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Pasaporte al paraiso

Mundial 2010 - Cuartos | Paraguay 0 - España 1

Pasaporte al paraiso

Pasaporte al paraiso

España se clasificó para semifinales. Villa marcó el gol del triunfo. Casillas paró un penalti con 0-0.

Si me notan algo perdido, me sabrán disculpar. Jamás había estado aquí, en unas semifinales de la Copa del Mundo. En mi condición de españolito fulminado en cuartos, mis conocimientos del evento eran exclusivamente teóricos. Aunque entusiastas. El no estar invitado no impedía que cada cuatro años asistiera con ilusión de colegial a esa fiesta que disfrutaban otros.

Ahora que estamos dentro de la película me encuentro ligeramente aturdido: por un lado deseo detenerme para celebrar una conquista histórica; por otra parte quiero seguir corriendo, volver a jugar, ganar de nuevo, levantar la Copa. Supongo que la calentura tiene nombre: fiebre del oro.

Asumido nuestro papel de turistas en el paraíso, lo que sucedió en el partido de ayer sólo puede entenderse con una amplia perspectiva y yo propongo cien años. Porque anoche ganamos lo que llevamos perdiendo durante muchísimo tiempo. Hubo, por tanto, algo de decantación histórica, de deuda cobrada. De por fin.

Pero no podía resultar tan fácil. El hecho de que el rival no tuviera un nombre temible nos hizo caer en un exceso de confianza que es muy español y que no se cura ni con mil invocaciones al lobo feroz. Y eso nos esperaba.

Lo peor fue entenderlo cuando el balón echó a rodar. Entonces supimos que no estábamos preparados y ellos sí. Paraguay se comportaba a la altura de la cita histórica que afrontaba y España se encontraba de paso. Nos comieron durante media hora y, tras una tregua breve, nos volvieron a morder. Nos chutaron a los 50 segundos y nos hicieron un gol legal que si no subió al marcador fue por gentileza del árbitro.

Torres. La Selección, víctima de una ofuscación general, era incapaz de hacer circular el balón y, en consecuencia, de filtrarlo entre líneas. Y de los varios problemas que se planteaban había uno que apuntaba directamente a Fernando Torres. En partidos tan milimétricos no es posible jugar con un delantero centro de rodaje. Y más en un equipo que, como España, precisa de desmarques constantes, de una actividad permanente que dé un sentido final al toque. Si a la rigidez de Torres sumamos que Villa estaba defendido en la banda con un eficaz sistema de ayudas podemos advertir el tamaño de nuestras dificultades.

Con ese panorama, se aplaudió que Del Bosque diera entrada a Cesc por Torres en el minuto 56. Aunque nadie esperó una convulsión semejante. Porque el cambio coincidió con una tormenta y provocó otra.

Desde ese instante el partido dejó de ser una pelea estratégica para convertirse en el tipo de locura que suelen deparar los cuartos de final. Todo arrancó con un penalti de Piqué a Cardozo que incluyó todos los agravantes posibles: evidencia, persistencia y saña, casi fractura de brazo. Suerte que no dio ni tiempo a evaluar la catástrofe. La víctima fue el lanzador y Casillas detuvo el tiro hasta con cierta suficiencia. También esa ley se cumplía. Cuando todos faltan, aparece él.

En la jugada de vuelta fue Villa quien provocó el penalti, buscado y encontrado. Xabi lo chutó y lo marcó para hacernos sentir seguros, pero el árbitro lo anuló (por invasión del área) para devolvernos al infierno de la incertidumbre. En la repetición del lanzamiento Justo Villar lo hizo todo: interceptó el tiro y luego cometió penalti sobre Cesc, que había controlado el rebote. Sospecho que si el juez guatemalteco lo pasó por alto es porque no quiso batir el récord mundial de penaltis señalados en minuto y medio.

Recuperación. Volvíamos a empezar, pero estábamos mejor. Con Cesc sobre el campo, la Selección recuperó el balón y la movilidad, ese torbellino de talentos intercambiables en las posiciones y que se ordenan naturalmente. Con Cesc volvimos a ser nosotros mismos. Y aunque la situación continuaba siendo dramática quedaba la sensación de que, antes o después, la victoria sería nuestra.

El gol de Villa fue un perfecto resumen de todo lo sucedido y lo que estaba por suceder. Nació de una jugada en la que Iniesta burló a dos soldados y con esa ventaja entregó a Pedro. Lo demás fue carambola. Su disparo tropezó en el poste y el rechace, cazado por Villa, acabó en un balón que sólo acabó en la red después de golpear en los dos palos. Casi nos toca partida gratis.

Todavía hubo tiempo para que Casillas nos salvara de la prórroga al corregir un error en un blocaje y aún tuvimos alguna ocasión para lograr el segundo. Pero fue mejor pasar así, con la marca de la soga en el cuello. Para recordar cómo se sufrió hasta aquí y cómo gozaremos desde ahora. Porque estamos en semifinales.