Un Mundial para pulir Colombia
Los 100 millones invertidos se traducen en mejoras, bienestar y 8.000 puestos de trabajo


La gente aún lo recuerda en Colombia. Fue en 1983. El entonces presidente Belisario Betancur hizo pública la renuncia del país a la organización del Mundial absoluto del 86, que acabaría jugándose en México. Era la primera vez que una nación designada para albergar un torneo de esta magnitud se echaba atrás. La FIFA tomó nota de sus deficiencias financieras y también de la alarmante inseguridad. Las puertas para traer a los mejores jugadores del mundo se cerraban para el pueblo colombiano. Quedaba trabajo por hacer. Mucho.
Pero, afortunadamente, se ha realizado. Casi 30 años después de aquello, el Mundial, aunque sea el Sub-20, por fin inunda Colombia de mejoras y proyectos. La Copa América fue un excelente banco de pruebas en 2001, pero ha sido este torneo el que ha lavado la cara a infraestructuras e instalaciones deportivas de las diferentes sedes. Ese era el objetivo de la FIFA cuando escogió la candidatura cafetera, aunque a cambio le pidió que se retirase de la puja por albergar el Mundial absoluto de 2014.
Sabía que un torneo de esta magnitud, aunque sea juvenil, sería suficiente para inyectar dinero y esfuerzos por parte de las administraciones, como así ha sido. Sólo en acondicionamiento de estadios se han puesto 75 millones de euros sobre la mesa. Los gobiernos regionales de las diferentes sedes han aportado 30 más para adecentar sus ciudades.
Beneficios fiscales.
En Manizales, donde ha jugado España, el cambio se ha notado de manera drástica. El campo Palogrande ha sufrido notables mejorías. Se remozó por dentro, se pusieron asientos, se quitaron las vallas de separación y se renovaron los accesos. Además, el anexo pasó de tierra a césped sintético -algo innovador en el país- y se construyeron tres nuevas canchas de entrenamiento (Universidad, SANA y El Bosque), lo cual ha favorecido mucho al equipo local, el Once Caldas, que hasta ahora contaba con el perjuicio de tener que bajar de los 2.150 metros de Manizales a los 1.378 de Chinchiná para ejercitarse. Algunos hoteles también han sido remodelados, al igual que calles, accesos y parques, y la alcaldía tomó la determinación de exonerar fiscalmente a aquellos que durante estos días de Mundial pintasen las fachadas de sus casas para dar una mejor imagen.
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Pero no sólo Manizales ha sufrido esta transformación. Los dos estadios que más se han modernizado son los de Cali y Pereira. En este último, la obra sirvió para darle otro aire al barrio en el que se encuentra ubicado y se aprovechó para construir cuatro inmensos bloques de viviendas y mejores accesos a la zona. Algo similar ocurrió en Cali, cuyo campo de fútbol, el Pascual Guerrero, fue el que más remodelación requirió y el que más gasto acarreó: 27 millones de euros. Un dinero bien empleado a la vista del flamante recinto con el que ahora cuentan los caleños y que puede ser una de las piedras angulares de una futura candidatura de Colombia para albergar un Mundial absoluto.
Pensando en ello y utilizando también este Sub-20 como contexto se ha puesto en marcha una ampliación del aeropuerto de Bogotá. Los taxistas de la capital, por cierto, han tenido la oportunidad de aprender inglés de forma gratuita en los meses previos a esta cita. No es para menos. Se calcula que 35.000 turistas han podido llegar a Colombia atraídos por el campeonato y su gasto global en el país, si cada uno deja 150 euros de media, rondaría los 7 millones. Pero, lo más importante, el Mundial también ha servido para generar 8.000 puestos de empleo indirecto, lo cual sitúa la tasa de paro en 10,9%, la más baja de los últimos años. Ahora el reto es mantener esta velocidad. Colombia despega. Y lo hace gracias al fútbol. Un motor a base de goles.



