El liderato debe esperar

Liga BBVA | Osasuna 0 - Real Madrid 0

El liderato debe esperar

El liderato debe esperar

Un Madrid sin brillo chocó contra el ardor de Osasuna. Higuaín tuvo la mejor ocasión del partido, pero tropezó con Ricardo. Cristiano no destacó.

Fue tanta la decepción que causó el Madrid como alegría se llevó Osasuna. Es decir, bastante en ambos casos. El equipo que perseguía el liderato se enredó en un partido que fue como se esperaba: embarrado sin barro, trabado y sufrido. Eso fue lo peor desde la perspectiva madridista: no encontrar soluciones al problema que se planteaba de antemano. Es decir, Osasuna en estado puro y Camacho de entrenador. Visto desde Pamplona el empate fue el éxito del único plan posible: pelear hasta la extenuación. Por explicarlo a grandes rasgos.

Si acercamos más la lupa advertimos en el Madrid los viejos problemas que creímos superados. El primero se relaciona con la creación del juego. Colocar a Xabi Alonso por detrás de Lass es alterar el orden natural de las cosas, ya que el francés no tiene vuelo para desenvolverse en el último tercio del campo y el vasco sí. Añadamos a esto que las maniobras de ataque precisan de la subida de los laterales y nos encontraremos con un equipo lento en los movimientos y previsible en las intenciones.

Tampoco ayudó Cristiano, que suele ser el desatascador universal. Su explosividad necesita campo y jugando de delantero apenas encuentra espacio para sus arrancadas. Azpilicueta le igualó dos carreras y dejó de probar por la banda derecha. Luego se perdió entre defensas y tarascadas, visiblemente desesperado. Equivocaremos el debate si le buscamos un puesto, porque su lugar son todos, irrumpir por sorpresa, ser un alma libre.

Osasuna cumplió con el manual de supervivencia. Acortó el campo, presionó arriba y en los pocos ratos que se sintió a salvo trató de jugar al fútbol. Su conflicto es que tiene talento para los terrenos desmilitarizados pero en la proximidad del área sólo le queda colgar balones (o melones) a la cabeza de Pandiani, ayer acompañado de Aranda. Es como si tanto Camuñas como Juanfran, estimables futbolistas, casi siempre fueran capturados un metro antes del objetivo, asistencia o gol. Con todo, cada vez que la pelota sobrevoló el cielo de Casillas hubo susto.

Alternancia.

El Madrid pasó del dominio total a compartir el timón. Y lo que parecía una salida avasalladora se descubrió a los diez minutos como un arreón de buena voluntad, apenas eso. Tácticamente, faltaba movimiento por delante del balón, desmarque y apoyo del mediocampo a quien se desmarcó y recibe. Fallaron en esa misión Van der Vaart y Marcelo, llamados a ser los enlaces del sistema.

Con ese panorama, fiarlo todo a los laterales volvió a resultar una desproporción. Un equipo tan lujoso no puede desembocar en la zurda de Arbeloa (que es diestro, y mucho) o en el desmelene de Sergio Ramos, por muy inspirados que estén ambos.

En la segunda parte se concentró el meollo del partido. Con el Madrid crecido y Osasuna replegado, una doble oportunidad hizo oscilar la victoria de un lado a otro. En la primera acción se paseó el balón por las barbas de Casillas sin que nadie acertara a rematar; a continuación, Higuaín galopó y se plantó solo ante Ricardo, que le manoteó un remate a bocajarro.

Mejoró el Madrid con la entrada de Benzema y ni se inmutó con la aparición de Raúl. El francés se abrió a la izquierda y partiendo desde allí probó el tiro o la pared, predecible, pero tenaz. El capitán tocó media docena de balones insustanciales. En la otra orilla, también hubo refrescos y, cuando se esperaba a Masoud, surgió el joven Rúper para insuflar ánimo.

En los últimos minutos se comprobó que, ni pisando el acelerador, el Madrid aceleraba demasiado. También eso distingue la altura de los equipos. Los que se sienten muy buenos siempre tienen la inercia a su favor, eso que en ocasiones confundimos con la suerte.

En el tramo final Osasuna y Madrid se cruzaron puñetazos de los que no duelen. Cristiano lo intentó de lejos y la emoción final se limitó a cuatro saques de esquina, dos por cabeza. En resumen: buen balance para el anfitrión pero muy poco para un Madrid que, empezado 2010, debería ser algo más hermoso y mucho más consistente.