Gran partido y penoso final

Supercopa | BARCELONA 3 - REAL MADRID 2

Gran partido y penoso final

Gran partido y penoso final

La Supercopa fue un homenaje al fútbol hasta que Marcelo perdió los nervios. Messi fue el salvador del Barcelona al marcar el gol decisivo en el 87'
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Antes de cualquier otra consideración y borrando el último minuto: lo de ayer fue un homenaje al fútbol que honra igual al Barcelona, digno campeón de la Supercopa, que al Real Madrid, fabuloso aspirante. Insisto: descontando el último minuto. Sin esa mancha que se extenderá peligrosamente, el encuentro reunió cuanto le pedimos a un partido de fútbol, cuanto cabe exigir a Madrid y Barça, los equipos más poderosos del planeta.

Dicho esto, que es de justicia, resulta imperdonable que Marcelo perdiera los nervios en el 93' y ensuciara la impecable imagen del Madrid hasta el momento. Su modo de perder no tuvo conexión con la eliminación de la Champions. El Madrid se marchaba sin Copa, pero con la cabeza alta, mejor durante muchos minutos, competitivo y valiente. La entrada de Marcelo a Cesc, bochornosa, provocó una tangana que involucró a futbolistas y camorristas habituales, y de la que salieron con roja Marcelo y Özil. Otra vez el Madrid como el malo de la película. Otra vez el Barça campeón y superhéroe.

Olvidemos, si es que se puede olvidar, cuanto se apartó del fútbol. Centrémonos en el excelente partido, en la intensísima emoción que resolvió Messi a tres minutos del fi nal, con el segundo de sus goles, siempre Messi. Sí, se han reducido mucho las diferencias entre Madrid y Barça, pero queda él.

Antes, mucho antes, vivimos una primera parte muy similar a la del partido de ida. La presión del Madrid acogotó al Barcelona y le generó muchísimos problemas en la salida del balón. La novedad es que en esta ocasión, con los jugones sobre el campo, las salidas buenas solían ser muy buenas. Salvo ese detalle, el juego calcó los méritos de aquella primera parte en el Bernabéu. El Madrid era más fuerte, intenso y dominador.

Con ese panorama, el Barça se adelantó sin arabescos ni rondos trenzados: le bastó que conectaran Messi e Iniesta. Uno inventó el pase, excelso, y el otro, solo frente a Casillas, marcó sonriendo. Los buenos son así, gente extraña.

Estoy por afirmar que el Real Madrid volvió a sentirse víctima de una injusticia. Sin embargo, igual que había hecho tres días antes, supo rehacerse, lo que le confi rma propietario de otra fortaleza, además de la física, la del ánimo.

Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando empató Cristiano. Resultó un gol confuso, repleto de manos levantadas y con el balón rozado por varios jugadores, pero fue un gol limpio.

Dominio.

El partido, sin embargo, se había agrandado. El Madrid volvió a mandar y el Barça se entregó a los contragolpes como método de supervivencia. Intentó tocar y lo hizo a ratos, pero es una evidenciaque el equipo (Xavi, para ser concretos) aún no está afinado.

Lo maravilloso es que cada contendiente sacó brillo a su apuesta y el encuentro pasó de tener mucho a tenerlo todo: despliegue físico, rigor táctico, talento y, cómo no, ocasiones. Casillas sacó de la escuadra un remate de Pedro; poco después Cristiano reventó los guantes de Valdés, al que salvó el larguero. Özil la tuvo en sus pies y Casillas, acto seguido, la salvó con los suyos. Todo era bueno. Había cantidad y calidad, puchero y tortilla desestructurada, alternativas y fuego. El gol de Messi, en el 44', insistió en las similitudes con el primer partido. No se correspondía con el discurso del juego, sólo con su inmenso talento y con el ingenio de Piqué, que asistió de tacón.

Tras el descanso, Mourinho dio entrada a Marcelo, al que Coentrao había relegado al banquillo sin justificación sufi ciente. El portugués pasó al mediocampo, en sustitución de Khedira. El choque se igualó al extremo y no es casual. Pasado el hervor de las primeras partes, el Madrid se reposa (y no es peor esta versión) y el Barcelona respira. Ha ocurrido siempre, anoche de nuevo.

A 20 minutos del final, Sergio Ramos tuvo la oportunidad de empatar, pero su cabezazo silbó junto a un palo. La tensión era máxima. Hasta que a nueve del final, Benzema condujo el partido a la prórroga al resolver un barullo en el área. Inmediatamente después entró Cesc, utilizado como antídoto de emergencia. Su papel fue pequeño, pero con frase. Primero combinó con Messi y Adriano en el gol decisivo. Después le tocó hacer de mártir, ante Marcelo. Y, por último, con la Supercopa en las manos, ejerció de campeón.

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