Messi no es de plástico
El Barça tiene un alma; a veces tarda en llegar, pero cuando llega tiñe lo que toca. Y el Madrid tiene dos almas, la de Gento y la de Di Stéfano. La primera duró un rato y acabó con el gol de Cristiano. El pisotón de Pepe a Messi marca lo peor del partido.

Gento en el campo. En la época de Santiago Bernabéu el Real Madrid tenía dos almas, la de Gento y la de Di Stéfano. A veces iban juntas, y entonces el equipo era letal: construía en el medio, gracias a la diligencia inteligente de don Alfredo, y avanzaba como un huracán por el lado de Paco Gento, muy bien llamado la Galerna del Cantábrico. En aquel entonces el Barça sufría siempre, porque su alma no estaba preparada para esa combinación de fuerza e inteligencia. El Real Madrid de hoy conserva algo de ese alma doble, pero ahora, ante el Barça, ese espíritu se apaga en seguida. En este caso duró hasta que remató su gol Cristiano Ronaldo, que es el Gento (que no el Di Stéfano) de esta ecuación actual. Después desapareció ese alma, y desapareció también Cristiano, por cierto. Pero Xabi Alonso, que tiene algo (algo, no demasiado) de aquel Di Stéfano, está como neutralizado por sí mismo, jugando en un equipo que le ha puesto de secante a un propio compañero, Pepe. En esas condiciones era natural que el equipo madridista se desfondara. Perdiendo un alma perdió las dos. Y perdió el partido.
Noticias relacionadas
El pisotón de Pepe. La mano de Messi reposa en el césped como cuando los niños gatean: sólo tiene la mano como punto de apoyo, acaba de recibir una entrada alevosa y se duele. Su consuelo está en el punto de apoyo. Y en estas llega Pepe, el futbolista portugués a quien pastorea Mourinho para que se haga civilizado y de centro (del centro del campo), y pisa sin más miramientos la mano indefensa del muchacho de Rosario. Poco después Coentrao hizo una acción similar, contra el propio Messi, a quien golpeó sin miramientos. Y esta lista de agresiones disimuladas no se corresponde con ese Madrid grandioso, cuyos futbolistas más nobles, Casillas, Xabi Alonso, abandonaron el campo dejando atrás señales de su caballerosidad y de su melancolía. A Pepe lo vi enfadado aún (contra quién, quizá contra sí mismo) en el banquillo, cerca de su entrenador. Convendría que éste se convirtiera, además, en su entrenador personal, o que le busque uno. El Madrid, como decía anoche Tomás Roncero en Carrusel Deportivo, no se merece esto.
El fútbol y el western. Uno ve los partidos de fútbol, si es aficionado e ingenuo, como contemplaba las viejas películas del Oeste: queriendo que ganen los débiles. En este caso, hubo tanta broma con Pinto que deseé fervientemente que fuera su gran partido. Al final vi que lo abrazaba Messi. Fue un gran triunfo tranquilo; el Barça no se desmelenó para lograrlo, porque al Madrid le falló el centro del campo (donde Pepe destruyó más que aportó). Y que Pinto sólo encajara un gol ante ese acorazado que capitaneó (durante un buen tramo de la primera parte) el máximo goleador madridista es una bofetada a los que empezaron pensando que estaba cerca la goleada. Se merecía Pep Guardiola esta victoria; y para sorpresa de los que vimos en vilo la primera parte de la primera parte el resultado fue todo un alivio. Pues uno se pone ante partidos así pensando que al fin se romperá la racha. Y la racha sigue, esas son las cosas.



