Otro Madrid, mismo Bayern

Liga de Campeones | Bayern 2 - Real Madrid 1

Otro Madrid, mismo Bayern

Otro Madrid, mismo Bayern

El lobo sigue siendo feroz. El Madrid se distrajo y perdió en Múnich. Mario Gómez marcó en el 89'. El Bernabéu será decisivo en el partido de vuelta.

Nadie dijo que fuera a ser fácil y si alguien lo dijo no volverá a repetirlo. Nada resulta sencillo en las semifinales de Champions y no existen facilidades cuando el rival pinta en rojo y habla triturando tornillos. No son gratuitas las leyendas y los miedos se propagan por el aire, imposible no contagiarse con tanta gente tosiendo. El Real Madrid perdió en Múnich otra vez (nueve de diez) y el resultado final tiene más conexión con el pasado que con el partido. Da igual quien salga porque siempre juegan Augenthaler, Hoeness y Rummenigge. Sus fantasmas no pierden la forma, sólo el pelo.

El gol de Özil debería servir de consuelo. Según los viejos tratados de la Copa de Europa, perder por la mínima no es mal resultado si se marcó un tanto como visitante. Sin embargo, lo que valía en años de penuria ahora se queda corto. Este Real Madrid es un purasangre programado para saltar los obstáculos sin mancharse las patas. Y pudo hacerlo. Pudo brincar sobre el partido y salir indemne, con el mínimo castigo de un empate. Pero menospreció la leyenda. Cuesta imaginar tras la derrota cómo será la reacción del equipo y del entrenador en el encuentro de vuelta. Cómo serán las secuelas tras la quinta derrota en 52 partidos disputados esta temporada. Hará falta mucho Bernabéu el próximo miércoles.

Lo dijo Hoeness y tenía razón. El Madrid, en una Liga de un solo oponente, apenas juega media docena de grandes partidos por campaña. Y casi siempre son contra el mismo rival. Le falta entrenamiento con fuego real y con fuego distinto. Pocas son las veces que necesita apurar los últimos minutos de un encuentro, pocos los delanteros capaces de pelear con Pepe y Sergio Ramos hasta el último instante. Pocos tipos hay como Mario Gómez y a poca feria le hemos debido invitar para que no se viniera con nosotros.

Suyo fue el puñal con el que se vuelve el Madrid. Suya la insistencia y el terror aéreo, los cabezazos que lanzó por encima del larguero. Quién le iba a decir al Bayern que sus nuevos torpedos (submarinos nucleares, más bien) se fabricarían en Albuñán (Granada).

Tratemos de ordenarlo todo. La primera parte se desarrolló a oleadas, con los equipos jugando a quitarse el hipo. La primera sensación fue de dominio del Madrid. Parecía más fuerte y seguro, imponente por momentos. A los dos minutos Benzema pisó área y a los seis provocó que la enorme osamenta del portero Neuer se desplegara como un mapa. El tiro fue buenísimo y la estirada, excelente. También la construcción de la jugada, toque rápido y último pase de Özil.

Inocentes. El balón, el mando y la iniciativa eran del Madrid. Los temibles aficionados ya no lo eran tanto. De pronto advertimos que la vestimenta tradicional de Baviera, con la que muchos seguidores acuden al estadio, copia los pantalones cortos de los chavales de la posguerra y del niño de Totó de Cinema Paradiso.

Hasta que Coentrao inflamó al Bayern. El favorito del entrenador (y cruz de Marcelo) hizo una falta aparatosa a Robben en el centro del campo y la acción provocó un tumulto que implicó tanto al público que Totó comenzó a arrojar espumarajos por la boca. Fue como tirar una cerilla en un cráter lleno de gasolina. El Bayern, por cierto, es un buen equipo con memoria de pez: necesita renovar a cada poco los motivos de su furia. Y aquello le hizo recordar.

Habían transcurrido trece minutos y las llamas del anfitrión quemaban las pestañas de su rival. Ribéry reclamó un penalti inexistente para avivar el fuego y en el mismo aliento de dragón consiguió el primer tanto del partido. El córner anterior estuvo plagado de incidentes y el más reseñable fue una mano de Badstuber que dejó la pelota a merced del francés. Pequeño detalle.

El árbitro, sobreactuadísimo toda la noche, no vio nada. Tampoco su millar de asistentes. Howard Webb aprovechó los focos del universo para lucir palmito y fama, y cuando se le acabó el discurso conciliador siguió chupando cámara con un carrusel de tarjetas donde cada vez se sintió más guapo. Si no se pasó el pulgar por los labios fue por no abusar.

El Madrid trató de entender algo y no comprendió nada. Sin equivocarse apenas tenía medio cuerpo asomando por el balcón. No le costaba llegar a posiciones de ataque, pero carecía de soltura en los últimos metros, lo que nunca le falta. Quizá la poca costumbre que ya hemos mencionado. Delante no había un equipo menor, sino una tribu en armas.

Al Bayern le bastaba con Ribéry. Como no tiene a Schweinsteiger (quien viste su camiseta es un impostor), el equipo carece de mediocampo. Su fútbol pasa de la soldadesca a la caballería sin que lo cocine nadie. El cerebro colectivo recae en el talentoso futbolista francés, que hace lo que puede, aunque es más torero que ingeniero. De Robben no hay noticias. Tanto se ciñe la camiseta que se pasa el partido mirándose los pectorales.

Reacción. En la reanudación, el Madrid saltó convencido y retomó los primeros momentos del partido. A los siete minutos ya había empatado. Özil marcó y la jugada confirmó todo lo malo que se cuenta de la defensa alemana. Neuer anuló a Cristiano en un mano a mano y el balón perdido fue una pulga que domó Benzema sin que ningún rival consiguiera chafarla con el zapato. Su centro al segundo palo, mordido y agonizante, lo convirtió Cristiano en sencilla asistencia al zurdo turquesa. Nuevo mundo.

Nadie hubiera dado nada por el Bayern, salvo el propio Bayern. Heynckes también creyó. La esperanza debe ser consustancial para quien nació un día después de la rendición de la Alemania nazi (9 de mayo de 1945). El entrenador sustituyó a la sombra Schweinsteiger e incorporó a Müller. Creció su equipo y se acomodó el Madrid. Di María, el único jugador que escapó de cualquier control, pecó de individualista. También Cristiano, aunque en sus pies había argollas y en su horizonte una coordinada defensa con ayudas.

El caso es que el Madrid de la modernidad, el de Mourinho y su cruzada, se vio abocado al final tantas veces repetido: el Bayern colgando balones al tanque de turno. Lahm burló y burló a Coentrao (ay) hasta que Mario Gómez marcó con parte indeterminada de su cuerpo. La idea es devolverle en Madrid, si no hay inconveniente, el puñal que nos clavó.