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El Athletic ha dado un salto cualitativo

Termina un año que ha servido para que el Athletic supere la tendencia negativa que duraba casi un lustro. La disputa de la final de Copa, después de un cuarto de siglo de ayuno, y una administración más racional de la plantilla a la vuelta de verano, son los aspectos más relevantes en estos doce meses.

El Athletic ha dado un salto cualitativo
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La final de Copa sitúa el año que ahora finaliza en un lugar preferente de la memoria colectiva. 2009 quedará para siempre como el año en que el club volvió a recrearse en una experiencia que, por inusual en la etapa más moderna de la entidad, la afición vivió como el no va más. Bizkaia entera participó de un acontecimiento que los jóvenes sólo conocían de oídas. La celebración en las calles e instituciones que siguió a la goleada encajada ante el Barcelona en Mestalla, valoraciones aparte, da una medida de lo que generó un evento al que el equipo no había acudido en el último cuarto de siglo.

Ponderado el reflejo social obtenido por la final, conviene analizar cómo el hecho de llegar a disputarla condiciona cuanto le sucede al equipo durante el año, tanto antes del mes de mayo como después y hasta hoy mismo. Aspirar a un título no es lo máximo en el plano deportivo, sí ganarlo. Pero si se trata del Athletic, el hecho de estar en una final posee casi ese valor supremo. Desde esta perspectiva, sólo cabe celebrar que los rojiblancos fuesen superando todas las eliminatorias.

No obstante, tampoco se puede obviar que dicho logro repercutió claramente en la trayectoria descrita en la Liga. Lo hizo en buena medida porque Joaquín Caparrós quiso afrontar todo el curso con un grupo muy reducido de la plantilla y ello supuso que la segunda vuelta del campeonato de la regularidad se saldase de forma muy deficiente.

Desgaste y riesgo.

En realidad, con los 18 puntos que sumó el Athletic sobre los últimos 57 en juego se pudo poner en riesgo algo tan sagrado como la permanencia. Resultó evidente, además con suficiente antelación, que el bloque de los favoritos del entrenador pagó el esfuerzo que requería desdoblarse en Liga y Copa, con el consiguiente riesgo para el club. Como no hubo enmienda sobre la marcha, el Athletic concluyó la Liga en decimotercera posición, pero con un exiguo margen de dos puntos sobre el descenso.

Los 44 puntos valieron, no así los 39, 40 ó 41 que, según Caparrós, hubiesen bastado para seguir en Primera. Mientras el equipo iba desfondándose, todas las miradas se fijaban en la Copa, en esa semifinal eterna (un mes separó la ida de la vuelta) contra un Sevilla pujante.

El que acogió San Mamés, el definitivo, sin ningún género de dudas fue el partido del año. Además, objetivamente: certificó el acceso a la final y, de manera automática, el retorno del Athletic a Europa.

La final fue especial por la movilización de la gente, pero el partido en sí mismo es incomparable al que tuvo lugar en La Catedral el 4 de marzo. El clima creado para la ocasión (el aire estaba encendido) y el desarrollo del choque, con los jugadores barriendo al rival con tres goles marcados en la primera media hora, no se olvidarán así como así.

La obligación de someterse a dos eliminatorias de ajuste para tomar parte en la Liga Europea, alteró el verano. El Athletic adquirió el derecho de mala manera ante dos equipos del montón (Young Boys y Tromsoe) en pleno mes de agosto. De nuevo, la posibilidad de fracasar y echar por tierra las expectativas alimentadas desde mayo, estuvo demasiado presente. En medio cayó la Supercopa, a la que se renunció por inferioridad asumida frente a la máquina de Pep Guardiola.

Otra gestión.

El adelanto en la preparación y lo cargado del calendario hasta navidades, procuró un escenario muy distinto al ya conocido en el seno del equipo. A Caparrós no le quedó otra que abrir la mano y empezó a asomarse un mayor número de gente en la rueda de las alineaciones. Gracias a ello, el técnico pudo por fin descubrir de forma más precisa cuál es el potencial real de la plantilla que dirige desde dos años antes.

Incluso la nueva gestión favoreció que probase con una variante táctica que ha sido clave para que el Athletic haya cerrado 2009 ocupando una posición envidiable, a tiro de piedra de Europa.

El reforzamiento del centro del campo, que acostumbraba a jugar en desventaja numérica y táctica ante todos los rivales, independientemente de cuál fuese su entidad, ha servido para que el conjunto adquiriese una fiabilidad desconocida, válida para aparcar la irregularidad que le venía caracterizando.

El equipo ya no se rompe, sus líneas no se distancian, ha frenado la sangría de goles recibidos y se ha superado la perniciosa tendencia a abusar del estilo directo (patadón a Llorente y/o Toquero) para crear juego y atacar.

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En fin que, pese a fracasos puntuales como el habido en la vigente edición de la Copa, 2009 acaba mejor que como empezó. El progresivo crecimiento del equipo, sumado al regusto dejado por la vivencia singular de la final de Copa, colocan al Athletic ante un escenario ilusionante.

Después de varias campañas en un tono gris, muy próximo al negro en algún caso, se diría que el Athletic vuelve a competir a un nivel más acorde a su categoría e historia. Los rojiblancos empiezan a dejar atrás angustias y apuros para ponerse a la cabeza del grueso pelotón de clubes que quedan por debajo de los candidatos a los títulos.

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