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Benzema, como en casa

Champions League | O. Lyon 1 - Real Madrid 1

Benzema, como en casa

Benzema, como en casa

Su gol adelantó al Madrid y pone a favor el pase a cuartos. Gomis empató en el 82' por un error defensivo. El árbitro se comió un penalti

Partidos extraños para hombres extraños. El de ayer se convirtió en algo tan enredado que sólo Benzema podía deshacer el primer nudo. Luego, cuando el marcador parecía decidido en favor del Madrid, surgió Gomis, de nombre Bafétimbi, lo que explica no pocas cosas. Un delantero particular: cuesta saber si tiene el ingenio al derecho o las botas al revés. Él consiguió el empate, tan solo en el área que parecía abandonado.

Pero ni el tanto del Lyon nos puede distraer de una imagen que competirá con la de Gadafi en los noticieros del mundo. Florentino Pérez, ejemplo de estoica formalidad, persona que aceptaría con un suspiro el aguijonazo de una avispa, se desparramó con el gol de Benzema. Quien fuera gélido presidente se levantó del palco riendo y gesticulando hasta quedar de pie con los brazos en uve, de victoria y de vendetta. Así, encajado en el troquelado de Rocky, permaneció unos segundos eternos que nos permitieron observar partes de él jamás vistas: la pasión, el descontrol, los molares y las axilas.

Se entiende y se disculpa: hace año y medio Florentino viajó hasta Lyon para contratar a un delantero que no termina de cuajar. Hasta ayer, al menos. Con ningún jugador había hecho un esfuerzo personal tan significado y a ninguno ha protegido tanto de las críticas. Llámenlo química o tozudez. Intuición, a tenor de lo visto anoche.

El caso es que el partido estaba encallado cuando Benzema entró al campo en el minuto 63, relevo de un Adebayor casi inédito. El público de Gerland le recibió con más entusiasmo que los cien millones de madridistas que pululan por el mundo, según estimaciones evangélicas. Parecía el Benzema de siempre, el introvertido, el indolente; en definitiva, el ariete que ha sido adelantado por el alumno recién llegado.

Al minuto percibimos el cambio. Benzema porfió un balón encasquillado en los pies de Toulalan, terrenos del lateral izquierdo. Su iniciativa fue seguida por la persistencia de Özil, que picoteó hasta sacar de allí la pelota. Luego se apoyó en Cristiano, que no se pierde una pelea, y a ambos se les unió Benzema, que seguía la jugada con interés inusitado. Lo que siguió fue el resumen de sus peculiaridades. Benzema controló el balón y lo condujo recorriendo en horizontal el área pequeña. Le abordaron, sucesivamente, defensas, estibadores de muelle y orcos. Le gritaron ¡chuta! desde Lugo, Helsinki y Pekín. Lo hizo cuando le dio la gana que fue en el único momento que pudo. Un disparo mordido, asediado, a medio caer. Tan accidentado fue el golpeo que el balón no salió rodando, sino dando volteretas. Así pasó entre las piernas de Lloris y así burló el esfuerzo de Cris, atrapado en la red como un besugo. Pensándolo bien, estuvo contenido Florentino.

Fortaleza. El gol era lo único claro de un partido oscuro y pedregoso. El Lyon es un equipo que hace del físico una estrategia. Y su fortaleza es tanta que le interesa chocar y correr, hacer de menos a la pelota. Así se maneja: empujando en el más estricto sentido de la expresión, con una zancadilla distinta para cada contragolpe que se le plantee.

Con esa base, en la primera mitad, ganó a los puntos. Incluso pudo haber enviado al Madrid a la lona en alguna ocasión. Una media chilena de Cris que rozó un palo, un tiro de Källström desviado, varios líos en el área de Casillas. En general, muy poco provecho para sus numerosos acercamientos, muy poco Gomis.

El equipo de Mourinho no tiró a puerta hasta el minuto 28, chut de Di María desde fuera del área que botó, perverso, antes de ser atrapado por Lloris. Al rato, Cristiano probó con un lanzamiento de falta que repelió el portero, ahora más entrenado.

Aquello no era el Madrid que conocemos. El equipo no se puede permitir la suplencia de Marcelo. Sus apariciones por la izquierda son el mejor recurso para desatascar el ataque propio y para desequilibrar la defensa ajena. Arbeloa ofrece voluntad y disciplina, pero no tiene profundidad.

Tampoco Khedira es una solución para situaciones en las que toca discurrir. Su registro, en contra de lo esperado e intuido en el Mundial, no incluye aportación alguna en ataque. Es un vigoroso caballo para el campo abierto, pero no le pidan un pase largo, porque ya lo dio (contra el Sevilla, en Copa, recordarán). Y sin compañero de faena, ni ayuda de Özil, ni alivio de Marcelo, Xabi Alonso no basta para mover al equipo.

En la segunda mitad, no obstante, nos encontramos con un Madrid diferente, más brioso y hambriento. Tienen que ser buenos los discursos de Mourinho en el vestuario. Los jugadores deben hacer de periodistas y el entrenador de sí mismo. Otra pregunta, si se atreven.

A favor. Lo que divisamos como una cuesta arriba se convirtió en terreno llano y luego favorable. Bastos, el más impetuoso de los franceses, vio una tarjeta amarilla que le impedirá jugar el partido de vuelta. Se lo tomó como si le hubieran comunicado una defunción por carta. Para el Madrid fue justo lo contrario.

Acto seguido, Cristiano, escorado en la izquierda, estrelló un tomahawk en el palo; habrá que talar un árbol y cambiarlo por otro. Luego, casi de inmediato, Sergio Ramos cabeceó al larguero un balón que volaba desde el córner. Reconozcamos que le sobra barullo, pero admitamos también que le falta suerte.

No habíamos superado el cuarto de hora del segundo tiempo y el Madrid ya había transformado la cerrazón en asedio. Y aún faltaba un acercamiento más, el que Gourcuff repelió con un codo sin que el árbitro (ni su ayudante) advirtiera que esa articulación picuda forma parte del brazo. Mourinho se lo recordó más tarde en conferencia de prensa.

Después, el cambio y el gol. Benzema que despierta los aplausos y que hace enmudecer al estadio entero, vecinos y familiares. La jugada está narrada, también el descorche de Florentino. No había bajado los brazos el presidente y Lass ya había entrado por Khedira para asegurar el resultado. Costaba imaginar que algo pudiera ocurrir, algo malo.

Pero sucedió. Los cambios animaron más al Lyon que al Madrid, básicamente, porque Marcelo entró (por Özil) con la consigna de no cruzar el medio campo. Pjanic, por contra, es un futbolista interesante y malvado que se inspira contra el campeón de los campeones.

El gol del empate confirmó la mala noche de los centrales madridistas. Cris les ganó el salto y cabeceó al centro del área, donde Gomis sacó ventaja de la posición de Sergio Ramos, que no estuvo rápido para escapar del área. Bafétimbi se encontró ante un arco iris de siete metros y no falló el remate.

Di María.

Los escasos cinco minutos que quedaron fueron para repetirse sustos y ocasiones, la última de Di María, que completó un maratón, carrera de más mérito cuando te patean las piernas y debes levantarte cien veces.

La sensación final fue extraña porque nadie se sintió totalmente satisfecho del resultado. Ambos pudieron ganar y perder, y ambos se tendrán que jugar el apartamento en la vuelta. Sin Bastos, lo que será una ventaja, y con Lisandro, lo que compensará su baja.

Ahora Mourinho debe decidir a quién quita para poner a Marcelo y con qué delantero centro pelea por el pase a cuartos de final. Si preguntan a Florentino ya conocen la respuesta.