La ley de Messi


No es humano. Más allá de la capacidad del Barcelona para jugar al fútbol y ganar a un Real Madrid al que le sobraron los minutos finales en los que demostraron que las frustraciones son de muy mal llevar ante 140 millones de espectadores, hay que empezar por Messi. Un jugador superlativo, casi inhumano. Que explica por sí sólo el desequilibrio entre ambos equipos. Probablemente, desde Di Stéfano o Pelé no ha habido un futbolista que explique en sí mismo la diferencia entre un equipo y el resto. Sin pretemporada, sin rodaje, sin lo que quieran, Messi es el mejor jugador del mundo de largo. Dio el primer gol y marcó dos más, ambos en jugada que inició él. No es posible pararle. Y menos para el Real Madrid, equipo que sufre un verdadero drama cada vez que se enfrenta a él. Leo le ha marcado 13 goles en 14 partidos al equipo blanco y tres en esta Supercopa.
El Síndrome. A Messi no hay manera de pararle. Pero quien peor sabe hacerlo es el Real Madrid. Desde que jugaba en los potreros de su barrio, todos los niños sabían que si le pegaban, era peor. Todo el mundo lo sabe, menos Marcelo. En una jugada que sobraba, el lateral brasileño del Real Madrid le dejó ir una patada al pecho en un balón dividido. Luego, Pepe le metió el codo como en las matinales del Pressing Catch. Era abonar el campo para la venganza. Leo no se la toma en la banda liándose en tanganas. Messi te la lía en el campo. A base de goles. No es esa la manera de afrontar el Síndrome de Messi.
La décima, ante el Madrid. El Barça ganó su décima Supercopa de España ante el Madrid, detalle que se suma a una serie de récords que ayer jalonaron el gran triunfo del Barça. Messi, con 24 años ya es el máximo goleador de esta competición, Guardiola, con tres años y dos meses en el banquillo culé ya supera los éxitos de los ocho años de Cruyff y el Barça navega en una era inimaginable hace ahora siete años cuando en el equipo militaba gente como Rochemback o Déhu.
Oportunidad perdida. Hasta los últimos minutos del partido de ayer, se había visto un partido para recordar. Uno de esos que en Inglaterra te venden en los grandes almacenes como uno de los mejores de la historia. La entrada de Marcelo y la posterior actuación de los freneticlops (esos tripulantes del barco de Erik el Vikingo que iniciaban los abordajes a los enemigos) lo ensució todo. Hasta ese momento, el Madrid había hecho un partido ejemplar. Intenso, viril y que daba gusto ver. Luego todo se emponzoñó. Parecía que la mugre no podía rezumar más. Hasta que llegó la conferencia de prensa posterior al encuentro.
Noticias relacionadas
El orgullo del campeón. Guardiola sacó a jugar el partido más importante de la pretemporada a los jugadores que ganaron la Champions en Wembley. Todo un gesto. Les dijo a sus futbolistas que si eran los mejores tenían que demostrarlo como lo demostraron el 27 de mayo pasado. Ese día, también llegaron tiesos a la final contra un señor equipo como es el Manchester United. Señor equipo del primer minuto al descuento. Y llegaron donde no se acostumbra a llegar.
Paremos la tensión. Ciertamente, la temporada ha empezado a un nivel futbolístico descomunal, porque el Madrid está a un nivel fabuloso y el Barcelona apunta a ser un equipo tan solvente como en los últimos cursos, que no es poco, pero todo lo que rodea al partido apesta. Vayamos con cuidado, o lo lamentaremos.



