Capitán de la tropa aragonesa
Gabi dirige el triunfo con un gol racial. La niebla y la baja calidad dejaron un partido confuso. Gol anulado al Levante. El equipo no sale del descenso

Jugado en una densa burbuja de niebla, el duelo entre el Zaragoza y el Levante adquirió un aspecto fantasmagórico, con el cielo desplomado sobre el césped de La Romareda y dos equipos afectados por serias dificultades para hilar el juego o rematar oportunidades. La grisalla no fue sólo meteorológica. Los dos expusieron a la intemperie más vergüenzas que méritos: suerte que se veía poco. En ese escenario brumoso, que exigía imaginar las jugadas de la banda contraria y el viaje de los balones largos, uno esperaba en cualquier momento oír un bocinazo y que apareciese el espectro del Titanic surcando el Atlántico Norte. Pero no fue un barco, sino Gabi. El capitán del Zaragoza convirtió una inocua jugada de banda en un avance racial, y llevó su emotiva perseverancia hasta el final, para hacer el gol con un trabucazo desde la entrada del área. Eso bastó para ganar.
Entre equipos así, como el Zaragoza y el Levante, la diferencia nunca se ensancha demasiado. El diagnóstico vale para los que los rodean en la clasificación. Los resultados de ayer desataron en el fondo sur de la Liga un proceso de compresión que funciona a modo de ruleta de la fortuna: uno entra y otro sale, pero todos siguen amenazados. Gabi metió al Levante en el hoyo, donde continúa el Zaragoza por el goal-average. El Sporting, mientras, sacó de abajo la cabeza de Preciado, con su buen volumen de rizo y bigote. Y Osasuna tiene las barbas en remojo.
En tal circunstancia, el partido nunca abandonó la línea de confusión argumental. Lo jugaron a brochazos, sin finura en las ideas ni en las ejecuciones. Nadie tuvo un discurso que otorgara dirección al partido. La pelota y los futbolistas se movieron, sí; todos agitaron con su empeño el velo de gasa que cubría el campo, pero el entretenimiento tuvo más que ver con la angustia que con la destreza. Al final, el partido dejó más errores que de finuras. Algún culebreo de Rubén, al que le cortaron las piernas con frecuencia; la constante tentativa de profundidad de Lafita, el celo de Ponzio, la desigual pelea de Rafa Jordá por la generosidad, la amenaza de Stuani y Braulio en su aparición. Todo demasiado leve. Mucho más ruido hicieron los cantautores protesta de la grada, el torpe empeño de Sinama por tirarle un sombrero a Reina, la confusión en el remate de Bertolo o aquélla en la que Valdo, solo frente al arco iris, remató a la grada norte.
Polémica.
Así, y descartando lo que la niebla por fortuna impidió vislumbrar, el Levante extrañó a Caicedo y el zaragocismo midió con metro de cinta el fútbol de Boutahar. Qué momento intenso debió ser ese en el que Aguirre exclamó en la soledad de sus decisiones: "¡Boutahar, claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?". En fin... que el único hilo argumental de la tarde lo puso Gabi, cuyo partido tuvo un poder de convicción mucho mayor que las declaraciones del jueves. Lógico. El periodismo persevera en convertir el fútbol en un juego de palabras, pero se trata de un anhelo inútil. Los futbolistas sólo dicen la verdad en el campo. La sala de prensa no deja de ser un escenario de relleno que jamás podrá alcanzar la trascendencia del césped. El sostenido esfuerzo de Gabi coincidió en el gol con un exceso de permisividad del Levante, que autorizó al Zaragoza a convertir una jugada residual en la victoria. Sobre el estribo del intermedio, Gabi llegó al área a sangre y fuego (el gesto defensivo de Robusté coronó la ruina del Levante) y su pelotazo no lo pudo contener Reina.
Subido en el islote del gol, el Zaragoza guardó en paño la ventaja durante el segundo tiempo, cuando el Levante quiso ir al frente con Stuani, Valdo y Xisco Muñoz. Franco contuvo al uruguayo después de otra frivolidad de Jarosik. A la hora de juego Valdo hizo la suya, y luego vino la opinable anulación del gol. Un libre indirecto por pérdida de tiempo de Leo Franco, con el que dialogaba el árbitro cuando Rubén sacó rápido y el Levante anotó. La negativa del árbitro dejó al equipo de Luis García con una recrecida impresión de agravio. Para cuando se levantó la niebla, el Levante vio que estaba en descenso.
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La niebla hizo difícil la visión
En Zaragoza siempre se recuerda el gol que Violeta le hizo a Las Palmas en medio de una densa niebla que cubría La Romareda, en los años setenta. El partido de ayer se jugó en condiciones similares y removió aquel recuerdo. Hasta Aguirre reconoció que le costaba seguir las jugadas al otro lado del campo. En la segunda parte se levantó un poco.




