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La soledad del Chava

LIGA BBVA | ATLÉTICO

La soledad del Chava

La soledad del Chava

Extracto del capítulo sobre Adrián Escudero del Libro 'Sentimiento Atlético. Cien años de sueños, alegrías y desencantos' escrito por Javier G. Matallanas y José Miguélez con motivo del Centenario del Atlético de Madrid.

Adrián Escudero y los primeros pasos del Atlético

La escoba siempre tenía que estar ahí, detrás de la última puerta del camino que iba de los vestuarios al césped del viejo Metropolitano. Y si alguna vez no estaba, Adrián Escudero, el mito de todos los mitos del Atlético según Luis Aragonés, paraba en seco al grupo de jugadores y se la hacía poner al utilero. Una vez apoyada en su sitio, el capitán la mandaba por los aires de una patada y el equipo al completo saltaba al campo por detrás de la portería, ya con la moral por las nubes, a enfrentarse al rival de turno. Era un gesto de sortilegio, una superstición, que nadie se atrevía a discutir, ni siquiera a preguntar por ella. O tal vez era un signo de desahogo, de escondida rebeldía, el único que se podía tener en una época, mediados de siglo, en la que los derechos más elementales no existían para aquellos a los que les correspondía obedecer. Y a Escudero, uno de los héroes olvidados que contribuyó a edificar la leyenda de esta camiseta, le tocó comprobarlo en carnes propias varias veces. Dentro y fuera del campo.

El Atlético, que mandaba en la tabla y soñaba con conquistar su tercer título de Liga consecutivo, jugaba en el campo del Español y ganaba por 0-1. Ocurrió escasos minutos antes de concluir la primera parte; ocurrió, por desgracia para el pobre Adrián Escudero, en marzo de 1952, una época en la que lo peor no era que no hubiera sustituciones. Tampoco que entonces circularan con absoluta impunidad las patadas, una de las cuales fue a parar violentamente contra su pierna izquierda... El peroné quedó hecho trizas. La rotura era evidente al tacto y -bastaba mirar la cara de sufrimiento del jugador-, a la vista. Pero la voz autoritaria de Helenio Herrera, el entrenador, se encargó de recordar que las lesiones, por graves que fueran, se convertían obligatoriamente en ese fútbol de mediados de siglo en insignificantes contratiempos: "Oye, Rafa, busca dos tablillas". Y pese a las alarmadas recomendaciones del masajista [Rafa] -"pero míster, si no puede andar, no sea usted bestia"- y a las lágrimas de Escudero, el italiano insistía: "Que se ponga de extremo izquierda, en lo suyo, que le estarán marcando uno o dos". Escudero se libró de la salvajada, pero no de la cara de reproche y decepción del técnico -"un entrenador muy bueno, pero un amoral: lo primero era el fútbol, y la persona, si se muere, que la den por culo"- ante la evidencia física de que ni siquiera en aquellos tiempos uno es capaz de caminar con una pierna rota.

Jugar con dolor

El codo, claro, era otra cosa. Así que cuando Escudero sufrió una luxación durante una semifinal de Copa en el Metropolitano, también ante el Español, con otro sargento al volante del equipo, Antonio Barrios, nada ni nadie pudo acudir en su rescate. El médico del equipo, tirando de un lado y otro hasta volver a colocar el codo en su sitio, inmovilizándoselo después con un vendaje de emergencia, le devolvió al campo no sin evitar una sensación de dolor superior incluso a cuando se rompió el peroné. Pero no bastaba con pisar el terreno de juego. Las responsabilidades habituales, si las tenía, seguían ahí. Así que cuando el colegiado decretó penalti, Barrios se mostró inflexible: lo tira el encargado de tirarlos. Escudero intentó negarse sin ningún éxito: "Míster, pero si yo no puedo", intentó sin éxito. El marcador reflejaba un empate y quedaba poco tiempo para el final. Así que, retorciéndose, acudió al encuentro con el balón y disparó: poste.

Otro día, durante una concentración del Atlético en El Escorial, Escudero amaneció con un ántrax en el cuello. Había pasado una mala noche y le dolía la cabeza. Rafa, el masajista, se lo comunicó por teléfono al médico del equipo, Garaizábal. "Media hora antes del partido voy para el campo y ya me ocupo", contestó. Cuando el galeno llegó se armó de un escoplo y empezó a cortar. No hubo éxito. Segundo intento. Llamó al guarda del Metropolitano y le pidió una hoja de afeitar nueva. Diez minutos antes de saltar al césped, Escudero presenció como el médico le fue sacando el pus a pelo. El Atlético ganó 3-1 al Valencia y Escudero marcó un gol de cabeza. Al celebrarlo, su compañero Mencía le dio una palmadita en el cuello y casi lo paga caro. "¡Pero coño, no te puedo felicitar!".

La tentación del Real Madrid

El futbolista de entonces lo aguantaba todo. Y si su sumisión llegaba a tales extremos dentro del campo, sin que los riesgos físicos importaran, fuera, en los despachos, la cuestión empeoraba. "Los presidentes eran unos dictadores; te hacían unos contratos leoninos y cuando acababan, si ellos querían, te tenías que quedar por narices. Y el día que ya no les valías, te daban una patada y a la calle". Y si llegaba una oferta, que también llegaban, a verla pasar hasta que el club le pareciera bien. A Escudero le ocurrió con el Real Madrid. Al menos eso le desveló su padre, porque el futbolista siempre era el último en enterarse, si es que se enteraba. "No sé es una historia real, pero mi padre me contó que un tal Echaniz, secretario técnico del Madrid, que era de su grupo de amigos, le dijo que ponía el dinero para comprar la carta de libertad al Aleti [así, sin t, como lo pronuncian los castizos]. Que el Madrid pondría los millones. Pero no hubo forma: el Atlético andaba bien de pasta, el campo se llenaba todos los domingos, y se negó a poner una cifra".

En el vestuario no se hablaba de política. Tal vez hubiera algún jugador más bien de izquierdas, pero nunca se escuchó en la intimidad de los camerinos una sola crítica a Franco y su dictadura. A Escudero, la guerra civil le sorprendió en Madrid con ocho años camino de nueve. Tanto a él como a su hermana intentaron llevárselos a Rusia, pero su madre lo impidió. A su padre no le vieron durante los tres años de conflicto, combatía en Navarra como requeté camuflado. Durante la sangría, como había recibido la primera comunión e intuido el bando por el que luchaba el cabeza de familia, le señalaban como fascista ("había que tener cuidado con la jefa de la comunidad de vecinos, la comisaría, la chivata de todo"); al concluir, como había permanecido en zona republicana, le tildaban de rojo. "No había manera, por un lado te daban bofetadas y por el otro también".

La Guerra Civil

Madrid se quedó sin fútbol oficial, pero no en las calles o en los colegios. Escudero recuerda jugar con pelotas de trapo y, sobre todo, la bronca de su madre cuando regresaba con los zapatos destrozados. "No había para nada y el niño, empeorando las cosas con el fútbol". Concluía la guerra, Escudero comenzó a ser protagonista del combate futbolístico Madrid-Atlético que se lidia en la capital desde que apareció este deporte. De una acera y de la otra, empujaban al chico para ganárselo sentimentalmente. Como vivía más cerca de Chamartín, empezó de blanco, pero la familia, un tío suyo, le rescató. Le hizo socio, se lo llevaba cada domingo a Vallecas, que era donde después de la guerra jugaba el Atlético de Aviación, y le protegió de las `malas' influencias. Cuando se inauguró el

Metropolitano, Escudero ya era colchonero de todas, todas. El destino, su habilidad con el balón, a punto estuvo de mandarlo de nuevo al bando contrario. Un amigo suyo se lo llevó a jugar al equipo del Banco Hispano, de Segunda Regional. Pero como sólo tenía 15 años, y no permitían federar a menores de 16, tuvieron que falsificar su partida de nacimiento. En 1945 fichó por el Mediodía, un equipo satélite del Real Madrid, que le asignó un pequeño sueldo y viajes gratis en tren -el presidente del equipo era el Comisario jefe de la estación de Atocha-. Pero a los pocos meses, antes de acabar el año, y en medio de una misteriosa polémica, ya estaba en el Atlético. No fue hasta algún tiempo cuando supo por qué.

Santiago Bernabéu y el presidente del Mediodía

Se enteró gracias a una entrevista de radio en la que Escudero explicó que, a parte de por las 35.000 pesetas de sueldo que le puso el Atlético encima de la mesa, fichó porque el Madrid no le quería. "¿Si no, por qué me han dado la carta de libertad?", declaró, consciente de que en aquellos días los clubes ataban con contratos leoninos a sus jugadores y eran prácticamente sus amos. Santiago Bernabéu, el presidente del Real Madrid, escuchó el programa y a la primera comida de hermandad con el Atlético, llamó a Escudero para revelarle otra versión. "Chaval, ven aquí. Mira, tú no estás en el Madrid por el hijo puta del presidente del Mediodía, porque los del Atlético le metieron 50.000 pesetas en el bolsillo para convencerle".

El revendedor

La hoja de servicios de Adrián Escudero, el Chava, está llena de forzados gestos de raza a los que se sometía sin rechistar, de una entrega absoluta. Pero también de goles -147, la cifra más alta alcanzada por un jugador rojiblanco, en 287 partidos de la Liga-, de victorias y de títulos. Comenzó de extremo izquierda, posición en la que formó parte de dos delanteras míticas del Atlético, la de seda -Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero- y la de cristal -Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero-. Y terminó su carrera como delantero centro, una excentricidad imprevista de Helenio Herrera, en 1952, de éxito fulgurante. "El equipo se había quedado sin nueve, no me acuerdo por qué. De lo que sí me acuerdo es que yo había empezado a coger un poco de peso. El míster me llamó y me dijo: 'te voy a poner de delantero centro y a los tres meses vas a ser internacional en esa demarcación'. Efectivamente, me puso, y a los tres meses, en un España-Argentina, Pedro Escartín, el seleccionador, quitó a Zárraga y me puso a mí de nueve. Y pensé, 'el cabrón ése, el mago que llaman".

Extremo y delantero centro

De Helenio Herrera, un hueso, recuerda otra anécdota. Cuando jugabas te animaba mucho con continuos halagos. Cuando no podías actuar, por una lesión o una expulsión, te machacaba para motivar a tu sustituto. "Al que entraba en tu lugar, le comentaba: 'mira Escudero, es una puta mierda; un petardo, tú le puedes quitar el puesto'. Se lo decía todos".

El caso es que mirado su fútbol con la perspectiva de los años, Escudero sostiene que fue mejor delantero centro que extremo. "Mis últimas temporadas fueron las mejores. Le había cogido el aire al puesto y la experiencia de tantos años jugando me potenciaba. Técnicamente no era muy bueno, pero sí muy, muy rápido. Y sobre todo tenía una cosa: el gol. Pero cuando más tantos marqué fue como extremo. Como no era zurdo, recortaba siempre hacia adentro y me perfilaba la portería para el remate con la derecha". Y su primer número, ya que la introducción de dorsales en las camisetas le pescó con la carrera avanzada, fue el nueve.

El Metropolitano siempre se llenaba

Tanto de extremo como de delantero centro, Escudero recuerda siempre el Metropolitano repleto, con la gradona llena de 20.000 espectadores de pie. Era otra afición, más exigente quizás que la de ahora, pero igualmente fiel. "Futbolísticamente", asegura el delantero, "antes estaban mucho más enterados; ahora es más forofa. La exigencia de antes era porque les gusta ver que las cosas se hacían bien; ahora la gente es exigente porque le gusta que ganes. Entonces, aún ganando, te pitaban. No valían los partidos de ahora, que parecen rondos. Había que coger y boom, para adelante: maricón el último, a ver quién llega antes. Y resultados amplios". El caso es que el Metropolitano se llenaba. Y como los futbolistas eran un camino más cómodo que guardar cola frente a las taquillas, recibían cada semana numerosas peticiones. Los amigos le adelantaban el dinero, o no, y el club luego se lo descontaba de la nómina. Escudero llegó a solicitar tantas, que, ante la sospecha de que pudiera haber organizado una trama paralela para la reventa, acabó una vez con los pies en comisaría.

Ocurrió una vez, tras pedir mil entradas. Del reparto se ocupaba un amigo. Quedaba con la gente en algún punto de los alrededores del Metropolitano y allí iba soltando las localidades. Pero ese día, no todos los aficionados acudieron a retirar los encargos y cuando la policía le dio el alto llevaba aún encima un importante paquete de entradas. Lo llevó directo a la comisaría de Reina Victoria, donde no le creyeron la inocente versión. Finalmente nombró a Escudero, que tuvo que personarse en los calabozos para resolver el entuerto. "Sí, este señor es amigo mío y las entradas las pedí yo. Pero no son para revender. A regañadientes, porque el futbolista tenía entonces su influencia, conseguí que le soltaran. Pero ya me quedé para siempre en el club como el revendedor".

Delantero de seda y de cristal

De las dos delanteras mágicas de las que formó parte, Escudero se queda con la segunda, la de cristal. Integrar la de seda -Juncosa, Vidal, Silva, Campos y Escudero- le afectó emocionalmente porque alguno de sus compañeros eran los ídolos de su juventud. Especialmente Campos, un interior canario que iba extraordinariamente bien de cabeza, y que formando ataque con Enrique, Arencibia, Pruden y Vázquez conquistó, año 1941, el segundo título de Liga del Atlético, el primero que Escudero celebró con el entusiasmo de un aficionado.

Pero se queda con la de cristal -Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero-, que se denominó así "porque el negro se nos rompía siempre". Y el negro es Ben Barek, 'la perla negra', otro de los futbolistas con mayúsculas que han vestido la rojiblanca. "Una veces por una cosa, unas por otra, andaba siempre renqueante. Bueno, los únicos que estábamos siempre ahí, que nunca nos lesionábamos, éramos Carlsson y yo. Porque Juncosa, de vez en cuando, marcaba el gol del cojo. No había cambios ni fueras de juego, se ponía cerca de la portería y a empujarla".

Ben Barek: "El mejor del Atleti"

"Yo he venido aquí para jugar al fútbol, no para ir a la guerra". Ben Barek tenía una particular manera de entender el fútbol, lo miraba como un artista, lo consideraba un arte. Por eso, cuando llovía, cuando los campos de aquella época -sólo había cuatro o cinco con el césped en buenas condiciones-se convertían en patatales, Ben Barek dimitía. El balón de entonces, de badana, cuando se mojaba se transformaba en una piedra. Doblaba su peso y desplazarlo era todo un desafío. Rematarlo con la cabeza, un acto de heroicidad. Porque estaban cosidos con una correílla que, si te daba, "se llevaba todo el pelo y te quitaba medio pellejo".

Y a ésas Ben Barek no iba. Pero cuando el estado del terreno de juego ayudaba y el solo o el buen tiempo se imponían, entonces el negro tocaba música con el balón. Natural de Casablanca (1917), y también con nacionalidad francesa, fichó por el Atlético dos temporadas después de acudir un día al Metropolitano con el Stade de Reims y dejar a rivales, seguidores y directivos con la boca abierta. Su contratación, desde entonces, se convirtió en una obsesión de los madrileños: "Al negro hay que ficharlo al precio que se sea, menuda joya". Pese a la edad a la que llegó, 31 años, al marroquí -"no se asusten, me encuentro como un chaval de 20 años", declaró nada más pisar suelo español- le dio tiempo a dejar seis temporadas inolvidables en el Atlético, como campeón de Liga (1949-50 y 1950-51). Melcón, periodista de Marca, lo definió así: "Fenómeno de verdad, sin truco, con prodigiosa clase, con un toque de balón maravilloso, con una inteligente y sabia concepción del juego".

Su compañero Escudero también encuentra palabras para él: "Es técnicamente, no hay duda, el mejor futbolista que ha pasado por el Atlético". Sin embargo, Escudero, que se amoldó a su juego, no logró hacerse a sus costumbres, propias de la religión musulmana. "Cuando iba a comer con él", recuerda, "había que tener un cuidado con las comidas que no veas. De cerdo, nada. Pero es que el cocinero le traía una sopa de éstas normales nuestras, de cocido, y dice, a jalufo, porque claro el caldo está hecho con jamón. Y tiraba el plato. Y no bebía nada". En los partidos, antes de empezar, Ben Barek ponía una toalla en el suelo, se arrodillaba y miraba a la Meca. "Bueno decía que miraba hacia allí, porque ya me dirás tú cómo podía saberlo dentro del vestuario".

A Escudero se le iluminan los ojos cuando habla del cristal. "Éramos cinco y cada uno de nosotros aportaba una cosa distinta. Juncosa era un chaval muy rápido, muy habilidoso. Ben Barek, un artista. Pérez Paya no era muy fino jugando, pero era alto, remataba muy bien de cabeza y metía goles. El pequeño, Carlsson, era la ardilla ésa que se mete por todos lados, entiendes, y desconcierta al contrario. Y a mí, pues me la daban. Yo arrancaba y sabía que me iban a pasar la pelota. Yo era desmarque sobre seguro, porque me la daban bien". Antes de que la delantera de cristal quedara redondeada con el fichaje de Pérez Payá a la Real Sociedad, el Atlético, bajo la batuta de Helenio Herrera, conquistó su tercer título de Liga.

El terrón de azúcar y otros potingues

Integrar una delantera de lujo en aquellos tiempos no constituía una asignatura fácil. No existían las tarjetas amarillas, y las rojas, que sí había, nunca se mostraban en los primeros minutos. De modo que los partidos comenzaban con los defensas en poder de una licencia para pegar. Y a los atacantes les tocaba sufrir. "Nos escupían, nos decían 'hijo puta de aquí no pasas'. Me rompieron las piernas, la nariz... Mira, esta cicatriz que tengo aquí [se señala la nariz] me la hizo un defensa derecho del Sevilla que era pequeño... Joaquín se llamaba. Fui a rematar de cabeza y viene el cabrón y zas... Me puse el pañuelo para quitar la hemorragia, pero la sangre salía por arriba. Y en el descanso, venga, a arreglarle la nariz al señor Escudero. Rafa, el masajista, me pone aquí no sé qué y a jugar... Todo el segundo tiempo así. Cuando acabó el partido, me tuve que ir a casa mareado. Pero en aquella época era normal. Como no se podía sustituir a nadie, te trataban como a los soldados. Mandaban el entrenador y el médico y nosotros a obedecer".

El poder de los médicos era brutal. Influidos por los directivos, no había percance sin remedio, aunque no lo tuviera. "Decían 'oye, que puedes jugar' y tú, 'sí, bueno'; te daban una aspirina y al campo". Y no valían las denuncias, ni siquiera los comentarios ante los medios de comunicación. "¿A quién iban a creer? Al médico, a mí no me creía nadie más allá de mi familia". Escudero, con todo, guarda admiración por la prensa de entonces. "Eran señores que sabían escribir. Estaba Eduardo Otegui, Pedro Escartín, Quilates... Hasta que llegó ése que llamaban el butanito [José María García], que estaba en Pueblo, y cambió el estilo. Cuando aparecía por el campo, los compañeros decían 'mira bien ese cabrón, cómo nos ha pegado', Y luego, cuando se encontraban ya con él, venga abrazos".

Helenio Herrero, Daucik y el optalidón

No sabe muy bien si por decisión médica o del propio entrenador, Escudero recuerda que Helenio Herrera les hacía tomar un terrón de azúcar antes de cada partido y que Fernando Daucik daba también algún potingue. "Decía que era un preparado de azúcar, una vitamina. Lo tomabas, pero no sabías ni lo que era, ni para qué era, ni si era droga o no. Pero creo que entonces no se usaba nada de eso". Siendo entrenador del Badajoz, Escudero recuerda que un día un jugador le dijo que no había dormido bien, pero le dio un optalidón y el chaval las dio todas. Muchos días después, el técnico se enteró de que a partir de entonces cada domingo, antes de los partidos, le pedía al masajista, un optalidón. "Se creía que el medicamento era lo que le había hecho jugar bien. Pero al final le tuve que quitar del equipo porque ni con optalidón daba una. El cuerpo es inteligente y sabes lo que necesita en cada momento. Y no le puedes dar lo que no necesita. Es como el tomar mucha naranja. El cuerpo admite sólo la vitamina C que necesitas; la que no necesitas, la orinas. Y yo se lo decía a uno, 'tu huélete cuando haces pis, y si hueles a naranjas, es que ya no necesitas más'".

Mal pagado

No eran tiempos en los que el futbolista ganara como para cubrir de oro a tres generaciones de descendientes, pero el Atlético, por entonces, podía presumir de ofrecer los mejores sueldos. "A mí, no", se lamenta Escudero, "mi contrato era de los peores. Siendo yo la figura del equipo, me renovaron el contrato por 200.000 pesetas al año. Ben Barek, Carlsson, Juncosa, Marcel Domingo, todos los que habían sido fichados de fuera, cobraban mucho más. Pero a mí, como era de la casa, me daban un chusco y a correr. No hay derecho, por eso les mandé a hacer puñetas... Pero lo tuve que aceptar".

Y aunque famosos, los jugadores podían hacer una vida más o menos normal. La mayoría iba en transporte público a los entrenamientos, y salía sin mayores problemas. Alguna vez, recuerda Escudero, más de la cuenta. Como le pasó a Múgica antes de un viaje de concentración. A la hora acordada, al autocar llegó su hermano con la maleta en la mano. "No, es que he dejado aquí al lado a mi hermano hablando por teléfono", decía hasta que minutos más tarde, y ya que Múgica no aparecía, terminaba por confesar que no había dormido en casa esa noche y que desconocía dónde estaba.

Los días de odio al fútbol

Cuando Escudero se retiró, tres años después de recibir el partido de homenaje al que se hacían acreedores los futbolistas con más de diez temporadas en el club, entró a formar parte del organigrama de entrenadores del equipo, principalmente con el fútbol base. Su trabajo oscuro como técnico de la casa le reportó sus peores días en la familia rojiblanca. El club lo usó como chico para todo -en ocasiones cogiendo varios equipos al mismo tiempo- y luego, fiel a su tradición de devorar a sus ídolos, lo despidió de mala manera.

Su cuota de vanidad desde el banquillo, aunque no reconocida desde el club, la sació al lado de Domingo Balmanya. Bueno, más bien haciendo sus veces. Fue en el curso 1965-66, el último en el estadio Metropolitano, que concluyó con el quinto título de Liga del Atlético. A seis jornadas del final, el Barcelona, uno de los rivales directos por el título junto al Real Madrid, les gana a domicilio. Y Balmanya se pone enfermo. "Este cabrón nos ha abandonado", comentan resignados los directivos, que diseñan un plan de emergencia para afrontar el tramo final del campeonato. Vicente Calderón, el presidente, llama a Escudero y le dicta una orden: "Tienes que entrenar". El Madrid mandaba en la tabla, con cinco puntos de ventaja, pero Escudero se armó de valor y, en presencia del presidente, lanzó un augurio arrogante: "Vamos a ser campeones; el Madrid va a perder tres partidos y nosotros, ninguno. Y así fue". Cuatro partidos después, gracias a la derrota del Madrid en Barcelona, el Atlético recuperó el liderato. Y cuando Escudero se preparaba para recoger la gloria, a las puertas del último partido en Sarriá, se presenta de nuevo Balmanya. "Ganamos 0-2 y, bueno, el mérito se lo llevó él". Cuando reclamó las primas por el título, en el club le contestaron que se las habían dado a Balmanya, a quien le correspondían por contrato. Escudero acudió a hablar con Vicente Calderón a sus oficinas en la calle Luna y el presidente le tranquilizó: "Mira Adrián tú vas a estar aquí, y vamos estar tú y yo. Tú vas a ser la primera bailarina, o la segunda bailarina, pero tú estás conmigo". Escudero cobró finalmente en primas la parte proporcional a los cuatro partidos que estuvo al frente del equipo.

La salida del Atlético

Al año siguiente, Otto Gloria sucede a Balmanya y Escudero permanece de ayudante. El entrenador brasileño padecía de gota. Cuando le daba el ataque, se le deformaba el pie y no podía entrenar. Y esto ocurría a menudo, sobre todo cuando tomaba una 'escuderina', una bebida, mezcla de chichón dulce y seco, que bautizó con el nombre de su segundo. "Se le ponían las piernas... Así que tenía que entrenar yo. Y también dar las charlas tácticas. Normalmente, yo hablaba por él". Gloria y Escudero entablan una buena amistad, rota de forma fulgurante unos meses más tarde. Acaba la temporada y ambos se van de veraneo. A la vuelta, pocos días antes de la presentación oficial del club, Escudero recibe una misteriosa nota del club en la que le dicen que antes de acudir al entrenamiento se presente en las oficinas de la calle Barquillo 22. Al llegar allí, un directivo amigo, el Conde de Cheles, le deja de piedra: "Otto Gloria ha dicho que si vas el día de la presentación, él dimite". A Escudero le cuentan que mientras Gloria trataba de convalidar su título de entrenador brasileño con el español, alguien del Colegio de Entrenadores [de profesores Balmanya y Villalonga, que habían tenido de segundo a Escudero] le advierte: "Como no eches a Escudero de tu lado, te vas a ir a hacer puñetas. A nosotros ya nos ha echado". El Chava desmiente haber influido en el cese de los entrenadores anteriores, pero por esa imputación tuvo que abandonar el club. Se quedó en la calle. "Tú me has echado a mí, pero verás lo que duras", se limitó a decirle Escudero a Gloria anunciándole que había errado el tiro. El brasileño fue destituido antes de que concluyera la temporada.

Las amenazas de Vicente Calderón

Escudero sí reconoce haber ejercido de una especie de asesor de Calderón, quien se lavó las manos en el caso. "¿Pero qué es lo que han hecho ustedes conmigo?", le reprochó al presidente al tiempo que desahogó todo el paquete de agravios que creía haber padecido históricamente en el club. Calderón, según cuenta Escudero, no vaciló: "Mira, Adrián, sé que eres un hombre inteligente y no vas a decir nada en contra del Atleti. Si sueltas algo por la radio [el pánico a José María García y a sus denuncias en Hora 25 presidía entonces las directrices del fútbol español], yo voy a rebatirte. Si dices algo por una emisora...". "Me amenazó, me amenazó", desvela Escudero, que se sabía de memoria los entresijos del Atlético, disponía de mucha información jugosa que poder airear. Pese a las llamadas de García, nunca habló.

El Badajoz y Jesús Gil

Escudero se refugió en el Badajoz, pero tras unos meses como técnico, también fue destituido. Y dejó el fútbol para siempre. "Le cogí odio al Atlético, bueno, a sus directivos. El Aleti no son las personas, entiendes. Pero cogí tal odio que ya no venía ni a los partidos. No, estar 25 años en el club, 25 años, para que luego venga un señor y... Y yo con cuatro niños y él sabiendo que ganaba solamente para vivir. Y al cabo de 25 años, cuando creo que tengo algo dentro ahí, algo, me cogen y me mandan a hacer puñetas. Porque ni paro, ni leche, claro, porque en aquel momento aquí ni se pagaban los seguros sociales, ni se pagaba nada".

Como su padre andaba metido en el gremio de la construcción, Escudero redibujó por ahí su vida. Fuera del fútbol y fuera del Atlético, al que tanto había querido y al que tanto, por culpa de su presidente, empezaba a odiar. Poco a poco recuperó su afición. Aunque visitó con más frecuencia el Bernabéu y la Ciudad Deportiva y sin perder su desencanto volvió a mirar al Atlético con el rabillo del ojo. Armado del pase de jugador internacional -"el Atlético nunca me dio una entrada ni yo se la pedí"- acudió al Calderón a ver partidos de vez en cuando. Hasta que otro presidente, Jesús Gil, le puso de nuevo en contacto con la que, pese al distanciamiento, seguía siendo su casa. Le llamó para la campaña electoral de 1987, para que le apoyara, y Escudero, lo admite ahora, se quiso aprovechar. "Como también era constructor y tenía una inmobiliaria..." Y efectivamente, a cambio de su apoyo, Gil, que andaba recomprando los chalets de Los Ángeles de San Rafael, le ofreció un negocio: "Mira, como los chalets están muy usados, pues los limpias, los adecentas y tal. Los dejas como nuevos".

La grandeza perdida

De vuelta al fútbol, a las gradas del Calderón cada dos domingos, a la oficina de la que disponen los veteranos dentro del estadio para reunirse cada lunes, de vez en cuando en la visita a una peña en representación del club, Escudero compara el Atlético que le tocó vivir y lo que queda de él, y no para de lamentarse. "Era un grande y lo pudo ser más, mucho más". Sostiene que el club cometió un par de errores trascendentales que le impidieron convertirse en la sociedad referencia y que permitieron a su eterno rival, el Real Madrid, adelantarle en poder y prestigio.

Habla como equivocación del cambio de estadio, el traslado del Metropolitano al Vicente Calderón, cuestión en la que muchos veteranos aficionados coinciden. Lo califica de error geográfico -no es lo mismo Reina Victoria que la M-30- además de sentimental. Y eso que había un aspecto del estadio que deploraba. Además de los partidos de fútbol, después también albergaba carreras de galgos y trick-track (motos). Para esta última prueba echaban una especie de polvo que, al día siguiente, cuando los jugadores del Atlético iban a entrenarse, se les incrustaba en la ropa y en la piel.

El equipo del Gobierno

También reprocha la incompetencia de los directivos para perpetuar el poder del que llegó a disponer el Atlético. "Tenía más dinero que el Real Madrid, mucho más peso. Pero en lugar de invertir, lo dejaron guardado. Vivieron a corto plazo, sin miras de futuro, todo lo contrario que Santiago Bernabéu, cuya visión de futuro llevó a su club adonde ahora está. . También dentro de la política. Don Fernando Fuertes de Villavicencio, gerente del Patrimonio Nacional, era vicepresidente del Atlético, y tenía una fuerza para haber hecho... Franco siempre le decía 'Fernando, vete a ver a tu equipito', pero el Atlético no se aprovechó. Se habla de que el Madrid ha sido un equipo protegido por el Estado, el equipo del Gobierno. Pues nosotros antes no éramos del Gobierno, éramos el Gobierno, con el Atlético Aviación, y no se aprovecharon".La página web del Atlético lo define así como una de sus leyendas: "Madrileño de pura cepa, Escudero no escatimaba un gramo de energía. Su cuerpo y su alma estaban al servicio del equipo. Corría más que nadie, se jugaba el tipo con una generosidad asustante. No era un kamikaze ciego, pero su pierna, sus vísceras, siempre estaban prestas al quite, como el retén de bomberos. Internacional en muchas ocasiones, Escudero está considerado como una institución en el Atlético. Los goles, la casta, el empeño, Madrid y Escudero... son la misma cosa".

"Los auténticos gladiadores"

Adrián Escudero, el Chava, lleva el Atlético dentro. Lo mira con orgullo, pero también con una comprensible mueca de rencor. El Atlético, esta institución tan grande, tan maravillosamente distinta, tan olvidadiza, no le ha sabido devolverle ni un trocito de lo que él puso por elevar a la leyenda a la camiseta rojiblanca. Pero Escudero, que simplemente lo puso todo, quiere al Atlético, no puede evitarlo. Su vida se la dejó ahí. Y el club, los dueños actuales, los dirigentes anteriores, los aficionados, sólo le han correspondido con la indiferencia. De pronto, mientras recorre las galerías del Calderón en el más absoluto anonimato, alguien se le acerca y le abraza.

"Éstos son los auténticos gladiadores, macho... Yo me acuerdo... siempre me acordaré de verle salir a tirar un penalti con el brazo escayolado...", José Luis Chacón, empleado del Atlético -entró como botones-, desde que tiene uso de razón, lo dice emocionado. Escudero le mira, le regala una media sonrisa como quitándose importancia, y sigue su camino hacia el cuarto en el que los veteranos se reúnen de vez en cuando a soñar lo que un día fueron, a saborear entre todos su pasado, unas tardes de fútbol a la que la mayoría de los hinchas del Atlético no han tenido acceso. No tuvieron edad para disfrutarlas y nadie se ha esforzado en contárselas. Tal vez por eso, cuando camina al paso lento que ahora le autoriza su edad, lejos ya aquellas carreras esforzadas en la banda izquierda del Metropolitano, Escudero pasa inadvertido entre la gente. Fue seda y fue cristal, pero lo ignoran. No saben que en la espalda de ese viejo reposa un trozo de la historia del Atlético.