La Copa culmina un mes de decadencia
La deriva del Zaragoza desde el empate con el Racing tocó fondo este martes con la eliminación de la Copa en Málaga. La insistencia de Marcelino en los valores de su equipo, el decaimiento del nivel individual, los marcadores y el desmayo del juego han modelado un escenario de crisis.


La eliminación a las primeras de cambio y frente al colista en la Copa -torneo con una mística muy especial en el Real Zaragoza y entre sus aficionados- marca el punto más bajo del equipo de Marcelino, la culminación de un proceso de decadencia que arrancó en la segunda parte del encuentro en casa frente al Racing (2-2). La insistencia de Marcelino en los valores de su equipo en Málaga lo aleja de la frustración que se ha apoderado del club y de la hinchada, una posición nada envidiable, aunque el técnico asturiano mantiene todavía muchos adeptos entre quienes consideran que la deficiencia vital de este año reside en la construcción de la plantilla.
Más allá de resultados y objeciones, lógicas en el caso del Camp Nou y de Mestalla, el formato de las derrotas y la escasa capacidad de convicción del fútbol del Zaragoza en estas semanas han erosionado la confianza de un arranque prometedor y acentúan la sensación de crisis alrededor de un proyecto muy vulnerable. Marcelino ha insistido en que su equipo acabará entre los diez primeros y que el objetivo que se auto impone el vestuario está muy por encima de la mera permanencia. Las impresiones de los primeros encuentros avalaban la tesis. La explosión contra el Getafe parecía marcar la dirección (tres pivotes y un solo punta), pero el entrenador tomó otro camino: el de siempre, el de un 4-4-2 del que no ha querido despegarse salvo emergencia.
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Desde que el Racing le recuperó dos goles en la segunda mitad de La Romareda, el equipo ha perdido el paso. Le ganó al Almería explotando su poderío en las pelotas paradas. Su fútbol, en realidad, ya venía en recesión. El rendimiento de muchos futbolistas, también. Después de dos encuentros magníficos en Gijón y contra el Getafe, Abel Aguilar ha cedido peso. Ponzio, exuberante en las primeras jornadas, ha decaído; Jorge López entra y sale de los partidos; Carrizo fue al banco; Pennant no convence y arrastra problemas musculares, Ewerthon no ha regresado del túnel, Laguardia juega de lateral o no lo hace, Paredes ha recaído en su extravío, Gabi no abandona la mediocridad y Ander Herrera se ha difuminado en el conjunto. La defensa supone un caso aparte. Las lesiones han hecho el resto.
El diagnóstico de Marcelino en Málaga, sin embargo, reflejaba satisfacción por el juego de su equipo: "A mí el Zaragoza me ha gustado; si alguien mereció pasar fuimos nosotros", dijo en la sala de prensa. Lo quiera o no, el proceso de las últimas semanas lo ha debilitado, algo inevitable. Y el golpe de la Copa ha sentado mal entre la afición y desde luego en el club. Primero causó algo más que extrañeza la alineación del entrenador, cuando el equipo necesitaba ganar el partido para clasificarse después del 1-1 de la ida; después, se lamenta la pérdida de un torneo que servía de referencia anímica para un año que se prevé gris en la Liga. Marcelino no pareció compartir ninguna de esas inquietudes y su modo de afrontar la vuelta de la eliminatoria y sus consecuencias lo ha alejado sentimentalmente del estado de la grada y, por supuesto, de las sensaciones en el club. La deriva, en cualquier caso, no puede alargarse mucho más tiempo.



