Pep no intervino en el nombramiento de Tito


No fue nada sencillo elegir a Tito Vilanova como nuevo entrenador del Barcelona. Costó lo suyo encontrar una figura que agradase a todos los estamentos. Varios nombres encima de la mesa, pero ninguno podía aglutinar con certeza y garantías la herencia del estilo Guardiola. Tras la eliminación de la Champions ante el Chelsea, comenzaron las urgencias. El miércoles 24 de abril, en casa de Guardiola, era el propio Pep el que anunciaba al presidente Sandro Rosell, al secretario técnico Andoni Zubizarreta y al vicepresidente deportivo, Josep María Bartomeu, en presencia del agente del entrenador, Josep María Orobitg, que las sensaciones que mostró en noviembre de 2011 se confirmaban y que dejaba el banquillo. Estaba agotado. No había vuelta atrás, pese a los intensos intentos por hacerle cambiar de opinión.
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La cosa se torcía y no había casi margen de maniobra. Había que reaccionar con celeridad. Rosell quería anunciar, el viernes 27 quién sería el relevo. De ahí que Zubizarreta, que siempre tuvo a Tito en la cabeza, comenzase a valorar en que su intención se convirtiese en realidad. Tras una serie de contactos, Vilanova fue citado para exponerle dicha posibilidad, algo que le agradó. Posiblemente abrumado por las intenciones de secretario técnico y conocedor de que a Rosell le parecía la mejor opción en todos los sentidos, el aún segundo entrenador acabó de digerir la noticia en el silencio de su casa, sin explicárselo a nadie más que a su esposa: ni sus padres se enteraron.
Así llegó el viernes, con algunos culés esperanzados con que Guardiola hubiese cambiado de opinión y que a primera hora de la mañana, en la Ciutat Esportiva, comunicase que se quedaba. Pero no. No hubo noticia. Ésta ya tenía nombres y apellidos: Tito Vilanova. Guardiola se enteró entonces de quién sería su relevo en el banquillo del Camp Nou.



