Un gran regalo caído del cielo
Bielsa pidió ayuda divina y llovieron dos penaltis. El del 2-2, forzado por Amorebieta, fue de traca. Llorente arregló su mala noche. Leonardo, dañino

Trascendió ayer que Marcelo Bielsa había visitado recientemente con su mujer a las monjas clarisas de Gernika para que rezasen por el Athletic. Sepan que desde hoy soy más creyente aún que el argentino y es probable que el colegiado Ivan Bebek quizás esté ya en el infierno. Perdían los leones 0-2 cuando el croata señaló un penaltito sobre Herrera. Marcó Llorente. Nadie esperaba que fuese a indicar otra vez los once metros, pero se superó. Lo hizo en una acción de vídeos de primera. Amorebieta empujó en un córner a favor a Lindgren y éste puso sus dos manos en un acto reflejo sobre el balón. Segunda amarilla y penalti. Llorente no perdonó el regalo divino. A Bielsa no le gustó empatar así, pero era una noche, visto lo visto, para el resultadismo.
Europa no admite relajación y baja intensidad. Ya les avisé en la previa que perder era un pecado capital y el 2-2 supo a gloria viendo además que el PSG se dejó dos puntos en Bratislava. Olvidemos cómo lo lograron los leones, pero pensemos en que, como también había advertido Gurpegui, a medio gas no le ganan a nadie. Ya lo saben, pero quizás el equipo necesitaba aire fresco. Por ahí, Bielsa no anduvo fino.
El planteamiento del Salzburgo, bien metido atrás con Schwegler pegado como una lapa a Muniain, buscaba que el Athletic perdiese la paciencia y el sitio. Y así fue. El holandés Ricardo Moniz pareció tener bien estudiados a los rojiblancos y buscó siempre la conexión entre Leonardo y su punta Wallner por dentro. De tal manera llegaron los goles austriacos en la primera mitad.
El brasileño campó a sus anchas durante 45 minutos. Ya desde el primer tanto, que fue un cúmulo de despropósitos. Llorente no se llevó un balón dividido y habilitó al hábil zurdo cedido por el NAC Breda, que aún conserva sus dotes para el eslalon al estilo Drenthe. Iturraspe le hizo pasillo (debió cometer falta) y Wallner, con Aurtenetxe rompiendo el fuera de juego, mandó el esférico a la red. Siete minutos después, en el 36, Leonardo aprovechó otra vía de agua para, tras jugar en pared, volver a batir a Iraizoz. Incluso sonó algún pito. Ayer, bien justificados. Noche tonta.
San Mamés estaba tan atónito como el equipo, en el que Llorente tenía la noche tonta hasta que se puso a tirar penaltis. Fue increíble el remate que falló a bocajarro ante Gustafsson antes del descanso tras un buen centro de Iturraspe. Una de las escasas veces en las que pudo zafarse de los centrales visitantes, Pasanen y Sekagya, con muchísimas escamas. El violín no sonaba, chirriaba.
Bielsa necesitaba dar una vuelta de tuerca al equipo, con los plomos fundidos. Quitó a Ekiza para ofrecer la batuta a Iturraspe. Muniain se metió por dentro para acabar con la marca individual, pero le tenían bien vigilado. Nada cambió de manera trascendente hasta que se incorporó Ander Herrera y forzó una caída en el área que el trencilla tragó. Llorente cogió la responsabilidad y transformó con estilo el lanzamiento.
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La Catedral empezó a ayudar y al árbitro se le nubló la vista. Hay que estar cegato para no ver el empujón que dio Amorebieta a Lindgren en el córner que supuso el 2-2. Al técnico del Salzburgo había que pararle para que no entrase al campo. Llorente demostró que tiene tablas y pateó el penalti suave, alto y por el medio. El meta sueco creyó que le cambiaría el tiro de palo y se lanzó antes de tiempo.
El Athletic tenía un cuarto de hora con un hombre más para buscar el tercer gol y el acceso casi directo a la siguiente fase. Muniain y Toquero lo tuvieron, pero ya era demasiado. El Athletic mantenía el liderato e incluso conocía la grata noticia de que el PSG empataba en Bratislava. Ganar en Austria le clasifica matemáticamente. El de anoche fue un borrón en su trayectoria europea, un mal menor. Los futbolistas del Salzburgo se fueron aplaudidos por San Mamés y devolvieron las palmas al público. Sabían que la culpa era del juez con escarapela, un artista. Hasta se reían y es que fue una broma.




