Van de la mano al precipicio
El resultado no vale a ninguno. Clemente deja su impronta en los visitantes. El Tenerife, atenazado por las circunstancias, empeoró con los cambios

Equipos de Segunda División compitiendo en Primera, Valladolid y Tenerife ya habían exhibido sus carencias fatales en la primera vuelta, ahí donde las enormes concesiones de los locales en Zorrilla brindaron a los visitantes la oportunidad de puntuar. El choque de entonces, un empate a pifias, fue un presagio de lo que vendría después. Lejos de mejorar, han empeorado muy considerablemente la situación, el fútbol y las perspectivas de los actuales penúltimo y antepenúltimo de la competición. Si se salvan, será un milagro.
El duelo de la angustia acabó con el mejor resultado posible para los demás equipos metidos en el barro por la permanencia y con una igualada sin goles que, en teoría, no beneficia ni a los de Oltra ni a los de Clemente, que se estrenó ayer sin éxito. Sí que se vio la mano del vizcaíno en el estilo del Valladolid, más rocoso y seguro que en comparecencias anteriores pero sin apenas generación de fútbol en la línea medular. Si a tales síntomas se le añade una evidente incapacidad para optimizar los contragolpes, se entiende perfectamente que se fuera de la Isla sin marcar.
Lo del Tenerife es igual de preocupante. Tenía ante sí una final de las de verdad, una prueba de fuego y una oportunidad de recortar distancias. Todo al mismo tiempo, quizás demasiada responsabilidad para un equipo corto de moral por culpa de los resultados. Minados los ánimos por partidos como el del sábado anterior en el Pizjuán, nada le salió a los otrora briosos futbolistas blanquiazules. Ni Nino fue una amenaza, ni Alfaro las enchufó, ni Ricardo fue el metrónomo de sus mejores días, ni tampoco Juanlu encimó como acostumbra. Todo un manojo de nervios, no supo canalizar la importancia del envite el cuadro de Oltra, que contribuyó al desorden con decisiones muy discutibles -no varió el once en la línea medular- y cambios desacertados, a cada cual peor.
El partido empezó con sustos en un área y también en la otra. Nauzet Alemán, muy activo, fue protagonista del primer ensayo a portería del partido y luego de un servicio que no remató bien Manucho. También probó suerte el Tenerife, casi siempre con la presencia de un Nino enchufado pero no atinado. Pasaron los minutos y no hubo goles. Quizás debió de haberlos para que cambiara el decorado del partido: los blanquiazules atenazados y los blanquivioletas a la expectativa, pero siempre romos a la contra.
En el caso de los locales, no fue por no intentarlo aunque cualquier propósito de acercarse a Justo Villar -luego reemplazado por lesión por Jacobo- se produjera sin el aplomo y el criterio de otras veces. A la media hora a Richi se le anuló un gol por milímetros porque consideró el árbitro que estaba en fuera de juego, y tal vez aquella acción pudiera ser la que variara el panorama. Sí que cambió el partido tras el descanso, pues el dominio del Tenerife se hizo más patente, aunque otra vez sin la mente fría ni las ideas claras. Que no llegara el 1-0 en los mejores minutos de los canarios ya fue un aviso de que la tarde sería fea. Sobre todo para el palco de autoridades, que avistó pañuelos y oyó pitos desde el graderío a medida que se acercaba el final.
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Último esfuerzo infructuoso. Los que se fueron con premura para ver el clásico no se perdieron nada bueno, justo el último esfuerzo de un Valladolid que todavía tuvo fuerzas para inquietar a los anfitriones y sembrar la zozobra. Estuvo a punto de conseguirlo Baraja, pero su disparo a pase de Canobbio se marchó lamiendo el poste para alivio de Aragoneses.
El final provocó enfado, consecuencia del hastío. Demasiado tiempo -pensó el Heliodoro- viendo cómo se cocinaba a fuego lento este descenso del Tenerife que cada día está más cerca. La clasificación dice lo contrario porque perdió el Málaga y los de Oltra, como los de Clemente, recortan distancias. Quien quiera consolarse, puede hacerlo. Pero la realidad es tan cruda como el partido de ayer.



