El Zaragoza sale vivo del bombardeo de Osasuna
Franco salvó a los suyos y el choque se igualó por abajo.

En el minuto 35, Osasuna ganaba 8-0 al Zaragoza. No era a goles, sino a saques de esquina. En la primaria Inglaterra, un partido así apasiona a la gente. Y en el Reyno de Navarra lo recibieron con indisimulado júbilo, porque una media hora tan avasalladora en lo geográfico anticipaba la demolición de un enemigo que, tarde o temprano, debería rendir el cuello frente a semejante invasión del área. Sin embargo, el Zaragoza sobrevivió al bombardeo, tocó algo más la pelota en la segunda parte (sin excesos) y contuvo a un Osasuna que entró en confusión y que ya no dio con un modo alternativo de jugar el encuentro.
Pese a su fútbol precario y una deprimente inanidad en ataque (contó un rematito de Sinama y dos que no llegaron a serlo de Bertolo y Jorge López), el Zaragoza salió vivo. Vivo dentro de su cadavérica figura de colista de 14 semanas, claro. El partido osciló entre el primitivismo y la zafiedad, con futbolistas decaídos y un hombre en pie: Leo Franco. En su rato de blitzkrieg, Osasuna hizo fila para rematarle a bocajarro, como si le arrojaran tartas en una feria. Nelson, Soriano, Sergio, Nekounam... La defensa estratégica del Zaragoza fue una calamidad: cada balón al área producía un remate. Y una parada del argentino.
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Sin fútbol.
En el segundo tiempo, Osasuna perdió el hilo, le brotó la frustración y Aranda pidió un penalti. El empate dejó esta paradoja: la exuberancia muscular de Osasuna dio el mismo resultado que la delgadez creativa del Zaragoza: exactamente ninguno.




