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Empate entre fútbol y pasión

Liga BBVA | Real Madrid 1 - Barcelona 1

Empate entre fútbol y pasión

Empate entre fútbol y pasión

El Real Madrid sólo fue mejor que el Barcelona cuando se vio por detrás. Entonces se quitó el corsé de Mourinho. Alves debió ser expulsado.
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En bastantes sentidos, el partido de ayer fue perfecto para Mourinho: no salió goleado, evitó la derrota y acabó con diez jugadores, lo que le alimenta el discurso para los próximos días. El entrenador del Real Madrid se quejará con razón porque Alves debió ser expulsado en el penalti a Marcelo, aunque ese hecho no justifique su planteamiento, muy similar al que desplegó con el Inter en su visita al Camp Nou. Entonces explicó que su esquema estuvo condicionado por la expulsión de Motta (28') y esta vez podrá decir que se adelantó al destino y jugó como si dirigiera a diez futbolistas en campo visitante. La otra perspectiva, seguramente subversiva, sugiere que el Barcelona ha dejado sentenciada la Liga, después de empatar merecidamente un partido que dominó, durante largos minutos, como nunca hubiera imaginado.

Pero situémonos en el primer minuto, exposición de intenciones. La idea del Madrid era básica, por no decir prehistórica: esperar, morder y robar y, una vez recuperado el balón, lanzar en largo para Cristiano o Di María. Xabi y Khedira convertidos en quarterbacks y el resto en atletas. Hubo seguidores madridistas que se dieron por satisfechos al saber que existía un plan, aunque fuera tan mezquino como ese: rugby o balón parado. Tan huérfana se ha llegado a sentir la afición, tan necesitada está de un guía que cualquier camino le parece bueno siempre que no le devuelva, como cada año, a la línea de salida.

Posesión. El Barça tardó algunos minutos en asimilar ese planteamiento. Visitaba el Bernabéu como líder aventajado y el Madrid le regalaba balón y campo. A ratos, la situación resultaba kafkiana. Si el Barcelona no hubiera atravesado el centro del campo, el partido hubiera terminado en un desconcertante empate a cero. Sin embargo, el Barça cruzó la raya, y lo hizo entre los abucheos del estadio, que en su mayoría ha terminado por participar de la esquizofrenia del entrenador. Al cuarto de hora, la posesión del visitante ya alcanzaba el 81%, porcentaje que en otros tiempos hubiera sobrado como argumento para destituir al técnico.

En el fondo, Mourinho había decidido que la imagen del equipo fuera la de Pepe, pues Pepe, feroz marcador en el centro del campo, se convirtió en el jugador más importante del esquema. Durante bastantes minutos marcó al hombre a Messi, algo parecido a lo que hizo el Almería la pasada temporada cuando colocó a Chico sobre Xavi, ustedes recordarán. Nadie consideró entonces a Hugo Sánchez, técnico visitante, como un estratega innovador y perspicaz. Más bien al contrario.

Habrá que reconocer que Pepe agobió a Messi, robó un buen número de balones y astilló unas cuantas espinilleras. Es decir, cumplió. También es cierto que el Madrid salió tres o cuatro veces como había dibujado su entrenador, disparando las flechas de Di María y Cristiano. Así provocó hasta cinco saques de esquina y un par de faltas en la frontal que chutó Cristiano con diferente peligro. De un córner, precisamente, llegó la mejor ocasión local, un cabezazo de Cristiano (44') abortado por Adriano en la misma línea de gol.

A cambio, el Barça dominó con regodeo, con escasa profundidad, pero madurando lentamente, avanzando en cada ataque. A los 18', Casillas evitó dos goles de Messi, en sus únicas incursiones tras los centrales. A los 28', Villa fue derribado por Iker y el árbitro pasó por alto el penalti. La jugada fue calcada a la que reclamó el Madrid en la primera vuelta, con Cristiano y Valdés de protagonistas.

Como se ve, dos sistemas radicalmente diferentes ofrecían al descanso parecidos réditos. Pero la pregunta debe ser si el Madrid ha invertido esta temporada 80 millones (entrenador incluido), para comportarse como un equipo menor en su campo, para asumir con tanta claridad su inferioridad con respecto al Barcelona, para renunciar al fútbol y entregarse a la fogosidad de sus jugadores y al peculiar crecimiento del césped, más alto que en otras ocasiones, o tal vez fuera un efecto óptico.

Es posible que esa pregunta haya sido descartada por el madridismo en beneficio del éxito inmediato, eso que llaman resultadismo; ganar como sea, pero ganar. El problema, de momento, es que ayer tampoco se ganó.

Pero prosigamos. De vuelta del vestuario, el partido pareció más encendido. Cristiano estrelló en el palo una falta y al regreso de esa jugada Albiol agarró a Villa dentro del área para impedir que se plantara solo ante Casillas. El árbitro señaló el penalti y expulsó al defensa sin que nadie hiciera demasiados aspavientos. Messi transformó la pena.

Cambio. Con un jugador menos y con el resultado en contra, al Madrid no le quedó otra que apelar a la heroica; o dicho de otra manera, no le quedó más solución que comportarse como suele hacerlo el Madrid en su estadio. Atacar con el corazón, con el orgullo y con la gente. Llevar la iniciativa, arriesgar, jugar al fútbol.

Nunca lo pasó peor el Barça. Y la transformación del Madrid coincidió con la entrada de Özil, que había sido la estrella marginada de inicio en favor del esquema acorazado. Agitado el equipo y liberado de las cadenas, Marcelo subió por la banda izquierda sembrando el pánico y uno de sus arreones propició el penalti de Alves, también clarísimo y merecedor de una tarjeta, ya fuera amarilla (la segunda) o roja. Muñiz Fernández se equivocó al no mostrarla y al tiempo cargó el tambor del revólver de Mourinho.

Cristiano hizo el empate y tanto Madrid y Barcelona se intercambiaron golpes y contragolpes. Khedira pudo conseguir el segundo después de una formidable jugada de Özil, pero disparó centrado y, quizá, abrumado por la responsabilidad.

En ese tramo final hubo quien advirtió que el Barcelona no está como en otras ocasiones, y es muy cierto. Sin embargo, lo que sirve como consuelo también debería valer para lamentarse por la ocasión perdida, por no haber zarandeado el árbol con más insistencia. Habrá más oportunidades, no obstante, tres en concreto. Y quienes piensan que Mourinho lo tiene todo planeado afirman que lo de ayer fue la primera parte de una idea general, maquiavélica y letal. Tal vez tengan razón. Tal vez sus jugadores corrieran el doble para disimular, para tender la trampa perfecta, en la que algunos ya hemos caído.

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