Liga BBVA | Real Zaragoza 0 - Osasuna 1

El Zaragoza sigue su caída

Nekounam firma la victoria de Osasuna. El equipo aragonés no tuvo ni remate ni fútbol. Camuñas dirigió el triunfo navarro. Partidazo de Sergio en su regreso

<b>DURA PELEA.</b> Ángel Lafita libró muchas batallas ante la defensa de Osasuna pero no logró la recompensa en forma de gol.
Mario Ornat
Actualizado a

De camino a la victoria, Osasuna confirmó una impresión reciente mientras desmentía un viejo tópico. Su triunfo en La Romareda confirma el diagnóstico de que en esta Liga hay una amplísima clase media, reunión social en la que ningún equipo puede mirar a otro por encima del hombro. Puede que el Zaragoza se sintiera con ese derecho sobre Osasuna en algún momento de los últimos tiempos, pero el equipo navarro lleva varios años en los que su intención futbolística y los jugadores que la ejecutan corrigen la etiqueta de equipo meramente racial. En diez minutos de arranque sin prefacios situó al Zaragoza bajo la punta de su espada, y no lo hizo al empujón (variante que sí utilizaría el Zaragoza en su desordenado acoso de la segunda parte), sino a partir del hilo de fútbol que nacía de Nekounam en el medio y potenciaban entre líneas Masoud y, sobre todo, Camuñas.

El triunfo le otorga aire, un cierto abrigo para el invierno que viene. El Zaragoza continúa su lento retroceso. Al menos se mantiene en la tabla y disfruta un leve colchón frente al abismo. Cuanto peor juega el Zaragoza, más rearma su popularidad Marcelino. Su equipo ha tomado aspecto de patata. Como equipo de fútbol no resiste muchos análisis. Como tubérculo, empieza a ser algo más que convincente: unos creen que es por el juego, que no hay por dónde cogerlo; otros, por los jugadores, que no hay por dónde agarrarlos. Y mientras tanto, pasa el tiempo y crece la desgana. Como las convicciones han quedado repartidas igual que si fueran banderines, Marcelino ya no se ve obligado siquiera a contestar preguntas incómodas en la sala de prensa. ¿Para qué detenerse en razonar lo obvio? Desde que falta Uche, snif, no queda nada.

Arranque crecido. El partido aparentó igualdad, pero sólo por el movimiento pendular del balón. Al Zaragoza le faltó culminación en el frente, sí. Aún le faltó más juego. No lo tiene. Puso ritmo, aunque alterno, sobre todo a partir de que Osasuna se adelantara en el marcador e hiciera la yenka en el campo. Pero el equipo aragonés volvió a confundir el fútbol con el territorio y la fuerza con la razón. Estuvo en casa ajena, pero Osasuna le puso mucho más contenido a su juego. Para haber llegado a La Romareda con la columna vertebral quebrada (Flaño, Puñal, Pandiani), se comportó con gran sentido.

Osasuna no marcaría hasta el minuto 26', cuando Nekounam cabeceó una pelota parada del sedoso Masoud; pero sólo el cuerpo de López Vallejo y la impericia en el remate de Aranda y Juanfran le habían ahogado dos gritos de gol antes del 10'. El Real Zaragoza decidió empezar el partido sin la pelota, que fue cosa de Camuñas. El mejor fútbol de la tarde lo dibujó él, primero abierto a la izquierda y luego ocupando un amplio frente de acción, con parada en todos los espacios intermedios donde pudiera dar con un trazo de fútbol y mejorarlo. Guarnecido por detrás con Nekounam y arriba el celo trabajador de Aranda, Osasuna estableció en el primer tramo la diferencia formal y también la numérica.

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Luego el Zaragoza cambió hombres y posiciones, mientras Osasuna adaptaba su espíritu. Miró más atrás que adelante, pero su ejercicio defensivo (con Sergio al frente, qué cosas) no dejó espacio a los reproches. Lafita llaneó en solitario, se dio una paliza y le faltó resuello para ajustar los pocos remates a los que tuvo acceso. Uno no vuelve a casa para que lo dejen solo, la verdad. Reclamó un penalti de Josetxo, pero la falta fue antes de entrar al área. Eso sí, la controversia creció porque Josetxo era el último. El Zaragoza tendría la mejor en un córner de pizarra que no encontró Lafita; el remate al palo de Abel Aguilar fue el otro momento culminante de su acoso. Por lo demás, apenas construyó un par de zapatazos de Ponzio y algún remate al limbo del insustancial Ewerthon, que entró en la segunda parte, como Pennant. Sergio únicamente le autorizó al brasileño una carrera diagonal que acabó en nada. Como todo lo demás.

El Zaragoza jugó al fútbol como los globos que sueltan el aire a chorros, volando de aquí para allá con mucho nervio y poco sentido. Cuando vació el oxígeno, quedó como lo que era: un guiñapo.

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