Adiós, maldición

Liga de Campeones | Lyon 0 - Real Madrid 2

Adiós, maldición

Adiós, maldición

Un Madrid muy sólido logró su primer triunfo en Lyon. Cristiano marcó los dos goles. Özil recuperó su nivel. Lass destacó como lateral derecho.

Lo de San Sebastián fue un respiro para tomar las aguas. El Madrid recuperó anoche su versión atronadora. La maldición del Lyon ha pasado a mejor vida, ya no existe, se retiró a Pernambuco. Ahora el trauma lo tienen ellos: sin victorias en cuatro partidos, sin goles en los tres últimos. Impotentes. Incapaces de escapar, porque quien logra superar el último obstáculo aún se encuentra con el muro de Casillas y su ejército de ángeles.

Tiene mérito vencer donde nunca se venció y hacerlo contra una versión mejorada del Lyon, que se tomó el partido como una cuestión personal. Tanto como su portería, el Olympique defendió ayer el honor, el orgullo herido tras la goleada del Bernabéu (4-0). Rugió Gerland, apretó el Lyon en la segunda mitad y Briand llegó a estrellar un balón en el larguero. Pero ni con esas. Nuevos tiempos. Mucho barco para tan poco pirata.

Aunque un punto más clasificará virtualmente al Madrid como primero de grupo, (el Ajax debería ganar sus dos partidos y mejorar ante los blancos el 3-0 del Bernabéu), será una victoria más la que nos evite las matemáticas.

Un genio. Hasta entonces toca celebrar el regreso de Özil, brillante en Lyon. La enseñanza es que hay que quererlo como es, intermitente, lánguido a ratos y genial por momentos. Incluso con esa alternancia te da mucho más de lo que te quita. Si Özil fuera un jugador de una intensidad arrolladora se acabaría por parecer a Di María. Entonces echaríamos de menos su templanza. Habrá que pensar, por tanto, que sus distracciones son en realidad momentos para la reflexión. De algo así presumen los japoneses que cierran los ojos en la reuniones de negocios y conferencias internacionales. También algunos próceres cuando echan plácidamente la siesta.

Anoche Özil dejó detalles de los que se pueden canjear por varias semanas de introspección. Un pase de gol a Benzema, que se tropezó con el gran Lloris; un doble caño que interrumpió Cris en falta indignada y un taconazo sutil, casi caricia, que abrillantó una estupenda combinación del Madrid. Entre otras perlas varias. Después, exhausto de tanto soñar con ovejas eléctricas, zanjó un cara a cara con el portero con un disparo blandito, de gominola. E igual de vaporoso se mostró en el añadido cuando Cristiano le regaló un balón de gol.

La diferencia con Guti, otro genio a tiempo parcial con el que suele ser comparado, es que el canterano era más tremendista y utilizaba sus recreos para autodestruirse. Todavía lo hace. Nadie le conoce una siesta tranquila.

Con Cristiano ocurre algo similar. Tendemos a reprocharle un rasgo que está en su naturaleza: el alarde físico, eso que podríamos denominar, para ser más precisos, la exhibición exhibicionista. Su problema es el de los superhéroes primerizos, que deben aprender a dominar su fuerza. Cristiano aún no lo ha conseguido. Cristiano tira bicicletas y rabonas porque le sobran, y el mismo excedente de fuerza y talento explica su empeño en parar balones con los deltoides y demás músculos insospechados. No es por ofender; es simplemente que su cuerpo es una navaja suiza que le ofrece más armas que el coche a James Bond. Dicho esto, debería evitar los recursos que no le permiten avanzar un metro.

Rebosante. Cristiano marcó dos tantos en Gerland sin hacer su mejor partido, porque también los goles se le caen de los bolsillos. El primero lo consiguió de lanzamiento directo. Su zapatazo dejó la estela de los cometas y de nada se puede culpar al portero, aunque el balón entró por el palo que le tocaba defender. Khedira, especialista en los trabajos oscuros, casi negros, hizo un hueco decisivo en la barrera después de una impagable labor de zapa. Por esa puerta se coló la pelota.

El segundo tanto de Cristiano se generó en un fuera de juego más que probable y en un penalti ligeramente dudoso. El portugués fue derribado por Briand sin que se sepa si el francés encogió la espalda para evitar el contacto o sacó el culamen para provocarlo. O tal vez su anatomía sea así, con retaguardia en tobogán. En ese caso no debió ser castigado, más bien al contrario.

Cristiano transformó el penalti con la rabia del que persigue a Messi, con la obsesión del cazador de recompensas que siempre llega un día tarde. Esa es la sombra que le persigue y le desespera. Alguien debería hacerle entender que la ventaja que le saca Mozart no reside en el gol, sino en la capacidad para relacionarse con sus compañeros, para influir en el juego. En definitiva, para esconder los deltoides.

Decimos que el Madrid fue el de siempre, el de los últimos encuentros, pero no es totalmente cierto. Las bajas obligaron a un cambio que modificó la fisonomía del equipo. Lass ocupó el lateral derecho e hizo mucho más que cubrir el puesto. Defendió bien y se incorporó con criterio y ganas al ataque, con suficiencia para levantar la cabeza y enviar magníficos balones al área. Si Lass no interpreta el lateral como una degradación pondrá en dificultades la titularidad de Arbeloa.

Iker. Por último hay que destacar el trabajo de Casillas. La desgracia para los rivales del Madrid es que siempre queda él. Sus paradas y su modo de atacar a los delanteros con ventaja completan el aniquilamiento enemigo. Quien supera la presión del mediocampo y sobrevive a Pepe no ha hecho más que colarse en el patio de la prisión. Aún falta Iker.