El fracaso que no cesa

Champions League | Real Madrid 1 - Lyon 1

El fracaso que no cesa

El fracaso que no cesa

El Lyon se clasificó con justicia. Cristiano marcó a los cinco minutos. Pero el Madrid desapareció en la segunda parte. No hubo reacción al gol de Pjanic

La realidad es desoladora: dos de los tres objetivos del Madrid para la presente temporada se han frustrado contra el Alcorcón y el Olympique de Lyon, en ambos casos en octavos de final. Ese dato es más concluyente que las estadísticas de las que presume Pellegrini ("somos el mejor Madrid en quince años") para demostrarnos que el juego es bueno. Lo es a veces. Y en ocasiones es malo, como ayer, sin que el entrenador parezca tener control sobre lo bueno y lo malo. Para no ser apocalíptico evitaré decir que se le acaba el tiempo; sólo señalaré que se le acaban los torneos.

Lo sé. Las culpas son colectivas y conviene ser justo en el reparto de responsabilidades. Sin embargo, es imposible obviar que anoche, al margen de la pelea sobre el campo, se planteó una batalla estratégica que declaró vencedor al entrenador francés. Sucedió tras el descanso, cuando Puel modificó el sistema, pasando del 4-3-3 al 4-4-2. Esa corrección, acompañada de dos cambios y un ajuste (Toulalan pasó de centrocampista a central), tuvo el efecto de voltear el partido. Desde ese instante, estimulado por su superioridad en el mediocampo, dominó el Lyon y se acabó el Madrid. Pellegrini no encontró respuesta.

Es verdad que la primera parte fue enteramente del Madrid y es cierto que el equipo cumplió con el protocolo de los anfitriones feroces: Kaká dispuso de una ocasión a los 18 segundos y Cristiano marcó a los cinco minutos. Luego, antes de cumplirse la media hora, Higuaín desperdició la oportunidad más lamentada en estos instantes de contricción: pase de Granero en profundidad, control de Higuaín, regate al portero y, liberado de obstáculos, cuando toca marcar, poste.

Quien quiera consolarse podrá lamer ese hueso y soñar con lo que hubiera sucedido de haberse puesto el partido 2-0. Pero cuando no se convierte lo que se intenta una vez sólo cabe intentarlo más veces, cinco, diez, cien. Y no sumamos tanto. Si acaso una mano de Lloris a disparo de Higuaín y un penalti al mismo protagonista que bien pudo ser, pero que no fue.

Después, ya digo, cambió el mundo. Ese Lyon que creímos timorato domó al león sin que advirtiéramos ni el látigo ni la silla. Y los avisos se sucedieron antes del gol asesino: Gonalons, Govou, Lisandro... Pjanic. Fantasmas de perfil bajo, ogros de sobremesa, lección de humildad. Suficiente contra un grupo sin coreografía.

Soledad. Aceptarán que la impotencia es mayor si en tus filas está Cristiano. Un Cristiano pletórico, además, en plena forma, absolutamente involucrado e interesado, capaz de marcar por puro empeño, así fue el primer gol. Pero ni el mejor jugador compone un equipo.

Según pasaban los minutos y crecían las dificultades, Cristiano quedó atrapado entre defensas y jugadores propios, con ideas, pero sin espacios. Nadie le ayudó. Volvió a fracasar Kaká, Granero se quedó corto y Guti sin aire. Pero tanto como a ellos se echó en falta un entrenador y un plan, A o B.

El desastre es insondable. No es sólo perder: es ser peor. Es la sensación de vivir engañado, es morir de autocomplacencia. Otra vez, otro año.