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Tecnología y árbitros: problema sin solución

El análisis del 'caso Drenthe'

Tecnología y árbitros: problema sin solución
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Ocurrió en el 80', cuando Drenthe, después de ser atendido en la banda, reclamaba el reglamentario permiso del árbitro para volver al campo. Muñiz Fernández, concentrado en el juego (o habría que decir ensimismado, pues antes pasó por alto la durísima entrada del propio Drenthe a Bertrán), no observaba los braceos que primero fueron del futbolista, luego del doctor Hernández y por fin del graderío que lindaba con la escena.

Así pasaron tres minutos, con el rumor creciente y sin que el árbitro fuera sensible ni la tecnología suficiente. Porque al despiste humano se une en esta ocasión la inoperancia técnica. El cableado que acompaña a los árbitros, de la oreja al receptor inalámbrico, no sirvió para que nadie transmitiera las instrucciones correspondientes, que en este caso eran sencillas y exentas de las sesudas claves de la radiofonía bélica como "charly", "alfa" o "gato negro". Se trataba, simplemente, de advertir que un jugador quería volver al campo para cumplir con el honorable ejercicio de su profesión.

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Culpable. Si hacemos un esfuerzo de comprensión, se puede entender que el asistente de banda no pulsara el chivato de su banderín, temeroso de que el ensimismado árbitro pitara penalti en el centro de campo o fuera de juego en un saque de portería. Cosas peores se han visto. Pero quien no tiene perdón es el cuarto árbitro, que también se adorna de un hermoso pinganillo y entre cuyas difusas atribuciones está prestar atención a cuanto puede alterar el discurrir del encuentro. Si el muchacho (se le intuye poca edad y escasa veteranía) se atolondró por el trabajo inesperado, malo. Si tenía sintonizada radio fórmula, peor. En todos los casos, su incapacidad impide el rescate de un gremio entero, pues este joven tuvo la ocasión de dar sentido, por vez primera, a una de la figuras más absurdas que la burocracia del fútbol ha inventado, el cuarto árbitro. No hay personaje más similar al estudiante acusador o al primo gorrón, ni concurso que ofrezca mejor premio que asistir a un partido a ras de campo y con chándal gratis.

Analizados los protagonistas del desaguisado, hay que convenir que la conjunción árbitros-tecnología no sale demasiado bien parada. Está por conocer la situación que haya sido resuelta radiofónicamente sin aspavientos y con naturalidad. Más bien al contrario. En la mayoría de las ocasiones, el colegiado debe cubrir a la carrera la distancia que le separa del emisor para abordar el tumulto de viva voz y zanjar el embrollo con asombrosa naturalidad: "...claro, claro, que pase, que pase".

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