Se confirman las sensaciones
El Racing vuelve a enamorar y vence con tantos de Henrique y Ariel. El Zaragoza completa otro partido horroroso. Munitis y Pérez perdonaron


Tras lo visto en El Sardinero, ni la gran imagen del Racing en Mestalla la pasada jornada parece un espejismo ni el ridículo del Zaragoza ante el Málaga un accidente. Que nadie su engañe. Igual lo que más de uno pensaba peyorativamente en Cantabria sobre el nuevo tiqui-taca de su equipo se va a convertir en una droga. Y justo lo que alguno creía en Aragón sobre la anecdótica narcolepsia de sus chicos amenaza con transformarse en una realidad dolorosa.
El Racing ha decidido apostar por el juego hilvanado para superar a sus rivales por empeño de Portugal y, parece, que si ha de morir en alguna jornada, que morirá, lo hará con el bombín puesto. Guste o no. Mientras que el Zaragoza no levantará la cabeza y logrará regresar al lugar que le corresponde hasta que no cumpla a rajatabla con varias normas básicas soñadas por Gay: tener laterales fiables que defiendan y luego aporten lo que puedan en ataque, por este orden; apostar por mediocentros que no sean tan cómodos en sus funciones y no acumular tantas mediapuntas por capricho. Si un jugador no roba ni desborda ni llega ni marca no merece llamarse mediapunta. Más bien es un medioestorbo. Esa posición tan especializada ha acogido en su seno a mucho jugador ocioso que no es malo en nada; vale. Pero tampoco brillante. La definición de mediapunta la resume a la perfección la figura de Ander. Lo demás es relleno. Dinero malgastado.
Los hechos. El Racing se proclamó justo vencedor. Primero, porque fue el que más buscó el triunfo, también porque gozó de claras ocasiones en botas de Munitis (dos) y Ariel (doscientas) y, además, porque no cambió su discurso a pesar de que no llegaban los goles. Corrió el riesgo de perder la fe y el partido cuando el equipo desfalleció, pero el gol de Henrique, en un córner, le dio alas, calma y confianza en lo que estaba haciendo.
Por el contrario, el Zaragoza fue justo perdedor. Primero, porque salió encogido como si el único objetivo consistiera en no cometer fallos individuales, también debido a que jamás gozó de la posesión, ni logró asociar su centro del campo con la delantera ni, mucho menos, cambiar de ritmo para deshacer la presión local. Pero también fue superado sin peros porque duda demasiado: no sabe si replegarse para salir a la contra o mandar hasta encontrar el hueco. No tiene asimilado si es dominador o dominado. Si va a por la victoria o le vale con empatar. Sus dudas son lagunas cuando se hacen públicas y, aunque el gol anulado a Gabi, tras una dudosa falta previa (70'), pudo cambiar el rumbo, no debe desviar la necesidad de la autocrítica.
Sobre el estilo. Probablemente el delirio final de El Sardinero hubiera sido muy distinto si Ariel no llega a sentenciar tras una preciosa roullete de Arana en la banda y Marco Pérez hubiera convertido su ocasión de oro en vez de haberla estrellado en la madera. Seguramente. Entre otras cosas porque el nuevo 'tiqui-taca' (versión cántabra) vale si sumas y propicia las críticas si no llegan los resultados. La falta de costumbre.
Sin embargo, ver a Cisma emular a Roberto Carlos mientras Diogo imitaba a Charlot; confiar en el corte de Torrejón al mismo tiempo que se tiembla con la lentitud de Contini; disfrutar con el despliegue de Tziolis a la vez que Edmilson aplaude; y ver a Munitis (35 años) y Kennedy (30) ir, venir, robar y asistir en contraposición a la aportación de Bertolo (24) debe servir para algo. A Portugal, para animarle a morir con sus ideas a pesar de que ayer se registró la peor entrada en años, justo cuando mejor es el espectáculo. A Gay, para que saque la gillotina a tiempo. Y a todos en general, para demostrarnos que, aunque cuesta entenderlo y hay recaídas, es más fácil ganar por la vía del encanto y siempre será la mejor manera de motivar a los jugadores.
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