El tren amarillo hace sangre del 'nuevo' Sevilla
El tridente Nilmar-Rossi-Llorente anula el efecto Álvarez.


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Pitó el revisor, Turienzo Álvarez en este caso, y arrancó el tren amarillo como si lo moviesen búfalos. El Villarreal zarandeó al Sevilla y resolvió en veinte minutos ilusionantes para su gente y frustrantes para el sevillismo. En el fondo, el efecto Álvarez duró eso. Nada. Arrollado y sin ninguna fe en sí mismo, el fracaso del Sevilla en la primera media hora de El Madrigal fue de época. Y en el duelo de novatos, Garrido-Álvarez, triunfó el primero con muchos cuerpos de ventaja. Hay quien quiso adivinar una alineación suicida en el Villarreal, que se jugaba sus últimas opciones de Champions hasta el Sevilla. El tridente Nilmar-Rossi-Llorente parecía demasiado osado y, sin embargo, se convirtió en una idea maravillosa. Porque con el subconsciente dándole vueltas, Álvarez quiso borrar de un plumazo el legado de Jiménez y jugó sin centrocampistas defensivos, a mantener la pelota y lanzarse a tumba abierta. Un romántico suicidio.
Su planteamiento resultó utópico y, sobre todo, un juego de niños para el Villarreal, que esperó atrás, se apoyó en Bruno para robar, Cani e Ibagaza para tocar y mandó a Nilmar, Rossi y Llorente arriba a hacer excursiones. El resultado, un 2-0 casi antes de arrancar y el 3-0 de Pires en un resumen perfecto de lo que fue el partido. Un Villarreal preciso hasta el extremo en el toque. Una afición disfrutando con la goleada y con uno de sus ídolos, Cazorla, otra vez de corto. Y un Sevilla roto. Nadie sabe hasta dónde puede caer. Qué lejos queda aquella frase de Del Nido: "Dos derrotas seguidas en el Sevilla son crisis". Entonces, qué es esto. Un drama.



