Liga BBVA | Real Zaragoza 1-Sevilla 2

Negredo, de oficio verdugo

El punta castigó el grave error de Jarosik. El Sevilla, con diez, en la pista de la Champions. Bertolo hizo el empate en otra 'heróica' local. El Zaragoza es último

<b>PURA EFECTIVIDAD. </b>Varios jugadores del Sevilla celebran el tanto de Luis Fabiano, que llegó en el primer disparo a puerta de su equipo.
Mario Ornat
Actualizado a

Lo explicó Luis García Berlanga, magistral: los verdugos tienen nombre y hasta alma. Este verdugo se llama Álvaro Negredo, autor de un tiro de gracia que sofocó en el minuto final la revolución armada por Nico Bertolo. Chico detestado en Zaragoza por aquel episodio de contratación frustrada, Negredo fue el reverso de Luis Fabiano, autor del primer gol en un partido por lo demás vacío del brasileño. El Zaragoza volvió a jugar el encuentro en dirección contraria. Primero expuso cinco defensas y muy poco fútbol. Luego, ya por detrás, trató de reunir hábiles y quitar zagueros, fue a la yugular del contrario con tanta pasión como desorden y por poco le dio resultado. En medio de la locura, como para coronarla, acabó pegándose un disparo en la sien. Demasiados errores individuales (incluida la alineación) para resistir a un grupo de las posibilidades del Sevilla, que de la mano de Negredo está ya en la pista de la Champions.

Al otro lado, último de vuelta, queda el Zaragoza. Pudo ser otra cosa, pero ocurrió la lógica. Antes de vestirse de guerrillero, el equipo aragonés ya había vivido entregado a las evidencias del partido. Por una cierta distonía del Sevilla, poco dispuesto a ir por afuera y con un Luis Fabiano en apariencia menor, dio la impresión de tomar el mando. Pero al Sevilla no le costó gran cosa cortar los levísimos hilos de fútbol que conseguía tejer el equipo aragonés. Hubo un par de pugnas de Braulio con Alexis o Dabo, algo parecido de Lafita contra Cáceres y uno que otro tiro lejano. Construcciones incompletas. Ni Edmilson comunicó ritmo, ni Gabi encontró el número suficiente de gabis con que asociarse. Con el paso de los minutos el Sevilla volvería todas las cabezas hacia Kanouté. El porqué lo explicó el minuto 29, en una conexión que siguió punto por punto el tendido electrificado del Sevilla: Renato jugó a un toque para Kanouté, el malí giró y con él, todo el campo; y en el escalonamiento de la zaga aragonesa, hueco abierto por Jarosik, encontró la carrera perpendicular de Luis Fabiano. Balón al hombre invisible y duelo de éste contra Doblas. El portero dejó a la intemperie su palo corto y a Luis Fabiano le bastó hacer puntería ahí para cantar gol. Luego, el brasileño se fundió otra vez con las cortinas: otro gol al Zaragoza, siete de siete.

Inflamados.

Después del chispazo, el Sevilla depositó los papeles del día en manos de Renato, para que gestionara. Sin embargo, por el largo camino que aún le quedaba hasta la victoria, el Sevilla se cruzó con la imprevista rebelión liderada por un petiso. Bertolo apareció tras el descanso con su cinta en el pelo y proclamó la revolución. Primero forzó a Javi Varas a sacarle un testarazo de gol y luego hizo el empate en un córner, sin levantar los pies del suelo, con Zokora tentándole la camisa en lugar de defender la pelota. Lo festejó con la rabia de los que creen que la providencia, o sus ministros, le deben algo. En este caso, la titularidad: no pueden faltar López y Ander y que a los pies ordenados los releve una manifestación de tractores.

Pero aun así el arreón, con el efecto multiplicador de Gabi, prendió el inflamable corazón del Zaragoza. Y en el caos saltaron chispas y lo mismo pudieron morir culpables que inocentes: un penalti perdido en cada área (a Marco Pérez y a Alfaro), la expulsión de Fernando Navarro, un torrente de amarillas, el cambio de Renato (que tuvo un gol) y el zurcido de Manzano para meter a Konko después de la roja... Todo eso modeló un tramo final en que los dos equipos jugaron a la ruleta rusa con alegría y desenfado. O eso parecía. Porque sólo al más desesperado lo tienta el suicidio. Al Zaragoza, esta vez, lo terminó su alocado espíritu jacobino. El heroísmo tiene que ver con la excepcionalidad, así que intentar hacerlo costumbre deriva en la caricatura. Un defensa intentando bailar con tacón de aguja en un precipicio es, de tan tonta, una cosa ridícula. Jarosik quiso hacer un truquito frente a Negredo, sin respeto por las circunstancias ni la ausencia de red. Olvidó, de hecho, el escenario completo. Negredo hizo lo que cualquiera: le quitó la pelota y, tras una portentosa carrera sostenida en la que pareció la locomotora Zatopek, mató a Doblas y a la concurrencia con un zurdazo.

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