Ya no falta nada ni nadie

Liga BBVA | Real Madrid 5 - Espanyol 0

Ya no falta nada ni nadie

Ya no falta nada ni nadie

Doblete de Higuaín y exhibición de Kaká. Cristiano marcó su gol 30. Khedira también mojó. El Espanyol, flojo en defensa, no fue rival para el Madrid.

Higuaín estaba en duda y Kaká lo viene estando desde que llegó. A uno le pesa la comparación y al otro el precio. La coincidencia es su respuesta a la confianza. Ayer la tuvieron y ayer coincidieron: doblete y asistencia para Higuaín y un gol y dos asistencias para Kaká. El Bernabéu feliz (sólo faltó el gol de Morata) y el Espanyol no tanto.

Diremos, para empezar, que el Madrid puso lo mejor de sí mismo y Pochettino, hombre carismático y respetabilísimo, lo peor. Su planteamiento estuvo cargado de buenas intenciones y de malas ideas. Se expuso de forma temeraria al adelantar la defensa y se terminó de condenar cuando ordenó sacar el balón desde atrás, al estilo Barça. Hay que estar muy dotado para pretender algo así y hasta el Barcelona pasa apuros cuando el Madrid está enfrente y adelanta las líneas. Ni qué decir el Espanyol.

El anfitrión, que arrancó entre bostezos, no tardó en advertir que aquello era una mina. Un equipo tan veloz y tan dinámico en los desmarques, con tan buenos pasadores (Özil, Özil, Özil), interpreta los espacios como una invitación al amor. Para colmo, el Espanyol no mordía. Se comportaba como si aceptara el intercambio de golpes, como si dispusiera de un arma secreta o de un gancho demoledor. Nada se le vio, ni puño ni cañón.

El primer gol llegó por acoso. Los atacantes del Madrid agobiaron a la defensa y Raúl Rodríguez entró en pánico. Regaló la pelota y propició una jugada fulminante, de pases rapidísimos y ejecución inmisericorde. Trigésimo gol de Cristiano.

Cabía la posibilidad de que el golpe liberara al Espanyol, pero tampoco era eso. Verdú no era Verdú, sino un familiar lejano, Weiss no abría brecha y Coutinho tardó 20 minutos en tocar el balón. A partir de entonces se manifestó de forma intermitente: un buen tiro, un pase fino, algo de bisutería. No era mucho, pero siempre pareció la opción más peligrosa de su equipo... si exceptuamos a Carvalho.

El central exploró los movedizos terrenos de la tragicomedia. Lento y rígido, retrasó un par de balones que fueron sustos para Casillas y objetos de burla para el Bernabéu. Mourinho le ahorró la agonía y lo sentó al descanso. Esa decisión dejó bien al entrenador y algo peor al mánager general.

Por fin.

Khedira marcó el segundo gol como imaginamos que siempre sería, como si jugara con la selección alemana, irrumpiendo desde atrás con casco prusiano. Para terminar de sentirse como en casa, el pase se lo dio Özil (18 asistencias). Nunca es tarde para volver, ni siquiera para empezar.

Pochettino culpó a Coutinho y Álvaro y los dejó en el vestuario. Por jóvenes, se supone. Entraron Baena y Sergio García. También Varane. Y cayeron tres más.

Hasta ese instante, Kaká había estado bien, pero sin pasarse. En parecido registro se movía Higuaín, colaborador pero negado ante el gol. En la segunda mitad se descorcharon y dejaron dedicatoria: para los que dudan.

Higuaín culminó una asistencia de Kaká para hacer el 3-0. El cuarto lo marcó Kaká por insistencia y calidad. Indagó en el área hasta encontrar una luz, chutó con sutileza y el balón entró dando las vueltas justas para llegar a la portería. El quinto repitió protagonistas: asistencia de Kaká y chutazo de Higuaín.

El Bernabéu despidió con una sentida ovación al argentino, porque lo estima más que ciertos jefes y algunos críticos. Son cinco años ya. Sin una extravagancia y con muchos más goles de los que recuerdan los prejuiciosos (16 en esta Liga). Hay delanteros más bonitos, pero no mejores.

De Kaká irritan los desmayos, pero sin ellos es el novio de América. Su única amortización es jugar y cuanto más juega mejor resulta. Con el gol que valga la Décima quedará en paz. O casi.