El Madrid vive de la furia

Liga BBVA | Real Madrid 3 - Atlético 2

El Madrid vive de la furia

El Madrid vive de la furia

Gran remontada frente a un Atlético que se adelantó. Xabi logró que el equipo se sobrepusiera a una mala primera mitad. Higuaín volvió a marcar.

Se esperaba la emoción y se imaginaba el ganador. Sin embargo, pese a saberlo casi todo, el derbi no defraudó, generoso en las alternativas y envuelto en esos arrebatos finales que experimenta el Madrid en su estadio. Desde esa fidelidad a las inclinaciones de cada cual se explica el desenlace. El Atlético, en contacto con su vecino, comparte la mortal atracción que sienten las rubias por Drácula; se resiste, pero pone el cuello. El Madrid, por su parte, observa los acontecimientos con la convicción del que saldrá vencedor de algún modo, cualquiera, y con esa confianza es capaz de doblar cucharas y cuberterías enteras. Y así ocurre desde hace once años.

En cierto sentido, ambos equipos comparten un sentido del espectáculo que es trágico o glorioso, pero que impide los tiempos muertos y los ratos de aburrimiento. Con mucho o poco fútbol, con mayor o menor calidad, en estos duelos persiste el redoble, la intensidad y el anuncio de una sorpresa que seguirá esperando.

Aunque otra vez volvimos a seguir una pista falsa. A los nueve minutos, cuando los equipos todavía calentaban músculos, un infrecuente error de Albiol descubrió a Tiago con el balón y al Atlético en flagrante superioridad. La definición de la jugada fue extraordinaria y recorrió la frontal del área: el portugués entregó al Kun, este pellizcó la pelota en dirección a Reyes y el sevillano hizo buen uso de su zurda esplendorosa.

El gol tuvo otras virtudes, además de la ejecución. Como llegó temprano, heló al Madrid y al Bernabéu. Era demasiado pronto para invocar a la heroica. De modo que el anfitrión tuvo que encontrarse, cara a cara, con sus problemas tácticos, que existen aunque se disimulen con brillantes estadísticas. Las dificultades surgen ante rivales que esperan replegados, prietas las filas, y en esa posición se acomodó el Atlético después de adelantarse en el marcador.

La rigidez del Madrid para atacar esa defensa desconcertó tanto a los jugadores como a los aficionados, habituados a que los arrebatos de las segundas partes oculten cualquier signo de debilidad. Pero los hay, aunque sé que decirlo ahora, cubierto de confeti, resulta escasamente popular: escasean los desdobles, faltan desmarques y, en general, se echa de menos el dinamismo que debe exhibir un gran equipo a estas alturas de la temporada.

Hasta Cristiano naufragó en ese atasco, empeñado en salvar al mundo de forma individual y muy alejado de la banda, que es su lugar cuando los enemigos se encierran en su castillo. También en esa insistencia por abarcar todo el campo se detecta la ausencia de un plan.

El primer reproche que se puede hacer al Atlético es que no fuera más ambicioso en ese largo tramo, que se alargó hasta el final de la primera mitad. En muchos años no se le recordaban tantos minutos de sereno control, ni tanto peligro latente. Cada vez que el balón se acercaba al Kun se oía el tam-tam que anuncia sopa de explorador. No hacía falta un regate, ni siquiera un control. Bastaba con su zumbido. Sin embargo, jamás se activó tanta amenaza.

Reacción.

No dudo del buen discurso de Pellegrini en el vestuario, pero sospecho que tras el descanso el equipo se sintió más estimulado por las dificultades y por el tic-tac del reloj que por las palabras del entrenador.

Suele suceder. Cada gran final, cada tormenta que lo propicia, necesita de un drama, del riesgo verdadero. Y aquí ya estaba cumplida la primera parte del contrato. Así que se abrieron las puertas y salió el huracán. Al minuto, Marcelo reclamó un penalti que no era (pero intimidaba) y al rato Xabi marcó un gol que lleva camino de convertir en especialidad: córner, balón cabeceado y él que lo espera en el segundo palo, disimulando un poco, como si aguardara el autobús.

El empate cambió la eternidad de lugar y la situó delante del Atlético. Lo que antes habían sido minutos felices ahora se hicieron minutos de insomnio. El Madrid, en cambio, ya lo tenía todo: el vértigo, la confianza y el estadio soplando. El efecto es tan inmediato que en seis minutos el equipo se puso por delante. Y el viento tan intenso que desmelena las cabezas mejor peinadas.

Xabi Alonso es la prueba. No satisfecho con el gol, se inventó un pase que arrancó a medio metro bajo tierra y que desnudó a la defensa del Atlético mientras buscaba a Arbeloa. Lo que sucedió después fue tan prodigioso como la parábola del pase. El lateral, frío como un profesional de la aniquilación, quebró por dos veces a Domínguez y marcó un gol que hubiera podido firmar Cristiano. Algunos harían bien en comerse sus dudas sobre la capacidad atacante de este lateral. Yo, personalmente, las tomaré con sal.

Prosiguió el asedio: Higuaín remató al larguero y sin terminar de vibrar (el palo y el argentino), aprovechó una indecisión en la defensa para fulminar a De Gea. Si yo fuera Messi me inquietaría al ver a ese tipo persiguiéndome. Más que por rápido, por testarudo.

Enajenación.

Pero no cesaron los fenómenos asombrosos. Víctima de un extraña enajenación, Xabi, usualmente hombre cabal y hermano mayor de la humanidad, dio vida al Atlético al palmear un balón que sobrevolaba el área de Casillas. Si fue su forma de provocar la amarilla, habrá que decirle que hay maneras menos traumáticas. Si quiso reanimar el partido, a fe que lo logró.

Sin embargo, la emoción por el resultado no se correspondió con la reacción del Atlético. Ese fue el siguiente reproche que hay que hacerle al visitante. Ni aprovechó su primer disparo ni sacó ventaja del rebote. Tampoco se benefició en nada de la sustitución de Reyes, lesionado, por Jurado.

Aunque el nuevo escenario era perfecto para morirse de miedo, el Madrid acabó con suficiente desahogo como para recolectar las amarillas que aseguran la presencia de Sergio Ramos y Xabi contra el Barcelona. El primero la provocó al retrasar el saque de una falta y el segundo al embestir concienzudamente a un rival; ya digo que Xabi andaba desatado, dispuesto a colaborar, indistintamente, con goles y cartulinas.

Forlán, casi con el tiempo cumplido, disfrutó de la última ocasión del Atlético. El desenlace de la jugada fue un ejemplo de su obcecación reciente: mientras los compañeros esperaban el pase y los defensas lo temían, casi aterrados, Forlán decidió chutar a portería, sin mucho ángulo y con nulo tino.

Cuando pase algún tiempo, y quizá basten unas semanas, ya no sabremos distinguir este derbi de otros anteriores. Se nos confundirán los goles y los protagonistas, las ocasiones y los resultados. Confirmaremos, una vez más, que antes que dos equipos los derbis los juegan dos espíritus, el de la rubia que no quiere y el de Drácula que muerde.