Madrid y menos en su estadio. Aquello fue una gesta. Siempre fuimos por delante en el marcador demostrando la superioridad de la que hicimos gala ese día. Dentro del fútbol nacional creo que es el mejor partido. Yo estuve tres años en el Atlético y viví muy buenos momentos. Los rojiblancos hacían sombra al Madrid, yo gané allí dos Ligas y conseguí esta victoria tan relevante en la historia rojiblanca.

El Atlético de aquella época era un equipo muy alegre. Estábamos entrenado por uno de los mejores técnicos que yo he tenido, Helenio Herrera. Nos caracterizábamos por ser un equipo goleador y quedó demostrado en aquel encuentro ante el Madrid en su propia casa. Nuestro centro del campo era de cine y, aquel día, Silva volvió a ser mágico con sus regates. Era algo extraordinario. Resultaba un placer verle jugar junto a Múgica. Sobresalió Ben Barek. Marcó un golazo de vaselina después de driblar a varios contrarios. Yo también pude marcar. Marcel Domingo me dio un pase largo y, después de hacer un sombrero a un rival, le hice otro al portero para marcar el 1-4 (en la imagen).

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