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Stark devora el Clásico

Liga de Campeones | Real Madrid 0 - Barcelona 2

Stark devora el Clásico

Stark devora el Clásico

Expulsó a Pepe cuando merecía amarilla y a falta de casi media hora. El Barça aprovechó la ventaja y Messi marcó dos goles, el segundo fabuloso.
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El árbitro alemán Stark entró desde ayer en la galería de los monstruos del madridismo. Su apellido será recitado con la memoria que se dedica a las alineaciones históricas, como justificación de una eliminatoria perdida y como resumen de los favores al Barcelona y los agravios al Madrid. Su error fue confundir con una roja lo que debió ser amarilla, pero su peor pecado fue dejarnos sin fútbol que analizar, sin partido al que agarrarnos, sin crítica deportiva, porque desde anoche y hasta un futuro que imagino lejano sólo se hablará del color de la tarjeta, del ruido y de la conspiración que denuncia Mourinho.

La expulsión de Pepe explica el partido que quedó, pero no el que se había jugado una hora antes. Justificarlo todo en función de esa tarjeta roja, evidentemente desmedida, significa decir sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que el Madrid, hasta ese minuto, no había jugado para vencer, a lo sumo había igualado la iniciativa de un Barcelona que daba por bueno el empate a cero. Lo que hubiera pasado con Pepe sobre el campo es imposible decirlo, pero la proyección más lógica de los acontecimientos nos conduce a una igualada sin goles. Pensar que la entrada de Kaká por Lass (programada para los últimos 20 minutos) hubiera alterado ese destino es un prodigioso ejercicio de fe.

Habrá quien diga que Pepe pagó su mala fama y el peso de tres Clásicos seguidos. O que sobre él estalló la tensión de un partido cada vez más caliente. Desde todos esos puntos de vista, Pepe es una víctima que sólo puso la plantilla. Pero al hacer girar el esquema alrededor de un futbolista como él, el Madrid asumía riesgos deportivos, arbitrales, estéticos y hasta judiciales.

Injusticia. Es bueno dejar constancia de la injusticia arbitral, penosa para el deporte y el espectáculo, pero también es saludable constatar el cobarde planteamiento de Mourinho. Del mismo modo, hay que recriminarle su propia expulsión, inexplicable en un técnico de tanta experiencia y tan urdidor. Algo tuvo su protesta de inmolación personal y colectiva, de abandono del barco cuando todavía estaba a flote.

Con media hora por delante, el Barcelona aprovechó la ventaja numérica y anímica. A los siete minutos de aquella convulsión, Villa puso a prueba a Casillas y el rechace del portero rebotó en la cabeza de Pedro, que estuvo muy cerca de marcar el primer tanto. Poco después vino el gol de Messi. Afellay, sustituto de un Pedro sin punch, encaró a Marcelo. Ambos se estaban mirando a los ojos, cuando el lateral perdió ligeramente el equilibrio. Fue la fracción de segundo por la que se coló el extremo, que alcanzó la última línea y centró a placer. Messi, atentísimo, marcó en el primer palo y a quemarropa, más rápido que Sergio Ramos.

Después de asomar la punta de su bota, Messi nos mostró el cuerpo entero. Tomó un balón en el mediocampo y se apoyó en Busquets como Maradona lo hizo en Henrique, cómplice mobiliario en el gol del barrilete cósmico. En este caso, Messi avanzó, se liberó de Lass, superó a Albiol y finalmente se zafó de Sergio Ramos. Por último, frente a Casillas, chutó con la derecha, que es la pierna mala que todos quisiéramos como buena.

El gol concluía con treinta minutos que concentraban todos los accidentes del partido y que, por tanto, consideraremos decisivos. Sin embargo, no viene mal repasar lo anterior, el tiempo perdido, el sacrificio de la voluntad en beneficio del resultado, ay Alberto Einstein. Cuando un equipo se entrega al empate durante tantos minutos se expone a un error propio, a un acierto ajeno, a un meteoro, a una mariposa que aletea en Singapur o a un árbitro alemán de apellido Stark.

Repetido. Y aquí, desde el pitido inicial, quedó claro el planteamiento de cada cual. El tercer partido no sería el de la final, sino el de la Liga. El Madrid aguardaba en su campo y el Barcelona era el dueño del balón. La diferencia, sustancial, es que en esta ocasión el Barcelona no se vio sorprendido por ese planteamiento. Si entonces se sintió desconcertado, obligado a atacar como si lo tuviera en el contrato, esta vez se lo tomó con calma y empezó seleccionando minuciosamente cada avance. La mourinhización del público volvió a manifestarse. Al igual que en el primer clásico, los pitos castigaron el conformismo del Barça y pasaron por alto la cobardía del Madrid.

A los diez minutos, Villa rozó la cepa del poste con un disparo cargado de malas intenciones (o de buenas, según se mire). Al cuarto de hora, Cristiano se quejaba con aspavientos de que sus compañeros no le acompañaran en la presión a la defensa del Barça. El manoteo no benefició a nadie del Madrid: ni al jugador, ni al equipo, ni al propio entrenador, cuyo plan quedaba en evidencia.

El problema del Barcelona era, básicamente, la longitud del campo. Sus jugadores no llegaban al último tramo ni en número suficiente ni con fuerzas bastantes. Hace tiempo que el equipo da síntomas de agotamiento, físico y mental. Con Villa en banda y Messi en la mediapunta, y con los demás vigilantes, el área quedaba siempre demasiado lejos.

Las cuitas del Madrid eran otras. Al bajar el nivel de la presión, robó menos balones y sin ellos los contragolpes se redujeron drásticamente. Y en esas pocas carreras nunca encontró a Özil, una sombra, quizá con astenia primaveral o preocupado por la extinción del lince. Poetas.

Con todo, el equipo tuvo un arrebato de orgullo y en el último cuarto de hora igualó el impulso del Barcelona. Fueron los minutos de las riñas, casi reyertas. Cada falta era una excusa para reclamar la amarilla del contrario, o para provocarla, para empujarse, para pincharse, para citarse a la salida. El parte de guerra es que Alves vio la tarjeta amarilla tras batirse con Di María y el Barça hizo lo posible por que Arbeloa fuera expulsado. Curioso lo suyo: ha pasado de yerno perfecto a sospechoso habitual.

Agitación. Camino del vestuario se repitió la pelea, esta vez con Pinto como protagonista, completamente desquiciado. Se comportó como un matón contra Chendo, Arbeloa (cómo no) y contra el mundo entero. La UEFA no tardó en comunicar que había sido expulsado y ahora, con cierta perspectiva, cabe preguntarse si su agresividad no estaría calculada y formaría parte de la estrategia de la agitación. O mejor no me hagan caso. Es terrible buscar justificaciones intelectuales a la mala educación. O cualquier zote se sentirá un genio.

En la segunda mitad, Adebayor entró por el desaparecido Özil. Al tiempo, el Madrid se adelantó unos metros y se hizo más afilado. Nunca estuvo tan cerca de robar balones en zonas de altísimo peligro. El Barcelona, tan seguro hasta entonces, se enredó un par de veces en la salida del balón y el Madrid disfrutó de una magnífica ocasión que neutralizó Cristiano por ser tan egoísta. Porque le sigue perdiendo su individualismo. Y esa debería ser otra de las conclusiones de un partido que nos las admite.

Lo demás, ya lo saben. La expulsión que verán repetida mil veces desde la cámara frontal, lateral y cenital. El atribulado árbitro y la expulsión de Mourinho, sus gestos, su diálogo con Puyol, sus anotaciones frenéticas, el espectador que las creyó entender. Y por último, si hay sitio, los goles de Messi, que marcó dos.

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