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Los buenos no se rajan

Liga BBVA | Real Madrid 3 - Zaragoza 1

Los buenos no se rajan

Los buenos no se rajan

Özil, Granero y Kaká, luces del Madrid en un partido poco brillante. Lafita puso al Zaragoza por delante. El empate del Barcelona agiganta el triunfo

Dos islas. Quizá tres. A la primera la denominaremos República Independiente de Özil, país de millones de habitantes, todas musas soñadoras a excepción del padre de la patria, siempre en minoría resignada. Su cara ojerosa aparece en las monedas pero ellas gobiernan a su antojo; nunca mejor traído lo del antojo. La siguiente ínsula se llama Granero y, al igual que Puerto Rico, es un próspero estado del Imperio, o debería serlo. Kaká es como Capri: hermosas vistas, clientela elegante y clima benigno, islote escasamente salvaje.

Transformado el archipiélago en futbolistas, su congregación garantiza un bien sencillo pero imprescindible: fútbol. Para qué empeñarse en hacer fuego con dos ramas cuando se dispone de mecheros. Ayer nos lo volvimos a preguntar. Ayer Özil, Granero y Kaká fueron lo único rescatable de un mal encuentro. Tres playas con palmeras a finales de enero.

Diremos que su primer mérito fue no dejarse contagiar. El mal fútbol lo es altamente y anoche se daban los requisitos adecuados para congelar un partido y servirlo como varitas del Capitán Aburrimiento. Empezando por el frío. Después, en el caso del Madrid, influía la resaca del Clásico, el relajamiento que sobreviene después de un esfuerzo tan intenso.

El Zaragoza también contribuyó. Lo hizo con su pena congénita, con su miseria de colista. Jamás creyó, aunque lo disimuló un rato. Salió bien, presionó mejor y se adelantó en el marcador. Media hora. El tiempo que dura la memoria sobre el corazón. El dato más crudo es que su lateral izquierdo, Obradovic, casi fuera del club hace unas semanas, fue su mejor jugador o tal vez el más dispuesto y alegre. Apoño no apareció, Lafita fue la mitad de sí mismo (pese al gol), Aranda no entró nunca (pese a la asistencia) y Postiga entró tarde y enfadado.

Newton. Una vez más, el triunfo del Madrid volvió a estar más relacionado con la ley de la gravedad que las leyes del fútbol. Cualquier cuerpo extraño se siente atraído hacia el Bernabéu como las manzanas a la cabeza de Newton. Caer es cuestión de tiempo. O de Kaká. Capri aprovechó un pase en profundidad de Carvalho y batió a Roberto con la tranquilidad de los muy buenos. Sin mucho tardar, y después de un posible penalti de Paredes (presente en todas las acciones maléficas), Özil regaló un gol a Cristiano para salvarle del cero.

Esa jugada, como otras muchas, tuvo a Granero como comandante. No se le recuerda un partido tan a sus anchas, tan liderado por él, tan entusiasta y tan constante. Aunque no lo parezca, es el mismo jugador que era descartado repetidamente de las convocatorias en compañía de Sahin (ayer de nuevo en la grada: mejor que ficharlo hubiera sido comprarle un abono). Como en casos similares, habrá que atribuir al entrenador un doble mérito: el de la depresión y el de la resurrección.

Un zurdazo de Özil certificó la victoria, ahora agigantada por el empate del Barcelona. Debió terminar entonces el partido. Los minutos restantes sólo sirvieron para que se lesionara Marcelo y para que Iturralde, ya sin faja, quemara calorías, que los años no perdonan y los flotadores no siempre tienen cabeza de cisne.

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