Liga BBVA | Zaragoza 2 - Almería 1

La estrategia del caracol

El Zaragoza ganó con más pizarra que fútbol. Al Almería le faltaron estatura y remate. Crusat fue el mayor peligro. Marcaron Lafita, Pulido y Ortiz.

<b>AL FIN UNA VICTORIA. </b>La celebración del gol de Lafita. Angelito volvió a ser otra vez decisivo para el Real Zaragoza.
Mario Ornat
Actualizado a

La visita del Almería, un contrario al que no convencen las rendiciones incondicionales, debía medir la profundidad de la caída del Zaragoza, sometida a opiniones de tenor diverso. El equipo de Marcelino se aferró a sus convicciones estratégicas para ganar, cosa que hizo más con la pelota parada que en movimiento. Su fútbol avanza poco, pero encuentra en la pizarra los goles que no alcanza por fútbol. El Almería escenificó una fatal contradicción: se trata de un equipo bravo para ir al frente, pero huérfano de la última puntada. Con frecuencia lanzó a Crusat y construyó llegadas que pusieron a La Romareda en guardia. No acabó la tarea. Frente a un Zaragoza que capitaliza jugadas residuales, eso acabaría por condenarlo.

La tarde había desplegado sobre La Romareda una atmósfera pesada, la inquietud que ha acumulado el mes de octubre. Desde aquel expansivo triunfo sobre el Getafe, el equipo de Marcelino ha resbalado de una prometedora imperfección a la mediocre atonía de las últimas semanas. No hay tránsito de ese tipo que no se cobre víctimas. Así, mientras Diego Alves se vestía de corto haciendo frente a la faringitis, Marcelino llevó a efecto el sonoro cambio de guardameta. López Vallejo, suplente en la fase decisiva del ascenso, ha mandado al banco a Carrizo, quien fuera meta de Argentina. Y Toni Doblas, en el mientras tanto, jugando al ajedrez con el Huesca. Como dijo un poeta, el fútbol es así.

En su victoria, el Zaragoza exhibió la mejora de aspectos estructurales, más atractivos para un entrenador que para la grada. Por lo demás, solucionó la tarde sin excesos ornamentales. Abrió el triunfo a partir de un robo de Arizmendi que acabaría Lafita (uno de los pocos futbolistas útiles para las cuestas arriba en este Zaragoza); y lo zurció Pulido gracias a un remate muy fino, de goleador, en la segunda jugada de un córner de arte y ensayo. El defensa se contuvo en su festejo para mostrar afecto por su pasado en el club almeriense.

Cuestión de altura.

Parece raro que, aún hoy, un valor tan primario como la estatura conserve tal importancia, pero en verdad el Almería fue sometido por el fuego aéreo del Zaragoza. La tramoya que arma Marcelino en el laboratorio tuvo su pináculo en Ayala, que se levantó con frecuencia de muelle en el segundo palo. Acasiete lo vio en el sorteo de campos y luego ya le perdió la pista. Chico tuvo que multiplicar el celo para controlar a Lafita y al promiscuo Arizmendi, que hizo muchas cosas sin terminar ninguna. Cada globo de Jorge López lo convirtió Ayala en una amenaza de bomba. Diego Alves manoteó una en el primer tiempo y de seguido desactivó el pelotazo de Pulido, que llenó su tarde de actividad: Crusat lo invitó a un duelo de futbolistas disímiles, algo así como un zorro persiguiendo a una gallina; y en cuanto pudo merodeó el área contraria con avidez memoriosa de su juventud de delantero.

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Mientras los altos discutían la supremacía y Álvarez Izquierdo cosía al Almería a tarjetas, en el extrarradio del percentil apareció Crusat, jugador que vuela tan bajo que evita los radares. El catalán es un petiso arrollador, como una peonza que hubiera aprendido a hilar fútbol. Al poco del 2-0 aprovechó un repliegue deficiente del Zaragoza para armar una contra que terminaría Juanma Ortiz. Crusat fue de largo el mejor del Almería. Y tal vez lo hubiera sido de los 22 si hubiera terminado la ocasión gloriosa que se le presentó en el arranque del segundo tiempo, pero no se ordenó a tiempo el cuerpo frente a López Vallejo. En cuestiones de orden llamó la atención M'Bambi, camerunés de juego pulido en Francia: su fútbol describe las bondades de mezclar el extrovertido músculo de África con la razón cartesiana.

A pesar de que el partido tuvo más pasión física que fútbol, con tramos muy descosidos, el Zaragoza administró su ventaja con bastante calma. Y la pudo aumentar si alguien hubiera seguido dos balones de rastrón que puso Lafita. Las lesiones de Pennant, Ayala y Arizmendi activaron la bomba de potasio y el conocido síndrome del calambre. Con eso y la victoria, la gente confirmó que todo va de acuerdo al plan de Marcelino.

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