Liga BBVA | Zaragoza 2 - Racing 2

El fútbol son 90 minutos

El Racing empató un 2-0 del 80' al 85'. El equipo local se dejó ir en la segunda parte. Pagó la fatiga de Lafita y su desmayo. Tchité y Serrano igualaron

<b>GOLEADORES. </b>El racinguista Tchité y Pavón, defensa central del Zaragoza, disputan un balón por alto en un partido en el que cada uno de ellos hizo un gol para su equipo.
Mario Ornat
Actualizado a

El Zaragoza alcanzó la coherencia a través de la excentricidad y la perdió por dejarse ir, acomodaticio, autorizando un desgobierno en el cual el Racing capitalizó una imprevista reserva final de convicción. El partido dijo bastante poco a favor de los dos equipos. Si no fuera porque casi nunca hacen lo que los demás pensamos, tal vez deberíamos corresponder con afecto a esos hombres obsesivos que son los entrenadores, empeñados en subrayar de lógica un juego tan volátil como éste. Hay cierta heroicidad en su intento. Como científicos locos que atisban la tramoya del Universo, se empeñan en comer la sopa con tenedor, en intelectualizar el esfuerzo, en pintar las ondas para que la radio sea en colores... A menudo la naturaleza los traiciona. Y otras veces son ellos los que conspiran contra la lógica.

Como el partido no es posible explicarlo, bastará con inventariar lo ocurrido, más o menos. Todo fue algo extraño, empezando por la rareza formal que constituyó el gol de Pavón, un tanto que puso en funcionamiento la tarde. El 1-0 sacó el fútbol de la cabeza de los entrenadores y lo llevó al terreno de juego. El Racing, que manejó con cierta comodidad la teórica de los primeros 20 minutos, se extravió en el trabajo de campo. El tanto lo sacó de su sitio, lo desorientó.

Aunque Mandiá había barajado la posición de Morris y Torrejón, los dos parecieron muchas veces fuera cacho. Pinillos tuvo una tarde agitada contra Lafita, y del medio hacia delante nadie hizo nada especialmente llamativo hasta el tramo final. El Zaragoza tampoco hubiera ganado ningún concurso de méritos, pero quedó en disposición inmejorable para gestionar el partido gracias al gol de Pavón, que reunió todo tipo de humoradas. Para empezar, fue un centro corto de Pennant que acabó en el segundo palo. Allá Lafita dibujó en el aire un arabesco que le salió bufo, la pelota botó y Pulido la peinó hacia atrás... Pavón, sin nadie que lo vigilara, hizo de finalizador.

Lafita. Hasta entonces, la tarde era una amorfa madeja de intrascendencias, con los dos rivales atentos a la erosión de las virtudes ajenas. Todo ocurría en el medio campo y sus alrededores. Cualquier tentativa de exportar el juego a las áreas se desvanecía por el camino. En el prosaico apogeo de ese escenario apareció el tanto de Pavón, y enseguida un jugadón de Lafita. El aragonés desguazó a Pinillos con un recorte y ese acelerón de falso lento que ha perfeccionado en el Depor. Arizmendi entró con optimismo hambriento a por su pase y firmó el segundo, aprovechando la negligencia en la cobertura de Morris y Torrejón.

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Elevado en la ventaja, el Zaragoza detalló su control con varios plátanos de Pennant. Toño le sacó a Jorge López un remate de izquierda. El poste negó otro rebote cizañero en una volea de Gabi, que se perdería más adelante una sentencia cantada. El Racing quedó ingrávido y así pasó una hora, acumulando tiros lejanos con pistolas de agua y lanzando a Tchité en vacías carreras de lebrel. No lo desfallecieron ni el esfuerzo -que sí obligó a Marcelino a prescindir de Lafita, decisivo- , ni la insistencia del fuera de juego. El Zaragoza, en creciente mengua competitiva, perdió referencias con la entrada de un Ewerthon en nula disposición y se desarmó por actitud y ausencia de fútbol. Justo eso encontró Mandiá al meter a Geijo y Canales.

El epílogo le salió redondo al equipo racinguista (incluido un cacharrazo final de Jorge López al larguero y la expulsión de Ponzio) pero, si lo piensa un poco, el punto no lo indulta de la escasez. Con tres defensas, el Racing logró en cinco minutos defender su naturaleza de viajero atrevido. Tchité cazó en el segundo palo una volea afortunada en el minuto 80, y en el 85' Óscar Serrano salió iluminado de un avance muy oscuro para ponerle a Carrizo una vaselina maravillosa. El argentino quedó en mal lugar. El Zaragoza se había recostado a saborear el 2-0 toda la segunda parte, desechando cualquier rigor y sin ahormar el choque a su conveniencia. Por lo visto no advirtió el peligro que convoca una vigilancia tan desmayada... Mientras comía uvas, se tragó un sapo.

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